martes, 21 de agosto de 2007

Exilios

Cansado de vivir en una ciudad donde lo único que iba quedando verde eran los campos de golf, decidió irse a la playa. No tuvo suerte: se encontró casas en la orilla, a Bisbal en los hilos musicales del chiringuito y, otra vez, campos de golf en las dunas. Se dijo: me largo a la montaña. Craso error: había pistas de esquí, escaleras para llegar a miradores desde los que contemplar los últimos milagros de la naturaleza y turistas que paseaban por los senderos como si fueran sus calles. Estaba harto; decidió buscar un pueblo perdido en mitad de la nada. Lo encontró al norte, muy al norte. Era feliz ya que allí apenas vivían unas treinta personas: había encontrado el paraíso. Dos años después, alguien decidió que era una zona fácilmente aprovechable y se convirtió (sólo necesitaron un lustro) en una megaciudad (mega que es grande y ciudad que es ciudad, diría alguien) y se le acabó la ilusión. De treinta habitantes se pasó a demasiados y él decidió refugiarse en mundos de ficción. Sin embargo, había gente sin escrúpulos que ya se había hecho con estos lugares: habían encerrado a los dragones en mazmorras que llamaban zoológicos y los héroes de antaño no eran más que guías turísticos que contaban sus hazañas entre los bostezos de unos turistas y mostraban la tristeza enjaulada de unos animales que habían sido libres tantas otras veces, en tantas otras fábulas.

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