jueves, 20 de septiembre de 2007

Amore amore amore

Para Irene
A Javi no le convencen para nada las prisas de la vida moderna, esas que nos hacen ir a no sabemos dónde para no tenemos idea de qué; tampoco le gustan esas citas de hoy en día, por la noche, en que la chica se abalanza sobre los muslos prietos del hombre que ellas desean conquistar, aquellos cuya energía es absorbida en la primera cita hasta extremos inesperados. Ah, el amor, se dice, y recuerda cómo era el placer de las conquistas en los días en los que él también fue, no hace demasiado tiempo, la verdad, joven, cuando la vida florecía a su alrededor y las chicas, tan candorosas como dulces, se acercaban a él buscando la experiencia de aquel que ha vivido mucho, de aquel que ha visto tantas cosas. Un hombre de mundo, vamos, así lo conocían. Y entonces él recuerda con nostalgia, ah, la nostalgia, esa cosa con plumas que solemos confundir con el azúcar. E imagina una de sus tantas citas. Esa primera cita en la que ella, temerosa de que el hombre, atrevido él, le cogiera la mano, llevaba un libro para evitar cualquier tipo de contacto, pecaminoso, se comprende. Se sentaban en uno de los bancos del parque y ella, mientras él, disimuladamente, miraba los patos que parecían ahogarse en el estanque, leía fragmentos de libros puros y virtuosos, escritos por autores de la sensibilidad reconocida de un Antonio Gala, por ejemplo, acompañado en citas especiales, por las delicadas líneas de una Luxi, (ah, esas bellas líneas, celestiales, diría Beatriz, de Nuria asintagmática, esos últimos versos de Pedro hiponímico) verbigratia. Aquellos, se dice Javi, aquellos eran otros tiempos, y no estos, en los que la dejadez moral de chicos y chicas sin escrúpulos hace que las personas de bien crean que el amor cabe en una noche. Y una segunda cita, en la que la chica, casualmente, olvidaba el libro, para que la mano de uno y otra pudieran rozarse, con la sensibilidad propia de dos dedos que se saben unidos por primera vez; he olvidado el libro, quiero leer tu mano, decían, y tú sonreías mientras las chicas hacían manitas, cuando esta expresión era fiel a su pleno significado. Todo era dulce entonces, todo era delicado. El amor era un camino en que a un paso seguía a otro paso y la cama era el lugar en el que se leían poemas, a veces, de amor, cuando la noche era estrellada y la luna perseguía su fulgor entre luces varias. Todo era la vida entonces. Y una tercera cita, en que olvidados ya el candor de la primera cita, la dulzura irremediable de una segunda cita, la ilusión infantil de la espera, sólo existían dos cuerpos que no sabían el uno del otro ni siquiera sus nombres. Todo era distinto entonces porque todo era amor. Y, claro, éramos más jóvenes.

1 comentario:

Un beso dijo...

Ahora confundimos amor con pasión, o mejor dicho con calentón. Pero antes confundian amor con pudor, que tampoco es lo mismo.
Hay un tiempo para todo.