miércoles, 19 de septiembre de 2007

El patito feo

Érase una vez un patito feo al que nadie quería. Algunos lo acusaban de haber traído mala suerte a su mundo, de haber arruinado sus vidas; otros decían que sus plumas eran escasas y su belleza nunca sería suficiente. El patito, que sabía de su fealdad, era incapaz de hacer nada que pudiera cambiar el signo de sus horas hasta que uno de sus allegados le hizo entender que el mundo interior, la esencia de cada cual no importa si uno sabe disfrazarse (todo es imagen, baby, todo es imagen). Comprendió entonces que debía darse a tareas humanitarias, a causas perdidas que le hicieran volver a ser querido, como lo fue una vez, pensaba él, hace mucho mucho tiempo. Así, recorrió el mundo, y tomó la máscara de toda causa noble por la que debería luchar; algunos seguían llamándolo dinero, otro euros, dólares los de más allá, capitalismo los menos. Sin embargo, no le importaba demasiado pues estaba en las casas de todos aquellos que lo necesitaban sólo para comprar un poco de mundo, y, es más, en las casas de aquellos que se llamaban ricos cuando tenían dinero adoptaba la delicada forma de un cisne de porcelana al que solían adorar en noches de luna llena.