viernes, 14 de septiembre de 2007

Escenas de una vida ajena I

A Marta le gusta soñarse despierta, pensarse dormida. Hay unas escaleras que le encantan: en su momento dieron al mar pero que ahora se quedan a medio camino. Marta era pequeña en invierno cuando hacía frio y se sentía perdida. Me iba a las escaleras, recuerda, escondidas tras el paseo y dejaba que el mar me salpicara. El mar mojaba su pelo castaño, con mechas rubias; no sé si era el agua, el frío o el viento, pero cuando volvía a casa, se dice, los problemas no habían desaparecido pero parecían mas pequeños, insignificantes, y sonríe. Marta tiene otros nombres pero nadie los conoce aunque le prometan arroz a la cubana, helados varios; prefiere que la llamen Marta por no perder la magia, porque no desaparezca Fantasía. Sus ojos son azules y el mar casi siempre está en ellos, el azul del mar y el verde de los árboles; hay música en sus oídos y voces que a veces no deberían estar pero no importa, ya no. Marta, que jugaba con una muñeca llamada Katie, fea y largirucha como la vida en ocasiones, es fuerte ahora, y se sabe fuerte. Algunas noches, si te acercas a su mundo, puedes escuchar hermosas canciones tarareadas en sus labios, y es fácil pensar entonces que la vida merece muy mucho la pena a pesar del mundo en que la vivimos.

2 comentarios:

Un beso dijo...

Hino! Es genial, me encanta. Esa soy yo, Marta o no, esa soy yo. Muchisimas gracias, despues del debacle de ayer en Baloncesto, me has robado unas cuantas sonrisas. Un beso

H. dijo...

Joder, lo de ayer fue duro, duro, pero viendo al bast...(quiero decir, al gafe de Aznar, que) por allí, tenía la puñetera sensación de que malo, malo. Pero no olvidemos que siguen siendo grandes: campeones del mundo y subcampeones de Europa. A pesar del desastre de ayer, yo sigo queriendo ser, de mayor, Juan Carlos Navarro. Un beso. Y nada mejor que hacer sonreír a alguien.