miércoles, 5 de septiembre de 2007

Fábula de la princesa y el leñador

Érase una vez un leñador que buscaba a una princesa. Habían pasado ya dos años y tres meses desde la última vez, era otoño y temprano, que ambos se habían visto. Desde ese preciso instante, la única motivación de este leñador había sido, como contaba a toda aquella persona que quisiera escucharlo, había sido encontrar a la princesa con la que se encontró una mañana de otoño.
Su búsqueda le había llevado a los lugares más extraños, a reinos donde hombres y mujeres nunca se habían atrevido a penetrar antes. Había sobrevivido a criaturas sobrenaturales cuando muchos le daban por muerto sólo por volver a ver a la princesa con la que había coincidido hace tiempo. Había navegado por los mares más lejanos del sur, mientras un sol de cuarenta y cinco grados le quemaba su rostro. Pensar en la princesa le devolvía la cordura para continuar buscando: era, como hemos dicho, su único objetivo en esta vida.
Dos años y tres meses después, decíamos, alguien le habló de un reino más al sur, en el que había una princesa como la que él describía a toda persona que quisiera escucharle, una princesa de largos cabellos rubios, ojos verdes, piel pálida y manos suaves, de, añadía, no trabajar jamás. Le dijeron: más al sur hay una princesa como la que tú describes, pero vive en un castillo en el que todos los que la han buscado para proponerle matrimonio, príncipes de los más valientes lo han intentado y se perdieron en inmensos aposentos. Sólo, dijeron, encontraron sus cadáveres años después. Al leñador no le importaron demasiado estas palabras. Sentía que cada vez estaba más cerca y siguió caminando, muchos caballos habían muerto agotados en su viaje, hasta el castillo. Era, tenían razón, el castillo más inmenso que los ojos del leñador habían visto jamás, un castillo de puertas abiertas en el que muchos, antes que él, se habían perdido la razón buscando a la princesa.
También él se perdió innumerables veces, pero no le importó. Todo era cuestión de paciencia, cuestión de tiempo. No te rindas nunca, se dijo, has esperado más de dos años, queda poco. Y días después, tal vez semanas, encontró el aposento en que la princesa había pasado los últimos dos años de su vida sólo porque ella lo deseaba. Allí estaba, exactamente igual que hace dos años y tres meses, los mismos cabellos, los mismos ojos verdes, las mismas manos descansadas. Cerca de ella, había varias mujeres que trabajaban por ella, ofreciéndole un vaso de agua, comida si lo necesitaba, palabras si ella se encontraba triste.
- Hola, princesa, dijo el leñador, llevo más de dos años buscándote.
La princesa miró hacia él con total indeferencia pero una de las mujeres, morena de piel, de negros cabellos se estremeció al escuchar aquella voz, que creía totalmente olvidada.
- No te conozco, dijo ella, ¿nos hemos visto antes, plebeyo?
- Sí, princesa, nos vimos hace más de dos años.
- ¿Y todavía me recuerdas? Parece que lo que dicen los cronistas del reino es cierto: mi belleza me precede.
- Hace dos años, princesa, llegaste a mi casa, y me arrebataste cuanto tenía. Tú y los tuyos. Tus manos no podían trabajar, trabajarían entonces, así lo quisiste, las de miprometida. Se llamaba Ángeles y está aquí, contigo, ahora.
- Y seguirá conmigo. No puedo trabajar; mis manos no pueden realizar las funciones de una plebeya.
El leñador no pudo soportar estas palabras; lo único que le había mantenido con vida en estos años años era el odio hacia la princesa, la esperanza de volver a ver con vida a Ángeles. Degolló a la princesa en ese mismo momento, ante el terror repentino y la alegría posterior de las mujeres a las que la princesa había robado sus vidas durante años, durante lustros, durante décadas sólo por servir a una mujer de sangre azul. Se acercó a Ángeles y le dijo:
- Te he esperado todo este tiempo. Ahora otra vez la vida será nuestra.
- También yo, a veces, en noches sin luna, soñaba con volver a verte.
- Ahora, como dijimos entonces, podremos construir nuestro propio reino, con nuestras propias manos.
- Y allí seremos felices algunas veces. Y el pequeño reino que nos arrebataron hace años volverá a ser nuestra casa, con jardín y besos.
- Siempre será así. Te he esperado tanto tiempo. Deberíamos irnos. Una casa espera en nuestro pueblo.

1 comentario:

La extraterrestre de la otra órbita dijo...

Un sonrisa, Hino.