martes, 18 de septiembre de 2007

La chica del tren

La primera vez que vio tu cara todo fue calma, armonía en todas las mañanas. Una belleza serena; una belleza discreta; la posibilidad de iluminar un pequeño andén, un breve viaje, las primeras horas de un día cansado. La elegancia de unos silencios no deseados, de un cabello corto y ondulado que descansa mientras escuchas música, ajena al mundo en el que habitas. Él, esa primera vez, como hoy, estaba leyendo, apartado del lugar en el que vive, en la luna, en babia, que sé yo. Son tantos los lugares y tan poco tiempo. Sevilla, Sicilia, Florencia, una belleza renacentista: tú. La vida pasa, transcurren los días, la gente camina; permanece el recuerdo de un cuerpo que camina junto a otro sin saber nada el uno del otro, sabiéndose conocidos. Y la sencilla sensación de que no hay más luz en estos días que aquélla que él encuentra en los andenes, aquélla que tú dejas caer en los labios, para suerte de aquellos que te conocen.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encantaría ser la chica del tren. Besos.

Anónimo dijo...

A mí también.
Ivana