jueves, 27 de septiembre de 2007

Made in Hollywood II

Era octubre pero no hacía demasiado frío, si Miguel no recuerda mal. El mundo estaba inquieto y el cine parecía la solución. Pasar dos horas de su vida frente a personajes que hacían que la pequeña porción de la tierra en la que vivía mereciera la pena. Era uno de esos cines viejos y descuidados, alejados del aseptimo de las odiosas multisalas, tan de moda ahora. Un cine que olía a cine y sabía a viejas soledades. Sólo había dos personas más en el cine, un hombre de cuarenta años con el que Miguel conversaba un poco cada vez que venía, por el placer de un diálogo fluido y una chica de unos veintinueve años, suponía, a la que veía por primera vez. Se apagaron las luces y Miguel sólo tuvo ojos para ella; algunas veces, sus miradas se encontraban y la película dejaba de tener importancia. Ellos eran los protagonistas y una parte de él, sentía, casi al final de la película, que ella necesitaba un desenlace después de tantos gestos cómplices; ella bostezó un poco, no le gustaba demasiado la película y decidió irse; pasó cerca de Miguel y rozó su hombro con sus dedos. Era el gesto adecuado para empezar una bonita noche pero no tuvo el valor. Ella lo miró una vez más antes de irse de la sala y él sólo pudo pensar: me habría encantado conocerte. En la pantalla, el protagonista, que acababa de besar a la mujer que amaba, se apartó de ella y le mostró a Miguel la más cínica de sus sonrisas. Perder, chico, es no intentarlo, le dijo. Sal a la calle y búscala; te esperará en algún sitio. Era un buen consejo, pensó Miguel, que no sabía que el protagonista perdería a su amada un poco después. Era un buen consejo así que salió a la calle y se puso a buscarla. Todavía -acaso ella duerma hoy feliz junto a alguien que nunca será él, alguien que le diga, cada día, al acostarse, buenas noches, dulce niña- la está buscando.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bonito también, Hino.