martes, 25 de diciembre de 2007

Cuento navideño II: cómo conocí a la chica del tren

Érase una ciudad imaginaria del sur de España, de nombre, es un decir, Dos Hermanas, en la que las noches de invierno son largas y las noches de verano, si mal no recuerdo, son más cortas, largos los días y el sol. Es invierno ahora, Nochebuena concretamente y anda uno relajado después de un interminable trimestre en el que la falta de rodaje ha quedado patente en su nuevo trabajo (ya lo decía Nietzsche, ¿o era el Fary?: lo que no te mata, te hará más fuerte) de profesor, maestro para los alumnos. Ya lo decíamos: se merece ese descanso. Y decide, sus amigos lo han convencido, dar una vuelta por una ciudad de la que empieza a olvidar tantas cosas -seamos sinceros, tampoco es que antes recordara muchas cosas- de forma que se acerca a uno de los pocos bares que le gustan de este lugar en el mundo al que tiende, en ocasiones, a llamar hogar. Ron brugal con coca cola, por favor, la vida lo merece. Y el tiempo pasa. Allí está él, entre gente interesante, pensando: incluso aquí, en estas calles, en esta ciudad hay gente que merece muy mucho la pena. Y el tiempo pasa, también los vasos de ron brugal. Y también está allí, preciosa, inmensamente atractiva, la chica del tren, una absoluta belleza discreta. Acaso no resalte en un primer momento, puede decir alguien, pero está claro que, poco a poco, se irá apropiando de la sala, conquistando todo rincón. Toda una belleza discreta. Y allí está él, con sus amigos, y ese eterno vaso de ron Brugal, dudando de que el vaso que tiene en la mano sea el primero. No, está claro que no es el primero, como lo demuestran sus ganas de ir al servicio. Un lugar poco propicio para cualquier tipo de diálogo pero allí, en la puerta del servicio para chicas, está ella, radiante, como siempre que él la ha visto. De fondo, la banda sonora de los años 80. Y ella le dice: creo que tu baño está ocupado, el mío también. Si no recuerda mal, este fue el diálogo. Bonita forma de empezar una conversación, ¿a qué sí? Sinceramente, si esto no es romanticismo, no sé que lo será. Romanticismo en estado puro, debería añadir. Y así se fue, tal como había venido. Es obvio que el autor de esta pequeña historia olvida detalles nimios, sin importancia, por ejemplo, el hecho de que ella estuviera acompañada, de que el alcohol haya hecho olvidar al protagonista de estas líneas cómo logró saber que se llamaba Susana si ni siquiera fueron presentados pero, bueno, esa es la razón de que estas líneas sean una historia, claro. Fue poco, pero fue algo. Ya lo decía Confucio (¿o era Woody Allen?): todo largo viaje comienza con un primer paso. Y ese primer paso fueron unas pocas palabras con la chica del tren, esa belleza discreta, que se fue como había llegado: caminando, lo que son las cosas.

2 comentarios:

lucía dijo...

Precioso una vez más, Hino. Reconozco que aprecio más esta historia habiendo leído aquella de :en estos días echo de menos a la chica del tren.Estás muy navideño. ¿Eres muy navideño?. Nunca se me habría ocurrido....jajaja...me gusta así, jajajaja.Estos cuentos han sido geniales. Un besazo.

Anónimo dijo...

Muy bonito, pero ¿todo eso pasó delante de mis narices y yo no me di cuenta? Tendré que beber menos, jajajaja...
Un beso
Tu editora.