miércoles, 26 de diciembre de 2007

Cuento navideño III: cómo Peter Pan perdió la inocencia

Ahora que algunos niños asaltan con fiereza todo centro comercial a la caza y captura de algún juego con el que engañar a sus vidas, que pocos creen ya en cuentos de hadas, es difícil conservar ciertos mitos. Es más, algunos niños se hacen adolescentes radicales y se dedican, hermosas postales navideñas, a quemar las fotos de los reyes, Magos, hay que decirlo; afirman que ya no queda tiempo para nada que no sea quedarse en casa y comtemplar la vida desde dentro. Campanilla intentó sobrevivir a todo esto, pero le fue imposible: ahora camina de noche, insomne, con la esperanza de que alguna sonrisa infantil le devuelva un poco de vida. No es posible por ahora: sólo sonríen a las madres si estas les han comprado el regalo apetecido. Y el Capitán Garfio parece ahora un ángel que siente vergüenza de sí mismo; cuanto puede hacer hoy es observar el mal en las ilusiones rotas de niños que no creen en su futuro e intentan impedir cualquier atisbo de presente. Pasa sus días en algún bar, hablando de tiempos mejores, aquellos en los que los malos sólo perdían una mano por culpa de un cocodrilo que había devorado un reloj. Hoy, se escucha, en el bar, hoy en día podríamos perder nuestro mundo si alguien supiera a dónde nos dirigimos. No le van mejor las cosas a Peter Pan, cansado de que Wendy se haya cansado de su actitud pueril, de su apatía, de que siga siendo, a estas alturas, el niño de la casa. Peter, le dice, volar está bien, si sabemos dónde pisar y tú, cariño, hace tiempo que no sabes dónde tienes la cabeza. Y qué, se dice Peter Pan, y qué. Wendy ha preferido compañías más reales, hombres más pragmáticos. Así se lo dijo y, desde entonces, nadie parece saber de él. NO vuelvas, le dijo, no vuelvas a Nunca Jamás. Y la orilla de cualquier playa desierta de este mundo contempla su soledad.

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