lunes, 24 de diciembre de 2007

Cuento navideño

Cansado de que el maldito cambio climático haya hecho que la nieve del Polo, de cualquiera de los dos, esté desapareciendo, Santa Claus, conocido en otros lugares como Papá Noel, llevándose consigo -el cambio climático, se entiende- kilómetros y kilómetros de zonas vírgenes, él -Santa Claus, se entiende- decide, por su propio bien, que ya es hora de cambiar de horizontes, de ver otros paisajes, de que sea otro el que le dé una nueva perspectiva a un trabajo que ya le cansa. Tiene claro entonces que lo mejor es tomarse un año sabático, descansar de los demás y de sí mismo, convertirse en alguien totalmente anónimo e irse al sur, solo, para saber que se siente en otro mundo. Emprende la huida a ninguna parte y se hace, no podía ser de otra forma, cocinero de un chiringuito en una de las magníficas playas de Cádiz, siendo considerado, en apenas unos meses, uno de los mejores especialistas del gremio. Las palabras exactas son: un regalo para nuestras cocinas, un don para todos los paladares. Abatido, piensa, ni aquí, a miles de kilómetros de mi hogar, puedo librarme de mi destino, de forma que, días después, vuelve a su espacio natal, más triste si cabe, pensando: nunca debí irme. Al volver, se encuentra a un joven Santa, repleto de idesa novedosas, que ha convertido su hogar en un parque temático para empresarios con escrúpulos, que visitan todas las instalaciones en trineos, y dejan algún dinero en caja para que los niños más pobres puedan recibir, en las próximas navidades, algún que otro regalo. Exiliado de su propio mundo, Santa Claus, el anterior, se entiende, dedica ahora sus días a contemplar cómo la nieve sigue, lamentablemente, desapareciendo, mientras piensa: nunca debí irme, nunca...

1 comentario:

LUCÍA dijo...

¡FELIZ NAVIDAD!
PARA AÑO NUEVO SERÉ MÁS COMUNICATIVA.
UN BESAZO Y NO DEJES DE ESCRIBIR, ¿VALE?.