martes, 30 de enero de 2007

Realeza

Alguien preguntó, hace siglos ya, si yo mal no recuerdo: me gustaría saber cuántas familias pueden vivir con más de medio millón de euros al año.
La respuesta no podía ser más sencilla: una, la familia real.

lunes, 29 de enero de 2007

Hombres libro IV

Pasaron los días de frío en la patria de Manolito Palomares y las ideas para calentar al pueblo son claras, en palabras de Federico, yo pienso lo que digo, escuchadme, comunistas. La gente, la buena gente tenía que acercarse a las hogueras donde ardían los hombres libro que habían contaminado estas calles de odios y pensamientos nocivos. Pensar es, también la calle, nuestro tesoro. Contemplar la vida, la televisión, los barrios donde se apagan vuestro tiempo es vuestro ocio. Y allí estaba todos, viejos, jóvenes, niños a los que los padres habían guardado un lugar privilegiado, gente, obviamente, de bien y alta alcurnia espiritual, el pueblo, nuestro pueblo. Pan y circo, decían algunos, aunque el espectáculo era otro. Era saber, como decían tantos de los que nunca fueron míos, que pensar, ese dolor agudo en la cabeza que tantos adolescentes habían dejado de tener se había convertido ya en un mal hábito. Nadie parecía saber por qué estaba allí; sencillamente, alguien, una autoridad, les había dicho: estas calles son vuestras, visitadla para observar nuestra obra y podréis sentiros orgullosos. Es cuanto tenéis y cuanto tal vez vayan a tener vuestros hijos, más de lo que soñaron vuestros antepasados. Más de lo que soñaron los que estuvieron en estas calles cuando Tito Paco y Manolito Palomares escribían cartas a Dios, con la mano derecha, naturalmente, para pedir que en los rincones en los que habitaban los suyos nunca crecieran las malas hierbas. Amigos y jovencitos, ¿qué no podrían conseguir si se lo propusieran? Consiguieron, entre otras cosas, una casa una, grande y libre. Y no quieren que nadie se la arrebate, pero el tiempo, nada termina nunca, hará que toda casa caiga. Siempre ha sido así. Yo, ahora contemplo, con pena, como mis libros arden, mientras gritan pensad, por favor, pensad. Pero parece difícil si a la puerta de la plaza les han ofrecido a todos, el espectáculo iba a ser largo, palomitas. Y ahora comprendo que hay formas, innumerables formas de traicionar a la revolución pero quedarse quieto, ahora, en estos momentos, no puede ser una solución. Pensar, otra vez, abrazar las palabras que me han traído hasta aquí parecen, de nuevo, la solución. Dormiré pensando en ello, viviré pensando en mi venganza.

viernes, 26 de enero de 2007

Hombres libro III

En estos días hablar ha sido difícil para nosotros, ha sido complicado para mí. Estar a ambos lados del sistema y comprobar que los dos pueden acercarse tanto es triste; saber que la estupidez humana es infinita duele siempre. Todo duele, también saber que el mismo día en que Antonio Machado murió muy al norte, como tantos otros exiiados, los legionarios libro de Manolito Palomares fueron a buscar a Juan de Mairena se hace imposible de entender. Puedo entonces entender a los rebeldes, a los que huyen del sistema, pero saber que ellos simplemente pretenden cambiar su sistema es absurdo. El mundo debería ser otra cosa, estas ciudades deberían tener rincones donde enseñaran a pensar pero todo es miedo. Se buscan historias que entreguen al ser humano a la indecencia de vivir sin pensar más que en morir sin haber vivido, y se llaman actos sociales. ¿Es este el país de Manolito Palomares que hubiera adorado Tito Paco? Algunos de los científicos más reputados, que fueron legionarios un tiempo, hablan de clonar a Tito Paco como hicieron los yanquis con Walt Disney. Sería, se dicen, un acto de justicia ahora que algunas ciudades lo consideran alcalde honorario a perpetuidad; es obvio, dijeron ayer los hombres libro rebeldes que se ha convertido en alguien muy popular. Uno de los populares, podríamos decir, en palabras de Federico, más conocido como el pensador. La vida, a veces, en una tierra como ésta se torna absolutamente absurda. Y hablo yo, como traidor a todas las causas que me han convertido en lo que soy.

Pausa

Per la mia sorellina Ida

En el sur también hace frío y, a veces, te duele la garganta al salir a la calle. Desde algunas casas se puede observar el río, donde muchos toman el sol mientras leen, pasean o charlan saboreando cada palabra. No en días como éstos, claro, donde el frío se te mete en los huesos y las rodillas duelen al caminar. El sur es el sol, dice quien poco sabe de lugares en los que no ha estado jamás. El sur es también la curiosidad de saber por qué tantas palabras se pierden en el camino, de comprender que la puntualidad existe en rincones en los que la vida importa poco y mucho el tiempo; son calles estrechas en las que los niños, vestidos de otra época, salen a jugar y se meten en los ojos de esculturas que ya no caminan por la calle. El sur es salir a la calle, tomar tapas y ver cómo todo el mundo camina por las calles hasta las doce de la noche. No en días como éstos donde el frío se te mete en los huesos si no estás en casa y sólo los que no son del sur salen a la calle para buscar calorcito. Mejor quedarse en casa, escuchar algo de música, siempre del sur, ver una película, mientras buscamos el calor de los amigos que están cerca y también huyen de este frío inesperado.

lunes, 22 de enero de 2007

Un poco de tristeza nunca viene mal al corazón

Para Heidi

Siempre es la vida, siempre es un momento que esperábamos y se nos fue sin habernos percibido; alguna ilusión que muere al despertar, cuando apenas ha penetrado en nuestros corazones. Así surge la tristeza: se vive, y no todo sale bien; entonces llaman tus amigos, se preocupan por ti, pero la ciudad queda demasiado lejos. Queda un poco de dolor en la cama, que se aloja en el corazón. Nos duelen entonces los dedos y escribir es un esfuerzo. Surge así, algunos lo llaman tristeza. Y queda en ti durante algunas horas. Sólo entonces comprendes que a veces vivir no es lo que tú esperabas.

domingo, 21 de enero de 2007

Hombres libro II

Todo el mundo tiene una forma de traicionar la revolución. Algunos se quedan en casa viendo la televisión, polígrafo en brazo, cerveza en mano y contemplan cómo el mundo sigue igual que siempre. Otros, quizás más inteligentes, hacen en el amor en camas sin usar. Pocos se dicen: el mundo debería cambiar pero yo no tengo la fuerza, desearía que el mundo no me cambiara a mí. Hay hombres libro que desean el cambio, que todo cambie, intuyo, para que todo vuelva a ser lo mismo y así ser ellos los que obtengan el poder. No es más que otra forma de saber que son más que los demás, gente que cree tener el derecho de educar a otros. Yo, aún no lo saben, conspiro contra todos. Y, como en toda guerra, lamentablemente las víctimas existen, y es más que probable que las víctimas de ambos bandos hayan sido por mi culpa pero lo cierto es que a una baja en un bando siguen varias en otro. Será dificil pero es posible que algún día sólo queden personas que, al llegar a casa, no encuentren un discurso vacuo, un discurso sin palabras, sino una conversación con alguno de los suyos en todos sepan recuperar el olvidado vicio de pensar por sí mismos.

miércoles, 17 de enero de 2007

Aventuras y desventuras de los hombres-libro en la España de Manolito Palomares ( IV)

Había un traidor en nuestras filas, parecía claro. En las últimas semanas diez de los nuestros habían acabado en la hoguera más de diez de los nuestros, una cifra inusualmente alta incluso en los días más duros. De repente, tantas bajas, era algo que se nos escapaba de las manos. A todos ellos les habían encontrado en sus casas libros que no deberían estar al alcance de nadie y mucho menos de Manolito Palomares y sus hombres libro. Sin embargo, les bastaba una pequeña visita para descubrir dónde habían ocultado a los autores prohibidos, toda persona, estaba claro, que hiciera pensar a los demás. Las instrucciones eran claras para todos nosotros: las palabras de Luis Cernuda, Machado, Unamuno, Cortázar debían ser forradas por otras portadas de autores que, según los hombres libro oficiales, eran afines al pensamiento serio y reflexivo de la patria grande y libre que todos ellos deseaban. Libros que ayudaran a sanar el espíritu enfermizo de algunos que se habían dejado manipular por gente que sabía más que ellos pero tenía mucha menos honestidad. No se dejen manipular era la reflexión, profunda, de la voz de esta patria Federico. En uno de sus libros, De la noche a la mañana, del sol a la camisa, escondíamos muchos de nuestros libros, de las páginas que, según Federico, incitaban a pensamientos comunistas. Otro de los libros donde debíamos ocultar las páginas de nuestros autores era Yo hice una guerra y no salí corriendo, de Chema, el desterrado, como muchos lo llaman ahora. Sin embargo, cuando llegamos a las casas de los que querían que este fuera un lugar diferente, todo estaba por los suelos y los libros que buscábamos habían desaparecido. Es obvio que los habían encontrado los seguidores de Manolito Palomares y estaba claro que habían quemado los libros y a nuestros amigos. Alguien, todos lo sabíamos, de los nuestros tenía mucho más interés en las ideas de Manolito y sus fieles que en las nuestras. Antes de seguir con nuestra lucha, teníamos que descubrir, era vital, quien se había infiltrado en nuestras líneas.

martes, 16 de enero de 2007

Currículum vítae

Per Lisa, porque hablar a veces nos ayuda a imaginar...
Ahora los tiempos son otros aunque las calles sean las mismas, el árbol que da sombra y entrega amor sigue dando fruto, semillas que germinan de una forma u otra; todavía chicos y chicas se entregan allí a su primer beso de amor, bajo las amplias sombras de las ramas de un árbol que es casi una leyenda. Pero hay hombres y mujeres que deciden, en las primeras horas de cada mañana, dejar su currículum vítae en las casas de aquellos a los que aman o creen que aman. En estos documentos, escritos especialmente para la persona a la que quieren conquistar, nadie habla de trabajo, sólo de las experiencias vitales que han hecho a cada uno ser como es. En ellos puede leer desde extranjeros que llevan años en la ciudad y apenas conocen el idioma, ofrecen escaleras a ninguna parte donde perderse con la chica de sus sueños; un chico de veinte años que no tiene experiencia sentimental alguna y ofrece la inexperiencia inocente de quien poco sabe y mucho quiere aprender; en aficiones ha escrito hacerte feliz cada día y si lo quieres, tomar una copa de vino de cuando en cuando contigo. En una de las puertas más cercanas Luisa, la chica del norte, dejó un menú de precios para quien sea adicto a ella sepa cuáles son las condiciones, hermosas y vitales al mismo tiempo. Y hay algún chico que deja su currículo en una casa vacía porque ella, nadie vive ya allí, se fue hace una eternidad y escribe su nombre, su fecha de nacimiento, las relaciones anteriores, teléfonos de contacto a los que llamar por si necesita referencias. Sabe que nadie leerá lo que ha escrito pero se ha convertido en una costumbre. Alguna mañana, sigue creyendo, alguien volverá, abrirá la puerta y recogerá todas sus palabras pero la distancia, la distancia casi siempre lo es todo. Más de dos mil kilometros de distancia y el corazón a veces sigue demasiado cerca. Hay currículos también de unas diez páginas que pueden asustar a quien los leen, papeles en los que se habla de innumerables relaciones personales (un amor en cada calle, los llama la gente de la ciudad), y de las aficiones a las que dedican su tiempo libre, ver una película, una vez cada dos meses obviamente, tomar café en el único var de la ciudad, pasear hasta alcanzar el árbol más famoso de la ciudad, y tantas otras cosas. Algunas chicas, empieza a ser habitual, dejan a sus amigas los currículos que han encontrado en su puerta por intercambiar, si creen que alguien se adapta más a su perfil. Antoin, se lo debe a Aurora, él lo sabe, dejó un currículum vítae en su puerta, con pocas cosas. Escribió, en experiencia profesional, un amor por reinado, un amor por espera, un amor para siempre; pude leer, fue un momento, en aficiones, me lo dijiste tantas veces, contemplar una última vez tu sonrisa y ahora cada mañana lo hago. Experiencia, inexperiencia, amor, tristeza, nostalgias animadas de ayer y hoy, palabras con las que la gente intenta estos días en las lejanas calles de Cutrelandia encontrar un poco, sólo un poquito, de cariño. Dejemos que duerman un poco y deseemos a todo el que nos visita unas buenas noches y unos días aún mejores.

lunes, 15 de enero de 2007

Aventuras y desventuras de los hombres-libro en la España de Manolito Palomares (III): de todas las cosas que se fueron

Uno piensa en los libros que ha leído, en las palabras que ha escuchado, en la distancia que hay entre dos cuerpos que no se escuchan, en los diálogos en que estuvimos en babia. Fueron tantas las cosas que se han perdido para siempre. Y ahora no tenemos nada, sólo la absurda ilusión de cambiar una patria putrefacta ya. Y hay días en que sólo podemos pensar en todas las cosas que se fueron, en la comodidad de un hogar donde todos podíamos hablar, donde se respetaban las ideas. Pero todo cambió, las ideas de Manolito Palomares se hiceron cada día más radicales y pensar es un estado de ánimo que poca gente puede tener ahora, si no quiere acabar sus días en las hogueras que hay en las plazas de los pueblos, para escarnio, dicen sus fieles, de aquellos que tienen ideas que atentan contra los nuestros. Y da miedo pensar que si existen los nuestros, existen los otros para ser odiados. Así es: los otros son aquellos que creyeron que la vida podría ser otra, que la calle podía ser de todos y leer un libro un placer del que todo deberíamos disfrutar, aquellos que imaginaron que la música podía educar a tanta gente. Sin embargo, todo queda tan lejos ahora. Ahora todo es crear terror y ofrecer seguridad. La seguridad de saber que mucha gente no quiere más que una casa en la que ver tranquilamente la televisión. La ciudad queda entonces tan lejos. Se fueron tantos, Cutrelandia fue uno de los lugares donde perderse, algunos han comenzado allí otra vida, pero otros no tuvieron tanta suerte: la hoguera fue su último viaje. Uno piensa en los libros que ha leído, en las canciones que le han arrebatado el corazón, y no puede entender que mucha gente crea que vivir es sólo disfrutar de aquellos que nos dan. Pero elegir es crecer, es saber que hay tantas posibilidades en estas calles y somos nosotros, sólo nosotros, los que deberíamos decidir que ha de ser bueno, pero es algo que ya se ha perdido en este maldito país de Manolito Palomares. Y la distancia es mayor, cada vez mayor. Si querían separarnos, lamentablemente, lo han conseguido. Sólo nos importan los que están cerca; el mundo, cuántas veces lo hemos escuchado, está tan lejos. Poco es lo que podemos hacer, dar a aquellos que están cerca la música que no han escuchado nunca, leer por las noches, no han encontrado todavía nuestra emisora pero lo harán y será mayor el dolor, poemas de Cernuda, cuentos de Cortázar, palabras de Machado, mientras pensamos maldito país de charanga y pandereta y nos sentimos cansados, terriblemente cansados al pensar en todas las cosas que fueron de todo el mundo un día y hoy son de nadie. Y duele saber que poca gente se acerca a las calles para vivir un poco, que poca gente sale a la calle por ver si hay alguien más con quien poder hablar; duele también ver, en las vallas publicitarias de las calles las citas multitudinarias de Bisbalt, postales de sevillanas en relieve que cantan España y olé cada cinco segundos. Mirar es comprender que la inteligencia se perdió hace años, como tantas otras cosas, la nostalgia es brutal, que se fueron sin decir adiós o, quizás se despidieron, pero nosotros estábamos demasiado ocupados viendo en las noticias como Manolito Palomares y Walt Disney se convertían en iconos, ¿así son las pesadillas kafkianas?, de la vida occidental.

sábado, 13 de enero de 2007

Ausencias

Y estás cerca, a escasos metros, a una caricia de distancia, Cactus, pero sé que todavía estás en otra ciudad y mis manos no saben, lo han olvidado en estos días, llegar a tu corazón; la cama se hace cada vez más ancha. El mundo se llena de problemas absurdos, de odios tribales que van de una idea a otra, de extrañas letras que mueven al refugio, a la huida, a perderse en una casa para no salir jamás. Sin embargo, hoy la casa está habitada por fantasmas que yo desconocía y en nuestro rincón hay más años de los que jamás podrán soportar nuestras pieles.

jueves, 11 de enero de 2007

Aventuras y desventuras de los hombres-libro en la España de Manolito Palomares ( II )

Intentábamos cambiar tantas cosas, recordando la sentencia, tan exacta como dolorosa, de Antonio Machado: en España no se piensa, se embiste. Es hiriente vivir en un país, decimos todos aquellos que un día fuimos hombres libro y sabemos que hoy, si nos encontraran, arderíamos en la hoguera, por obra y gracia de Manolito Palomares y sus adláteres. Pero la imagen de un país en que se considera a David Bisbalt un gran músico, compositor en algunas ocasiones, un gran pensador a Federico Jiménez, y a Mercedes Milá una gran comunicadora, escrutadora absoluta del espíritu humano, resulta aterradora. Creíamos que todo sería otra cosa, que seguirían llevando a cabo la labor de unos hombres buenos que hicieron de estas tierras las que fueron un día. Pero un día algunos de nosotros nos hicimos una pregunta: tiene la estupidez humana límites; la respuesta no pudo ser más triste: no, no en este maldito lugar al sur de tantas cosas. De esta forma, en muchas de las noches que siguieron nos reuníamos en la casa de algunos de los hombres libro para leer, en el más absoluto de los secretos, algunos versos, poemas, reflexiones de Machado, Cernuda, maricón y comunista en palabras del insigne Federico, personas que tanto daño hicieron a individuos fácilmente influenciables. No se dejen manipular, decía Federico, no se dejen manipular, los comunistas están en todas las calles. Si uno ve las sombras que hay detrás de cada hombre y mujer hay cuernos. Pensamientos de alta espiritualidad y profundidad extraordinaria. También en la radio estatal, en la que Federico era la voz de una patria grande y libre aparecían, muy a menudo, los discursos del renacido presidente de los Estados Unidos, Walt Disney, resucitado por algunos de los mejores científicos de este mundo. El mundo era ahora una imagen y Mickey Mouse era el icono por excelencia. Un hombre tan escuchado, decían los hombres libro de los que poco a poco nos fuimos alejando, ha de ser tremendamente inteligente. Un hombre tan escuchado, decían de David Bisbalt, ha de ser un cantante extraordinario. Era el mundo en el que habíamos crecido y el que, de una forma u otra, teníamos que cambiar. Y parecía difícil, imposible por momentos, y el castigo no podía ser más cruel: la muerte en la hoguera, con los libros que encontraran con nosotros. Habíamos perdido algunos hombres, traidores a la causa los llamaban, hombres libro que querían conmover a la gente con las palabras de unas voces que pudieran enseñar a tantos que, dijera lo que dijera Manolito Palomares, la calle no tenía porque ser sólo suya. Y hubo lágrimas entonces, pero la lucha, la lucha sigue, y algún día las calles serán de todos.

miércoles, 10 de enero de 2007

Aventuras y desventuras de los hombres-libro en la España de Manolito Palomares ( I )

Éramos muchos en principio, la élite intelectual de esa gran patria que Manolito Palomares había imaginado en sus más serenos sueños, hombres que llevaban a las calles las ideas preclaras, honestas y sinceras de hombres inteligentes sin parangón, intelectuales de alta espiritualidad. Se nos inyectaba en vena las más perfectas reflexiones de Chema "Yo hice una guerra" y de una de las grandes voces de esta patria imaginada, en innumerables ocasiones, por Manolito Palomares, el insigne Federico Jiménez. Voces tan profundas como sus pensamientos. Éramos muchos y salíamos a la calle en busca de todo aquel que no compartiera la gloriosa imagen de quien tantas cosas quiso para nosotros, de quien se empeña, a sus 142 años en un futuro mejor, más grande, más libre para todos nosotros. A pesar de todo, también, hay que señalarlo, antes de seguir con nuestra historia, había entre nosotros gente que ya no creía en tan altos ideales. Era fácil advertir quiénes eran por los libros que leían, libros de conocidos intelectuales potencialment peligrosos: Cortázar, García Márquez, Goytisolo, Cernuda. Como en toda democracia que se precie, la solución era sencilla: quemar los libros que leían y a ellos con los libros. Había que acabar con toda posible rebelión, cualquier signo de debilidad en unas calles que sólo podían ser, Manolito Palomares, lo sabía, suyas. La calle es mía, había repetido tantas veces: la calle, los colegios, las casas, los medios de comunicación, todo aquello que podía convertir a la gente en individuos honrados estaba al servicio de los sueños de una patria mejor. La calle es mía, decía Manolito Palomares, y todos intentábamos que fuese cierto.
Recorríamos las calles de este gran país en busca de aquellos periodistas que, de algún modo u otro, hubieran traicionado la confianza de aquellos que les habían enseñado cuanto sabían, que tachaban a Federico de poco profundo, dogmático y sectario, los mismos comentarios que dirigían a Chema. Gente de poca fe y mucha menos ambición. Uno de nuestras primeras muertes, así quedó en los archivos policiales, fue divertida y enseñó a muchos que todas las voces están permitidas en este sitio, todas las voces que tengan las mismas letras que las reflexiones de Manolito Palomares y lleven a la misma casa. En uno de esos programas de investigación decidieron dar a conocer el pasado de una chica llamada Carmen, ahora bailarina a sueldo dijeron de la tele oficial de esta nuestra patria. Decidimos visitar al presentador en su casa y la primera frase de la policía, al observar tanta sangre en su cama no podía ser otra: aquí hay tomate. La sangre, es cierto, cubría parte de su habitación. Dejamos una pequeña nota en su cama: pregunta a Carlos V. La investigación de este crimen dejó claro algunas cosas: había sido algún profesor que no soportaba los continuos errores gramaticales que Jorge Javier Vázquez cometía. Y el criminal también quedaba claro: algún profesor con un exceso de odio hacia los errores gramaticales. Fue definido en muchas de las cadenas oficiales y no oficiales como un gran periodista, de lo mejor que ha dado este país (lo que hace la muerte, dijo alguno de nosotros) y pronto fue olvidado. Manolito Palomares sabía lo que se hacía, cuando nos dijo primero crearemos terror y luego ofreceremos seguridad: la calle seguirá siendo nuestra. Y nosotros, para eso éramos sus hombres libro, podíamos ofrecer el terror adulterado con que la gente nos querría durante mucho tiempo.

lunes, 8 de enero de 2007

Tristezas animadas de ayer y hoy: conclusión

No, no os vayáis todavía, por favor, dijo Cactus, cuando empezaba a leer la carta que tenía en sus manos. Pétalo y Burbuja creían, estaban equivocadas, que preferiría estar solas. Comenzó, toda una sorpresa, a leer las líneas que le había escrito en voz alta, una carta de la que sólo sabían sus hermanas que Utonio la había escrito una noche de diciembre con algo de ternura en los ojos, y uno de esos bolígrafos que tanto le gustaban. Seguían cerca del cine, Jennie estaba con ellas, tan cerca. Querida Cactus, me gustaría decirte tantas cosas, aquí hace un poco de frío, aunque la ciudad parece tranquila. Tus hermanas, ellas asentían, te echan de menos, muchísimo, tanto como yo. Ahora mismo desearía tanto estar cerca de ti, escuchar qué ha sido de tu vida, saber que todo va bien, tus hermanas me dicen que no me preocupe, seguro que está bien, repiten, es fuerte, y sé que debería creerles, pero el miedo es humano; la preocupación también. Pienso en la última conversación que mantuvimos, recuerdo cada gesto y no podría cambiar, lo siento, nada de lo que dije, posiblemente nada de lo que dijimos. Hay cosas, dijo alguien, que no puede ser y además son imposibles. Hay algo en ti, te lo dije tantas veces, que conmueve a quien te tiene cerca, dejemos sólo al mundo entonces, me aclaraste, pero era, creo que en estos momentos lo sabes, era imposible. La historia de dos personas es la historia de un árbol y sus raíces, nunca sabremos qué hay debajo: amigos, una familia, una ciudad con lluvia, en otro mundo, y unos ojos que no nos mirarán en mucho tiempo. Y no pudo ser. Tus hermanas me saben triste pero yo no te amo, nunca te amé, no puede ser, pero te echo de menos, muchísimo, y querría que, alguna vez, si te sientes triste al pensar que no soy yo el que te abre la puerta para salir, pensaras en venir a nuestra casa, si tú quieres. Ahora todo es menos cuando no te sentimos por aquí, como seguro te dirán tus hermanas ahora. Sus hermanas sonríen, pero las calles están más vacías ahora; sólo quedan ellas y todo parece más ancho. Quedan algunas palabras, Pétalo y Burbuja se despiden de su hermana, un abrazo y miles de besos, tienen que irse porque Cactus, la conocen muy bien, tiene que estar sola. Cómo llenarte, soledad, sino, contigo misma. Nunca le parecieron más sinceras las palabras de Luis Cernuda; y recuerda que, una vez, le dijeron, estés donde estés, hay personas que sólo pueden ser unas exiliadas. La carta le pesa demasiado en las manos y el viento la arroja al árbol que da sombra y entrega amor. Se han perdido tantos caminos, una pequeña acera la cobija y la nostalgia inevitable de quien ha crecido al descubrir que pocas veces tendremos lo que deseamos: una casa que tal vez nunca sienta suya le espera.

miércoles, 3 de enero de 2007

Tristezas animadas de ayer y hoy II

Para el Pitronki

Vienen. Con los primeros fríos de este enero, se acercan, la brisa nos señala su llegada, una brisa helada que viene del norte, las hermanas de Cactus, que saben de su nostalgia en estas horas. Hay tristezas que se conocen desde lejos, silencios que se oyen a mundos de distancia. Pétalo y Burbuja, hace años que no se ven, quieren hoy saber de su hermana, creer que está bien aunque las dos sepan que hay nubes en sus ojos y amenazan lluvia. Pétalo y Burbuja saben, su hermana se lo ha dicho a ambas que le gustarían que llegaran de la forma más discreta posible. Así que esa brisa que indica su llegada es, para los habitantes de Cutrelandia, una de esas ráfagas de hielo que suele haber en estas fechas. El lugar de encuentro no ha de ser otro que el árbol que da sombra y entrega amor. Y los besos hacen más dulce el reencuentro, aunque, un rato después, la conversación es fluida, tienen la sensación de que se han visto hace cinco minutos. Pétalo y Burbuja sienten la tristeza de su hermana en sus besos tranquilos: no hay una furia de vida en sus abrazos, algo que hiere a amabas, acostumbradas como están a la violencia juvenil de su hermana. Has crecido, le dicen, esperemos que para bien. Alguna de ellas, todas llevan esperando algún tiempo, la misma palabra, dice Utonio, Cactus ha preguntado segundos antes, Utonio está bien, te envía recuerdos y no saben si reír o llorar. El sur de menos sombra ahora. Los domingos, cuando paseamos tranquilamente por las calles de la ciudad que nunca nos vieron crecer, te echa de menos. Cómo estás, pregunta Pétalo, aunque sepan la respuesta. Todo parece hoy tan lejos, las calles en las que estábamos juntas, las palabras de Utonio, el ánimo. A lo mejor echo de menos algo que nunca tuve, cuando aquí tengo un mundo. Sus palabras, sus hermanas la escuchan con atención, se hacen cada vez más pausadas, adquieren la madurez de aquellos que saben que pocas veces podrán obtener lo que desean. Confórmate, se dice, con tu pequeño rincón del mundo, lo sé, pero hoy es tan difícil. Nos gustaría, Burbuja sonríe, que vinieras con nosotros: Townsville aún nos necesita, pero Cactus se niega al instante. Es absurdo, vivir en una ciudad en la que se necesitan héroes, absurdo. Ese es nuestro papel, responde Burbuja, pero Catus tiene claro que es desdichado el pueblo que necesita héroes. Nadie debería ayudarlos, ellos deberían hacerlo, deberían aprender a crecer, saber que no hay poderes para superar un desamor, una pequeña tragedia, un gran naufragio: son nuestras casas, nosotros tenemos las llaves. Nadie debería ayudarnos. Somos nosotros, sólo nosotros. Pero, dice Pétalo, no podemos decir no a quien nos pide ayuda. Deberíamos, si queremos que el mundo crezca, que la vida les pertenezca, si queremos que lleguen a casa y la cama sea sólo de ellos. Habrá un porción de vida en sus ojos y tantas cosas que palpar en sus dedos. Todo será mejor entonces. Tal vez puedas hacerlo aquí, hermanita, pero la ciudad en la que vivimos es otra y allí, por ahora es imposible; Utonio, dice Cactus, ¿os ha dado algo para mí? Sí, creo que sabes que sí, el tiempo pasa, las palabras continúan, el mundo sigue, y Pétalo saca una pequeña carta de su falda que pone en las manos de Cactus. Caminan por las calles de esta ciudad, Cactus les habla de su chico, del dolor que crece cuando las palabras separan a la gente. Lo amo, pero hoy un poco menos. Y Pétalo le habla a Cactus de un chico que conoció hace poco, se llama Antoni, y se enamoré de mí, me dijo, porque mis ojos me hacen parecer japonesa. Han olvidado, Antoni me lee haikus, en tantas ocasiones, la ciudad en la que vivían y Utonio también parece más lejos hoy; las calles son otras pero hemos pasado tantas noches en casa. Burbuja se siente sola, cuando la única habitación en la que vive son las charlas con Utonio, el dolor por la pérdida de aquellas que tanto significan para él y ahora no están. Nos echa de menos, insiste Pétalo, Cactus se siente más débil ahora. Acaba de entender que hay cosas que no pueden ser y, además, son imposibles. Se levanta un rayo del sol, se acercan al cine y con el año nuevo, ha llegado una nueva película, cómo no, en blanco y negro. Jennie es la escogida, y las tres se dicen, casi al unísono, deberíamos ver la película juntas. La magia de poder estar en dos sitios a la vez. Me gustaría, Cactus habla, no crecer, ser, siempre, esa niña asustadiza que Utonio cogía en brazos para tranquilizarme. No podrá ser, replica Pétalo, es mejor así, ahora eres toda una mujer; hablas de gente que ha de ayudarse pero te gustaría que te ayudaran. El mundo es extraño, Cactus, el mundo es extraño, aunque alguien nos quiera; aunque alguien nos lea poemas japoneses y nos haga ser parte de su mundo. Tienes una carta, deberías olvidarla, ir a la casa de quien te escribe con sus dedos y empezar hoy lo que hoy has olvidado. Deja de pensar, Cactus, nunca lo hiciste; nos enseñaste a vivir, tienes que hacerlo ahora, por favor, por nosotras, por ti. Te espera una cama y un cuerpo con caricias. Y una película que compartir en pareja. Nosotros estaremos siempre para ti; Cactus lo sabe y dice: soy fuerte, un poco más fuerte ahora, a pesar de que sus dedos siguen sujetando con fuerza la carta que le han entregado sus hermanas. Te espera, le han dicho, una cama con caricias, ella sabe que sí, pero caminar, caminar un poco más, su casa está cerca, es necesario. El olvidado placer de hablar mientras recorres las calles de tu ciudad, un lugar, Cutrelandia, que Cactus siente como suyo. Y recuerda a Carlos: nuestros sentimientos cambian cada día, y desearía tanto, en este momento, decir que es mentira pero nadie se acerca a ella para dedicarle alguna palabra, alguna señal: no te confundas, el amor es eterno, algunas cosas son para siempre, pero sólo hay pena en sus piernas, y el paseo se hace más largo. Han tomado un café, compartido tantas anécdotas, el tiempo, Cactus, el tiempo pasa y crecer es complicado. Y los dedos de Cactus sujetan con melancolía, tal vez sea la última oportunidad de ser por un tiempo una niña, las letras, tan sencillas como claras, de Utonio. A lo lejos, se hace de noche, el sol se agota, alguien imagina una historia.

lunes, 1 de enero de 2007

Tristezas animadas de ayer y hoy

Escuchábamos, no sé si recordarás, Cactus, eran las primeras horas del años, Blue, de Joni Mitchell, y todo era nostalgia. Se había ido un año en el que habían pasado tantas cosas y no había pasado nada. Año nueva, vida nueva dije, pero tú no me creíste. Estabas cansada, y echabas de menos tantas cosas. Vida nueva, dijiste, pero mis piernas son las mismas y, a veces, el dolor vuelve. No quise preguntarte pero sé que echabas de menos a Utonio, tal vez una ciudad a la que salvar algunos días, también a tus hermanas. Hace mucho, tiempo, dijiste, que no las veo y no sé si recordarán mi rostro. Joni Mitchell echaba más nostalgia al fuego. Miraste un rato a la calle y caminaban, al otro lado de la calle, Antoin y Aurora: son felices dijiste para añadir, al momento, también yo soy feliz contigo. No siempre, me susurraste al oído y supe entonces, como Carlos nos dijo un día, que los sentimientos cambian de un instante a otro. Segundos después me besaste, te quiero, acaricia mis labios un poco más y yo, qué podía hacer, te besé con locura. Joni Mitchell nos susurraba me gustaría enseñar a mis pies a volar; imaginé entonces que ahora estabas lejos, muy lejos. Acaso ahora estuvieras con Pétalo, Burbuja y el profesor Utonio. Y recuerdes otra vez cómo te rompió el corazón. Todo parecía perder luz mientras quedábamos en silencio, dos tristezas que estaban ahora demasiado lejos. Quizás recordaras las palabras exactas, hace mucho tiempo, dijiste, con las que Utonio te dijo: nunca podremos ser amantes, eres como una hija para mí. Decidiste entonces, también escuchabas a Joni Mitchell, irte de Townsville al lugar más apartado del mundo, ese sitio donde van todos aquellos que quieren una segunda oportunidad. Y la encontraste, aunque las tristezas vuelvan, de cuando en cuando, a robarnos esta parte del mundo en la que, en ocasiones, te escribo ahora, podemos tener algún rato de alegría, caminar bajo un árbol que da sombra y entrega amor, al que se acercan algunos estudiantes de instituto para pedir, el árbol tiene luz de nuevo, que aquellas que se encuentren a su lado las amen en algún instante. Y tus ojos siguen a kilómetros de distancia pero sé que hoy no me dejas caminar contigo, quieres estar sola, y hay mundos en los que no podemos entrar. Cutrelandia, preciosa, te digo, es nuestra casa, aunque hoy estemos, en una casa pueden habitar tantos fantasmas, a mundos de distancia. Y las letras, cada vez más meláncolicas de Joni Mitchell, viviendo en ambas calles.