miércoles, 28 de febrero de 2007

Relatos hiperbreves V

Odio, dijo Luz, le habría gustado seguir en silencio años, el dolor, tanto dolor, estaba lejos, odio que se me mueran todas las palabras.

martes, 27 de febrero de 2007

Relatos hiperbreves IV

- Siempre seré tu norte, dijo Heidi. Se besaron. Fue el beso más arrebatadoramente frío que Jose conocería en su vida.

lunes, 26 de febrero de 2007

Relatos hiperbreves III

Me arrebataste la idea que tenía de ti
y ya nunca pudimos ser los mismos.

domingo, 25 de febrero de 2007

That´s no way to say goodbye III

Segunda escena
(Aparecen en escena un Rafa más viejo, un tanto descuidado, con barba de tres días y la misma Ana, con un vestido verde).
RAFA
Una pluma. Ese era el regalo. Una pluma con la que podría contar historias.
ANA
Imaginaba que el regalo te gustaría. Siempre tuviste la capacidad de contar todo aquello que querías. Y todo el mundo escuchándote.
RAFA
Una pluma. Te escribí una historia casi todos los días durante cerca de un año.
ANA
Lo sé. Leí cada una de esas historias.
RAFA
Casi cada día. Al principio las dejaba en un cajón, en casa, cerca de la cama en la que estuvimos durmiendo durante años. Pero, un día, no sé por qué, decidí enviarte la primera historia.
ANA
Fue bonito volver a leer tu letra, volver a encontrarte. Eras tú, otra vez, tu mundo y mi regalo.
RAFA
Era extraño. Te enviaba un cuento, algún poema, cualquier cosa que hubiera escrito, sabiendo que no obtendría ninguna respuesta. Siempre supe que no contestarías.
ANA
Me habría gustado hacerlo alguna vez, pero el dolor, Rafa, hubiera sido insoportable para mí otra vez. Pero recibir aquellas cartas me hacías saber que estabas bien. Y era suficiente para mí.
RAFA
Todo el mundo me preguntaba para qué escribes, para qué envías esas cartas. Es absurdo. Y nunca supe la respuesta. Imagino que tenía la esperanza de que alguna vez me dijeras hola. La gente escribe para que alguien le conteste, para que alguien les diga: me gusta tu mundo, déjame, hace frío fuera, vivir en él.
ANA
Un lugar donde refugiarse, en el que sentir calor. Siempre hace frío en las noticias, siempre hay algún problema que nos obliga a pensar si somos idiotas. Leía alguna de tus cartas y volvía a creer en el ser humano.
RAFA
Pero nunca contestaste, nunca supe de ti.
ANA
No sabía cómo actuar; todavía hoy no lo sé, no sé si debería responderte. Lo pienso cada vez que leo una de tus cartas. El tiempo pasa, Rafa, y algunas cosas dejan de tener sentido.
RAFA
Pero algunas cosas pueden con el tiempo.
ANA
También yo lo creía así, pero estábamos equivocados. Amor eterno, amistad eterna. Nada lo es. Te recordaré porque me diste mucho, pero un día, será triste, olvidaré el color de los ojos con los que me mirabas. Lloraré entonces pero no podré recordar ese color.
RAFA
Marrones, así son tus ojos, y recuerdo cada una de las conversaciones que tuvimos durante años. Cada una. Aunque he olvidado cuál era el sabor de tus caricias cuando tus dedos rozaban mis labios. Y duele.
ANA
Nunca llevé este vestido verde. Nunca he tenido este vestido. Aunque tú siempre quisiste verme con él.
RAFA
Pero estás aquí, conmigo. Y tienes el vestido que llevabas en nuestras mejores noches.
ANA
No estoy aquí, Rafa, hace más de un año que no estoy aquí. Que no sabes nada de mí. He querido llamarte tantas veces. Pero sé que el daño habría sido terrible para ambos.
RAFA
¿Por qué? Tomar un café siempre es bueno para recordar a los viejos amigos.
ANA
Me habría gustado pero sé que contigo es imposible. Una taza de café no sería suficiente. ¿Sabes? Algunas veces, pienso en llamarte, en decirte, hola, niño, hace mucho que no sé de ti, pero temo tu respuesta. Otras veces, me imagino la escena. Tú, esperándome, sabiendo que he llegado porque olerías a kilómetros de distancia la esencia de fresa en la que naufragabas siempre. ¿Te acuerdas?
RAFA
Estabas en la biblioteca, y ese aroma impregnó todo mi cuerpo. Tenías un vestido verde y yo tuve que irme porque era incapaz de controlarme. Un día más tarde, te pregunté cómo te llamabas, me gusta ese aroma, te apetece un café. Un café entre dos estudiantes. No parecía gran cosa.
ANA
Un café sin aroma de fresa. Esa tarde parecías más tranquilo y yo no sabía por qué.
RAFA
Fue divertido. Por fin, después de casi una semana, yo podía controlarme. Por fin. Parecías un tanto decepcionada.
ANA
Había visto tanta pasión en los días anteriores. Te parecerá extraño, te dije, semanas después, pero nunca me había sentido tan deseada.

RAFA
Después me prometiste amor eterno, yo un amor día a día, y ganó mi pesimismo. Una lástima. Y ahora vuelves a estar aquí, tú y tu vestido verde.
ANA
Nunca, y lo sabes, tuve un vestido verde.
RAFA
Ana, ¿qué haces aquí?
ANA
Quería que estuvieras aquí, pero es imposible. Nunca me has llamado desde que me dijiste, lo recuerdo ahora, soy egoísta, soy Rafa. Quise pero nunca tuve el valor. Hay noches en que me gustaría llamarte y decirte, niño, ahora soy feliz, pero no siempre así. Hay noches en que te echo terriblemente de menos; imagino que tú también me echas de menos, pero sé que no me llamarás. Eres demasiado orgulloso.
RAFA
También yo he pensado muchas veces en llamarte…
ANA
Sé que lo has pensado, a lo mejor, incluso más veces de lo que a mí me gustaría, pero sé que no lo harás. Sé que prefieres quedarte en casa, escribir con la pluma que te regalé. Siempre te gustaron las huellas que los demás dejaban en ti. Y escribes historias que me enviaste durante un año, historias que guardo cerca de mi cama. Algunas noches, para dormir, leo y pienso que el mundo puede ser otro.
RAFA
Nunca supe que leías mis historias. Me gustaba imaginarte, tomando un café, fumando ese último cigarro que le exiges al día, y sonriendo, a causa de mis historias. Pero dejé de enviarte esas historias porque me parecía absurdo. Todo el mundo escribe para que alguien, al menos, una vez, le diga hola, pero tú nunca lo hiciste. Nunca.
ANA
Contigo todo era intenso. Tengo miedo de que, al enviarte una carta, una sola respuesta, tus palabras me hagan volver a tu casa. Nunca regreses a una cama en la que has sido feliz, dijiste una vez. Tenías razón.
RAFA
Me gustaría saber qué haces ahora.
ANA
Ahora estoy viviendo, intento encontrarme. Tengo un buen trabajo, y un chico con el que duermo cada noche desde hace dos meses. Es terrible, pero te echo terriblemente de menos. Nunca te lo diré. Nunca. Pero ahora no me siento sola.
RAFA
Así ando yo, intentando encontrarme pero en mi cama no hay nadie todavía. No hay un vestido verde que me diga hola, huelo a fresa. Nadie que haga que mis dedos se arrebaten.
ANA
Rafa, es duro, pero nuestro tiempo pasó. Imagino que aunque nunca pidamos nada siempre deseamos algo. A mí ahora Javier me acompaña cuando estoy con mis amigos, viene de viaje conmigo. Era lo que yo deseaba pero, hay días, siempre fue genial tenerte a mi lado cuando querías, en que te echo terriblemente de menos.
RAFA
¿Recuerdas lo que decíamos algunas noches cuando nuestros ojos apenas podían vernos? Si alguna vez nos pasa algo, nunca miraremos atrás. Desearemos que el otro sea inmensamente feliz. Y aquí estoy yo, hablando con tu recuerdo. Con un vestido verde que nunca tuviste, y echándote de menos. Es estúpido. Las palabras son bonitas pero no son más que literatura barata si no hay palabras que las respalden. Sólo literatura.
ANA
Pienso en todas las veces que dijiste que especular, que pensar en lo que habría podido ser estaba muy bien para los veinte años, pero con treinta lo mejor que podemos hacer es seguir adelante, vivir, aunque duela.
RAFA
Estás preciosa. Por Dios, mírame, estoy hablando con una imagen, con una chica con un vestido verde que tú nunca llevaste. Somos tan frágiles.
ANA
Una imagen. Nunca sabrás que en las calles de esta ciudad yo te echo de menos. Algunas veces, pocas, pensé en llamarte, en decirte por qué no tomamos un café, por los viejos tiempos. Pero temía tu respuesta, tu sarcasmo. Nunca quise hacerte daño y nos lo hicimos.
RAFA
Ana, perdóname, yo necesito salir, tomar una copa, sentir que la vida está mucho más cerca de lo que crees. Me gustaría tanto, te lo prometo, que fueras feliz. Comprendí que nuestra relación nunca podría tener futuro y no quiero ser tu amigo. No sabría serlo.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Relatos hiperbreves II

Vuelvo a tus labios como quien regresa al escenario de un crimen. Cansado de que se me mueran todas las palabras sólo deseo, a este lado de las hogueras en las que el mundo parece volverse loco, que, alguna vez, al despertar comprendas que si olvidamos todo aquello que teníamos que decirnos fue, sencillamente, porque a través de esta ventana, en la que esta ciudad es más sórdida cada día, nuestro crimen sólo parecía uno de tantos impunes con los que estas calles amanecían cada mañana.

martes, 20 de febrero de 2007

Relatos hiperbreves en la patria de Manolito Palomares

Algunas cosas han cambiado en estas tierras, como podemos ver en las azoteas que rodean a las bibliotecas. Antes la gente, parece obvio, sólo llevaba en sus manos los libros adecuados, los libros que todo ciudadano responsable debería tener ante sus ojos, libros como Mis ocho años en la Moncloa; De la noche a la mañana, con la camisa puesta; La última botella en que fui pura; La calle y otras libertades,... libros de cabecera en los días en que Manolito Palomares poseía el poder absoluto (la estrella para purificar las palabras nos pertenecía) y la gente lo admiraba como un estadista extraordinario. También hoy, en estos días de oscuridad para nuestro pueblo hay ciudadanos que llevan esos libros, que tienen la decencia de saber que el mundo en que vivíamos volverá. Sin embargo, hay otros que podemos contemplar desde estas azoteas que llevan en sus brazos libros que antes habrían sido considerado heréticos, dignos de unas hogueras cuyas llamas empiezan a apagarse en toda la ciudad. Luis Cernuda, Cortázar, Machado aparecen en las portadas de gente que camina tranquilamente. Pero nosotros somos muchos todavía y recordamos las palabras de Federico: no pasa nada si se pierde esa gente, son mala hierba. Algún loco, dirán. Dispara siempre al corazón; la sangre de los comunistas siempre es roja.

lunes, 19 de febrero de 2007

Hombres libro XII

Para Javi
Nunca entendimos cómo funcionaba la estrella para purificar las palabras; pensábamos que podía comprender las motivaciones de los que se encontraban cerca de ella y a estas motivaciones se aferraba. Tampoco, dijo Ida, sé cuál es el valor de esta estrella. Creo, sencillamente, que será útil para que estas calles sean un poco diferente. Es cuanto deseamos ahora: un pequeño cambio, la sensación de que vale la pena levantare cada mañana en esta cama. Nada más, decir hola a las personas que pasan por la puerta de tu casa sin que un gesto pueda llevarte a la hoguera, caminar con un libro en los brazos sin que puedas perder todas las páginas de tu historia en el paseo, en cualquier rincón. La vida, ya se sabe. Una estrella para purificar las palabras que se hace brillante en las inmensas pantallas de las esquinas de las tierras de Manolito Palomares y los suyos. Nadie sabe qué sucede; todo el mundo, simplemente, después de varios años, escucha y recibe cada palabra como la imagina. Si alguien dice franco, se entiende sinceridad, sí, pero en otras sillas algunos entienden muerte; otras, que perdieron a sus hombres libro en una lucha absurda, se sienten inmensamente tristes al escuchar soledad. Si alguien dice una grande y libre, se oye libertad, sí, pero hay calles en las que los niños dejan de jugar en las calles porque tienen miedo y una sensación repentina de terror se hace por primera vez con las paredes blancas, y puras, de esta parte del mundo, en la que, una vez, hace poco tiempo, la única historia que se escribía era aquella que se narraba con manos derechas, al dictado de voces que sólo sabían embestir. Ahora, por las calles caminan hombres, mujeres, niños, desorientados, con el dolor, J. lo había dicho, a vece duele, de quien tiene se enfrenta a sus ideas por primera vez, la nostalgia de gente que no podrá encontrar las arenas calmadas por las que había caminado toda su vida. Ida sabe, ahora que la estrella se ha apagado, que el cambio puede empezar; Abel Martín espera que no sea uno de esos cambios que se dan para todo vuelva a ser lo mismo; J. se siente cansado -son ya demasiados lugares a los que no pertenece-. Recuerda entonces la sentencia de su amigo Abel: un buen profesor es áquel que se va haciendo progresivamente innecesario. Y sabe qué va a decirle su amigo Abel antes de iniciar la pregunta.
- Y, ¿ahora qué, Abel, ahora qué?
- Ahora, esperamos que sea suficiente, pensar. No tenemos otra cosa. Sólo pensar.
Ida, a su lado, sonríe al comprender que si el mundo merece la pena es en, muchos momentos, por la gente que ahora tiene a su lado; su mano busca, Abel está lejos, la mano de su profesor pero no la encontrará hoy.

viernes, 16 de febrero de 2007

Hombres libro XI

Un abrazo fue suficiente para saber cuánto cariño había entre Abel Martín y J. Un abrazo que significaba el reencuentro de dos amigos después de más de tres años; Ida miraba con curiosidad la escena, la curiosidad de aquellos a los que la vida le sigue asombrando en todas sus formas. Había amistades, era bueno saberlos, que parecían inquebrantables. Frente a J., que tenía uno o dos años más que Ida, Abel Martín parecía cumplir años por momentos a los ojos de Ida, a la que, de todas formas, no parecía importarle demasiado el aspecto de Abel Martín. Era, Antonio Machado se lo había dicho muchas veces, un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. Y aquí estaban dos grandes amigos, que se llevaban más de diez años, frente a frente, hablando, pronto lo harían, de las cosas que habían sumergido a sus calles en un pequeño infierno, en que tener ideas significaba, desde el primer momento, un viaje a las hogueras, donde las ideas y los libros tenían el más cálido de los recibimientos.
-Hola, J.- Abel Martín fue el primero en romper el silencio.
- Abel, ¿qué ha pasado? ¿qué está pasando? Estas calles parecen otras.
- Han decidido, J., que pensar es un vicio que ayuda a romper la grandeza, la unidad, la libertad de estas tierras. Todo es diferente ahora.
- Abel, antes también existían los acólitos de Manolito Palomares, ¿por qué ahora? ¿por qué pensar es ahora un peligro?
- No lo sé, J., no lo sé. Sencillamente, Manolito Palomares se ha ido radicalizando con su edad. A sus 142 años quiere que las calles sean suyas y cree que la influencia de los hombres libro, de la gente que piensa hace que las calles puedan ser visitadas por todo el mundo cuando, piensa, y lo dice en voz alta, sólo los suyos deberían tener las llaves de ciertas casas. Pero, ¿cómo han sido estos años para mí? Hace más de tres años que no sé de ti.
- He estado viviendo. Aprendiendo a vivir, aprendiendo a ser yo. Pero tenía nostalgia de mis calles, nostalgia de los lugares en los que crecí, nostalgia de amigos que tienen más años que yo. Imaginaba cuando llegué a tu casa, y la vi destrozada por la estupidez humana, que alguno de tus alumnos te ofrecería su hogar. Imaginaba que irías a casa de Ida, una de tus estudiantes más brillantes. Ida, me gustaría darte las gracias.
- Es un auténtico placer tenerlo en mi casa. No te preocupes. Y también me alegra verte. Compartimos algún café hablando de nuestro viejo profesor.
- Tienes razón, dije J., nuestro viejo profesor siempre fue una puerta para mundos que nos encantaron después. Y aquí estamos ahora, escondidos en una casa cuando deberíamos caminar por las calles. Este mundo es aterrador.
- No tanto como otros, J. El problema es que es nuestro mundo.
- ¿Qué podemos hacer? Algo deberíamos hacer, cambiar, no este mundo, no, pero sí la pequeña porción del mundo en que vivimos.
- Tienes razón, J., si todos lo hiciéramos no habría problemas.
- Deberíamos hacerlo, obligarles a ver la verdad, enseñarles a pensar como nosotros.
- ¿Qué nos diferenciaría entonces de ellos, J.? ¿Cuál sería la diferencia?
- Deberíamos enseñarles a pensar, dijo Ida, nada más, enseñarles a pensar.
- Sí, aunque ahora parezca un milagro. Es lo único que podemos hacer.
- No sé, rspondió J., si será suficiente, pero está claro que debemos hacer algo. Pero, ¿qué podemos hacer tres personas contra las huestes enloquecidas de un anciano y sus calles?
- Todavía, dijo Ida con un poco de esperanza, tenemos la estrella para purificar las palabras. Nos resultará de gran ayuda. Algunos de nuestros amigos han perdido cuanto tenían para que la estrella llegara a nuestras manos; algunos siguen exiliados en Marina D´or y su inteligencia ha sufrido daños irreparables. Pero la estrella está en nuestras manos.
- Ahora entiendo, dijo J, qué buscaban en tu casa. Es genial que esté en vuestras manos. Hay una oportunidad, una pequeña oportunidad. Tenemos que luchar por ella. Aunque luego nadie se acuerde de nosotros.
- Veo, J., que los años en el sur te han convertido en el escéptico que eras antes. Si el mundo mejora, siempre es gracias a la gente que nadie recuerda, la gente invisible. Perdidos en las calles, nadie les dará las gracias pero lo hacemos, hablamos tantas veces, porque creemos que es justo.
- Aunque no sepan verlos, aunque luego puedan mirarnos con caras de odio, al comprender que el mundo ha cambiado y ellos con el mundo. Sólo quieren una casa, un lugar seguro en que vivir.
- Crecer es difícil, duele, pero hay que hacerlo. Hay que conocer, aunque no queramos, el lugar en que vivimos.
- Abel, en el sur aprendí que no existen los hechos aislados. Creemos abandonar una ciudad, unas tierras pero sus huellas quedan en nosotros. Y nosotros quedamos en la piel de mucha gente. Aprendí que llevar a la gente en los dedos te enseña que las manos tienen algo que decir, siempre. Pensar, tenías razón, es necesario.
- Tenemos una pequeña oportunidad: la estrella para purificar las palabras, repitió Ida, mientras Abel y J. seguían hablando.
Sería una noche larga, llena de anécdotas, de palabras, de silencios con sentido en los que los tres se sentirían cerca, en los que los tres pensarían, casi al unísono, éste sería un mundo maravilloso si no fuera por algunas personas que lo habitan. Cerca de ellos, ansiosa, la estrella para purificar las palabras, estaban agotados, dormidos, empezaba a tener un brillo tenue al saber que su hora se acercaba.

jueves, 15 de febrero de 2007

De las torturas en la patria de Manolito Palomares

Una de las torturas, supo pronto J., más duras para los hombres libro, más allá de la hoguera, que implica la eliminación física y psicológica; una de las torturas más temidas es el exilio forzado en Marina D´or, pesadilla kafkiana en las manos de los acólitos de Manolito Palomares. En esta ciudad se obliga a los hombres libro capturados a escuchar durante veinticuatro horas conversaciones banales que destrozan la inteligencia de aquellos que se suponían invecibles pero aprenden enseguida que el mal tiene miles de formas de acabar con la gente. Veinticuatro horas al día de conversaciones como las que podemos transcribir a continuación: me gusta tu pareo, es verde, sí, me gusta tu pareo, pero no me gusta el color, seguro que en rojo estaba mejor, el verde me hace más delgada, esta noche cenamos en el restaurante después de jugar en el campo de golf, me encantará verte, a lo mejor compro un pareo rojo, y me cambio para esta noche. Las conversaciones, ya de por sí destructivas, casi nunca vienen solas, ya que se obliga a los hombres libro a escuchar la música que por el aire de la ciudad pulula, y voces como la de Enrique Iglesias, Paulina Rubio suelen castigar la inteligencia humana. Las consecuencias pueden ser terribles: se han visto a algunos hombres libro aferrados a la televisión durante horas buscando la ciudad de la que ha sido expulsado; se ha observado a otros quemando los libros que habían ocultado durante décadas; otros han denunciado a los que fueron sus mejores amigos por escuchar, según las palabras del insigne pensador Federico, música que atenta contra el alma española: jazz, soul, palabras, repite siempre Federico, el hombre que piensa, para los amigos, que injurian el alma de esta nuestra patria. Son tiempos difíciles que exigen medidas desesperadas. Algunos hombres libro han sobrevivido a esta tortura pero su vida, desde entonces, no ha sido un cúmulo de tristezas; es imposible, dicen, volver a pensar, como antes. Otros , conociendo el lema de Manolito Palomares y los suyos, ese que dice divide y vencerás, lo expresan de forma exacta: es imposible volver a pensar.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Catorce de febrero

No quiero, dijo Cactus, que me quieras en días como éstos, cuando el amor está en todas las manos y el cariño sólo es una de tantas mercancías. No me compres nunca, añadió, en días como hoy un frasco de amor con que conquistar mi casa. Quiéreme cuando me levante y no haya nadie cerca, en tardes en las que los bombones de chocolate hayan desaparecido de los centros comerciales; regalarme unas palabras será suficiente entonces. Antoin, dijo Aurora, nunca le prestamos la más mínima atención a estos días pero estar a miles de kilómetros de distancia hace que cada día en que me despierto a tu lado sea una mañana más a la que decir hola, la vida está aquí con nosotros. Antoin, quiero que me beses, quiero que me ames porque no estamos muertos. Y no importa el día. Quiero que me ames porque miles de parejas saborean sus cuerpos en sus camas en estos momentos y son estos los gestos que me demuestran que estoy viva. Viva, a tu lado. En otras calles de Cutrelandia, dice David, habrá chicos que dejen su currículum en las puertas de las chicas que deseen amar, y chicas que pasarán la tarde leyendo las líneas que les han escrito para saber si el contrato que han de firmar sus chicos será en algún momento será indefinido. Quería regalarte algo, Ana, algo que nos hiciera saber a ambos que aquí encontramos una segunda oportunidad, así que aquí tienes, le dice mientras algunas parejas ven en el cine, por enésima vez, Jennie, una película muy bien recibida. Ana abre el regalo con impaciencia y sonríe. Un poco más al norte, en calles donde los libros arden y la realidad de un mundo que parece acabarse se ve en las pantallas más amplias, Ida empieza a pensar que tal vez Abel Martín sea algo más que un viejo profesor para ella y no deja de sentirse perpleja al sentir cómo estos sentmientos hacia Abel empiezan a crecer en una, J. lo ha dicho con precisión, en una porquería de mundo como éste. Enamorarse en unas calles que arden, en una ciudad donde pensar es un crimen y poseer ciertos libros te lleva a la hoguera parece absurdo. J. imagina que una de las causas que nos hace viajar a todos de un lugar a otro es un corazón roto, además de la irremediable ambición, dirá él, de intentar cambiar la pequeña parte del mundo en que hemos crecido. Abel, sencillamente, saluda a J., prepara un café con leche y poca azúcar para Ida y empieza a hablar con J. de todo aquello que no han hablado en los años en que el sur atrapó a J. Ninguno de ellos recuerda, ahora mismo, el día en que están viviendo.

martes, 13 de febrero de 2007

Incertidumbre

Hay papeles en el suelo y un montón de palabras que no hemos sabido escribir; sobre la mesa, un pastel a medio terminar, una taza de café apenas empezada; un teléfono sin llamadas al que miramos con resignación, un reloj en la muñeca cuyo latido nos confunde, algunos lápices con los que contar un trozo de vida, alguna foto en blanco y negro y algún folio en que nos perdernos. A veces somos tan pequeños. A lo lejos se escucha el silbido de un tren; sería bueno estar en cualquier otra parte.
Después de un sueño intranquilo, se acerca un jueves cualquiera y deseamos que todo siga igual, aunque es otro ya el mundo en que vivimos. Curioso, las mentiras que nos contamos para seguir cuerdos. Las hemos escrito en un papel que hemos arrojado al suelo. Hay que seguir adelante, hay que ser fuertes, imaginar que todo tiene un sentido. La felicidad es la peor de las cárceles. Cada gesto adquiere un significado desconocido.
Entonces nos llegan viejas palabras, el eco de algunas voces que no supimos escuchar, de voces que tal vez no gritaron lo suficiente. Contemplamos el mundo, desde lejos. Mientras nos ahogamos en nosotros mismos, sin entender cómo el mundo puede seguir. La gente sigue tranquilamente con sus vidas sin saber de las nuestras. Gente que actúa como si nada hubiera sucedido. Porque nuestra vida duele a veces. Y sólo nosotros parecemos ser conscientes. Alguien en la calle debería saber que nosotros estamos en casa, deberían llamarnos, a gritos, pronunciar nuestro nombre, y esperar con alegría a que salgamos a la puerta.
Aturde la luz del sol cuando salimos de la casa. Y, pensamos, es el sol el que nos hace tomar las calles equivocadas, el que hace que nos golpeemos con paredes que nunca existieron. Es otra la ciudad, otras sus calles, otros sus rincones. Y nosotros hemos sido expulsados. La soledad del que ha sido expulsado a su dolor. Sería bueno volver a casa, agotados de encontrar en la calle más desconcierto, saber que alguien nos espera para decirnos Buenas, te eché de menos, aquí tienes un vaso de agua. Hogar, dulce hogar. Hay sed en la garganta, dolor en las pupilas y un vaso vacío en el que nadie ha echado agua.
Repetimos los gestos que dan normalidad a nuestra expresión. Buscamos un trozo de nuestra historia en los bolsillos, el indicio de que nuestras manos expresan una rutina. Todo aquello que un día nos hizo ser quienes somos. Somos tan frágiles, nos desgarramos fácilmente. Imaginamos que nuestra vida está en el suelo, inconclusa en algún papel que no deseamos observar.
Y miramos por la ventana. La gente pasea por las calles, se agarran de la mano, mueven sus labios ante nosotros pronunciando su alegría, o caminan en silencio. Mientras miramos por la ventana, la gente camina por las calles. Dirigimos nuestra mirada al suelo, incapaces de entender cómo el mundo puede continuar sin nosotros. Hay papeles en el suelo, fragmentos de una historia que suponemos fue nuestra un día. Y la vida, la vida sigue.

lunes, 12 de febrero de 2007

Hombres libro X

Ida se había despertado hace poco tiempo, minutos tal vez y tenía la sensación de que Abel Martín, su viejo profesor, llevaba allí, despierto, toda la noche, eterno guardián de sus estudiantes. No podía evitarlo: en clase, parecía tener ojos, oídos para todo aquel que le escuchase; podía estar en tres conversaciones diferentes, pidiendo silencio a algunos, diciendo a otras que hablar a gritos no era intercambiar ideas y diciendo a los terceros que despertarse, a veces, era la mejor de las opciones en clase. Despertad y observad el mundo en que vivís, siempre, si estáis atentos, os sorprenderá. Ida, por entonces, iba ya a pocas clases pero jamás se perdió una de su admirado Abel. Poco a poco, se fueron haciendo amigos ya que a Abel le encantaba la gente curiosa e Ida era de las chicas más curiosas que había conocido; siempre tenía una pregunta en su boca, siempre una reflexión, siempre una certeza. Y aquí estaban ahora, en casa de su estudiante, con una estrella entre las sábanas, y un café en los labios, cansados del mundo en que vivían, de la estupidez que podían contemplar en las calles. J. está en estas calles, dijo Abel Martín. Cómo, respondió Ida. No me preguntes por qué, Ida, pero sé que J. está en estas calles; hay cosas que sabemos porque sí. Y esta es una de ellas. La última vez que se habían visto Abel y J., uno de sus grandes amigos, habían hablado de la importancia de hacer ser honestos en la pequeña parte del mundo en que vivían. J. estaba cansado de estas calles y decidió irse al sur, a un lugar al que mucha gente acaba convirtiendo en su hogar, Cutrelandia, pero siguió más al sur, como le dijo en algunas de sus cartas. Y ahora había regresado, tenía esa certeza, aprendida tal vez en la estrella para purificar las palabras. Ida conocía la intuición de Abel y pocas veces le había fallado así que sabía que J. estaría por aquí; ella también le conocía ya que habían coincidido alguna que otra vez, aunque habían intercambiado pocas palabras pero si hacía sonreír a Abel por primera vez en estos días sería bueno verlo. Ambos, Ida y Abel, esperaban que los acólitos de Manolito Palomares, parecían más tranquilos en estos días, descansaran de tanta hoguera y libro en cenizas. La calma antes de la tempestad se temían. En momentos así toda la tristeza del mundo se apoderaba de Abel Martín, que pensaba si ayudar a los demás a encontrar su propio camino era la opción más inteligente en estos días, la libertad de elegir en un tiempo en que elegir no parecían una opción. A lo lejos, las últimas hogueras de libros parecían apagarse. Cuando llamaron a la puerta, ambos sabían que era J.

domingo, 11 de febrero de 2007

Hombres libro IX

A veces, pensaba J. nuestra percepción del mundo puede cambiar por completo. Uno cree que este mundo, esta porquería de mundo, decía siempre, no es algo que merezca la pena pero conocemos a alguien que cambia nuestra perspectiva. En el caso de J. había sido Abel Martín, uno de los amigos íntimos de Antonio Machado, maestro para Abel de tantas generaciones posteriores. Abel había sentido, todo fue tristeza en él en aquellos días, la muerte de Antonio Machado en una tierra que no era la suya, cuando su tierra estaba siendo arrasada y durante tanto tiempo no fue más que una larga noche de piedra. Entre estas piedras áridas, J. estaría eternamente agradecido a su profesor Abel que le enseñara a pensar por sí mismo. Ya nunca más fue un número de serie; era, y así se lo hacía saber a su maestro cada vez que podía, alguien que pensaba en sus actos, en aquellos que nos hacen ser como somos. Más allá de ideologías, más allá de actitudes grandilocuentes, sólo nos puede definir como seres humanos, solía repetir J., las pequeñas decisiones que tomamos día a día; son, añadía, las que nos hace ser como somos. Lo demás son tonterías, sombras estúpidas para creer que la bondad del hombre se encuentra en sus grandes decisiones. La poítica es humo, sólo humo. Y ahora J. había vuelto a la ciudad que lo había visto crecer para encontrar a sus amigos, para saber si la larga noche de piedra y las hogueras que asolaban la ciudad desaparecerían alguna vez. En Cutrelandia pidió amor y estabilidad al árbol que da sombra y entrega amor pero por entonces este árbol parecía tristemente influido por la sombra inmensa de las nostalgias de Antoin de los Lobos, así que decidió ir más al sur sólo por encontrar gente con la que compartir palabras. Necesitaba salir de casa para volver sin raíces a las calles en las que había jugado. Un hombre sin raíces, había escuchado en algunas partes, era un hombre sin miedo.
Al otro lado de la ciudad Abel Martín seguía en casa de Ida, una de sus más brillantes alumnas, que, cada noche, observaba a su viejo profesor con preocupación. Le dolía saber que la sinrazón en que se había convertido esta ciudad, estas tierras, sumía a su viejo profesor, amigo ahora, en una melancolía brutal. Saber que la luz se apaga en ciertos lugares siempre es duro. La noche anterior Ida había tenido el valor de decirle: Abel, no creas que lo que no has hecho no vale para nada, has enseñado a muchos a pensar, a dudar de las verdades que nos muestran. Ten paciencia, Abel, ten paciencia. Y era cierto, todavía tenían la estrella para purificar las palabras y sabían que en algún momento, cuando las cosas se calmaran un poco, podrían usarla. Era difícil en estos momentos ya que la casa de Abel Martín había sido arrasada por completo. Cuando J. llegó, fue terrible contemplar semejante espectáculo; la casa de Abel estaba vacía, muchos de sus libros estaban desparramados por el suelo, sino habían sido completamente quemados; quedaban pequeños restos de la correspondencia que había mantenido con sus amigos. Era obvio que los acólitos de Manolito Palomares habían ido a la casa de su profesor para buscar algo, tal vez, si él no recordaba mal, la estrella para purificar las palabras, de la que habían hablado algunas veces, la estrella que Ida le había traído desde las tierras de Italia, encontrada por Marco Polo en uno de sus viajes, una estrella que había acabado en las manos de una de sus más brillantes estudiantes, robada luego por los acólitos de Manolito Palomares, con la que disfrazaron tantas y tantas palabras. El espectáculo era descorazonador: libros quemados, cajones destrozados, el caos de aquellos que no tienen ideas. J. espera, intuye, que no han encontrado a Abel pero sabe que debe darse prisa. Sabe que muchos de sus estudiantes darían su vida por él y piensa en los más brillantes. Hablaron muchas veces de Ida, con total discrección, eso sí, así que imagina que poca gente sabrá, si se ha ocultado allí, dónde se encuentra. Mira una última vez la casa en la que se han quemado muchos libros, han intentado destruirse muchas ideas y sabe que tiene que irse antes de que alguien decida volver a esta casa. El criminal, ya se sabe, suele volver al lugar del crimen. Al salir a la calle, vuelve a ver hogueras de libros que se apagan y gente que vitorea la estupidez humana; hay pantallas grandísimas donde la gente mira la realidad para no ver la realidad. Pero es algo bueno: le permite, por ahora, pasar totalmente desapercibido porque la realidad televisada parece la única que llama la atención en estos momentos. Así es, piensa J., la porquería de mundo en que vivimos.

viernes, 9 de febrero de 2007

Hombres libro VIII: J.

Con los primeros días de febrero, después de años al sur de todas los lugares, J. volvió a una tierra que no pudo reconocer en los primeros momentos. Habían sido años difíciles, en los que había decidido viajar al sur, a Cutrelandia en un principio para viajar posteriormente a sitios que estaban más al sur, plazas en las que la gente hablaba en las calles con cuarenta grados a la sombra y bochorno en las manos. Había sido uno de los más brillantes alumnos de Abel Martín y sabiendo que los ciudadanos de estas tierras estarían en buenas manos, decidió llevar sus ideas a otras tierras, una visión del mundo en la que todos tenían su parte de la responsabilidad en los asuntos del mundo. Solía decir: si os duele la cabeza, no os preocupéis, significa que estáis pensando. Y sabía, porque su intuición se lo había dicho, que enseñar a pensar a una persona entre treinta podía suponer todo un logro, una conquista inesperada. Su paso por Cutrelandia fue breve, mucho más de lo que le habría gustado: compartió algunas tardes de charla con Carlos en el único bar de la ciudad; vio alguna que otra película, pocas, casi ninguna en realidad, en el único cine de la ciudad. Recordaba haber visto El apartamento, película imprescindible en todo crecimiento emocional, pensaba, a la que algunos de sus estudiantes imaginaba una historia que empezaba allá donde terminaba Billy Wilder. Sabía, como tantos otros, que la labor de alguien que nos enseña el mundo no es más que abrir las puertas adecuadas a la gente que así lo desea. Cosas que pasaron al sur de todos los lugares, donde el exilio le ganaba a veces y la tristeza en otras. Había otros como él y algunas cosas se hacían menos difíciles. Sin embargo, las escasas noticias que le llegaban de la tierra en la que él había crecido, en la que se había hecho el que era hoy le apenaban. Se decía, al sur de todos los sitios, que los acólitos de Manolito Palomares se habían hecho con todas las calles en las que había aprendido, de todos los libros que él había recorrido. Que las conversaciones entre Manolito Palomares y Walt Disney iban a hacer de su tierra un parque temático en el que Mickey Mouse iría vestido de flamenco, y habría postales de sevillanas en relieve en cada valla. El horror de ser los mismos en cualquier parte del mundo. Le dolía escuchar estas cosas y necesitaba saber si cuanto escuchaba era verdad. Tenía, era una necesidad vital, que volver a las calles en las que había nacido para comprobar si todo cuanto él había conocido hace años era otra cosa, era una casa tomada por gente que sólo tenía ojos para libros cuyas páginas invitaban a la monotonía. El viaje fue largo, cansado pero, después de semanas de recorrer muchas tierras, con los primeros días de febrero, después de años al sur de todos los lugares, J. volvió a una tierra que apenas pudo reconocer en los primeros momentos. Necesitaba, y así lo haría, encontrar hablar a Abel Martín, hablar con él, intercambiar dos visiones del mundo que se acercaban la mayoría de las veces. De todas formas, J. tenía claro que sería difícil encontrar a un hombre al que pronto supo que los acólitos de Manolito Palomares llevaban semanas buscando.

jueves, 8 de febrero de 2007

Inciso: indignación

En estos días, en estos primeros días de febrero Sevilla ha sido tomada por escoria humana, todo tipo de alimañas que carecen de la más mínima ética, de la más mínima honestidad. Sus sueldos, pagados escrupulosamente por los ciudadanos del mundo en que viven se alojan en suntuosos palacios a los que pocas personas de pie pueden tener acceso si no es para atravesar este edificio y llegar a la universidad, llegar a la estación de tren ahora que esta ciudad está en obras por la construcción de tranvía que recorrerá el centro. Algunos llaman a esta escoria los amos del mundo, en los periódicos se refieren a ellos como políticos cuando no son más que humo, una distracción de aquellas cosas que realmente deberían importarnos. Y han decidido que esta semana, jueves y viernes, Sevilla les pertenece. Muchos, acaso todos, se alojan en el hotel Alfonso XII y pasean por la ciudad en coches blindados en los que nadie, rezan por ello, pueda ver su verdadero rostro, el rostro de la miseria humana, de gente que sólo tiene poder. Si alguien decide atravesar por el jardín del hotel, único lugar en estos días que te lleva la universidad, las fuerzas de orden público te negarán el acceso. Es obvio que lo hacen, digan lo que digan, por el común de los mortales, para que ninguna de las enfermedades que desprenden esta escoria (vanidad, ambición, prepotencia, estupidez, ceguera) pueda alcanzar a los que cada día pasean por las calles de una ciudad que, este jueves y viernes sólo pertenecerán a gente que algunos se vanaglorian en llamar políticos. Pero son pocos los que, cerca de mí, los llaman políticos; sencillamente, consideran patético el hecho de que en días como éstos se hace evidente que las calles de esta ciudad, de este mundo pertenecen, defendidas por aquellos que dicen defender al pueblo, a los que tienen dinero para cerrarlas, para abrirlas, un dinero que debería ser, no puede ser de otra manera, para todos aquellos que han construido para que otros hagan con ellas lo que les venga en gana.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Hombres libro VII

Había noches en que no había oscuridad en calle alguna. Si no habían encontrado hombres libro que enviar a las hogueras, los acólitos de Manolito Palomares buscaban en las casas, en todas las casas de la ciudad que visitaran ese día, libros moralmente dañinos para todo aquel que se considere un buen patriota. De todas formas, como eran todos unos caballeros si se llevaban algunos libros, le daban a su dueño libros de la profundidad intelectual de Mis ochos años en la Moncloa; De la noche a la mañana; Esperanza, de noche y de día, textos en los que todo ser humano podría encontrar las teorías más arrebatadoramente inteligentes que ellos pudieran imaginar. En algunas hogueras, cuyas llamas podían ser vistas desde el otro lado de la ciudad, se podían encontrar algunos libros de poemas de Antonio Machado, Ocnos, de Luis Cernuda, un libro que, afirmaban, hablaba con odio de los habitantes del mismo país donde ese maricón, decían, se había criado. Insultar así a tu propia gente merece la hoguera, decían. También algunos libros de Abel Martín, Ida había presenciado esa escena con lágrimas en los ojos, habían sido devorados por el fuego acólito de Manolito Palomares. Incitaban, decían, a caminar por calles que no eran las nuestras. En momentos como estos, el cariño de Ida hacia su cansado profesor crecía´; él le había enseñado tanto. Cuántas veces le había dicho: Ida, sólo puedo enseñarte a pensar, lo demás es cosa tuya. Y, al pensar, un día había descubierto que el conocimiento es una herida abierta; una vez empieza a sangrar es imposible parar. Y había querido escuchar la música que nunca había escuchado en las calles, había leído libros que estaban prohibidos, encontrando palabras que le destrozaban el corazón y la invitaban a la vida tantas veces. Pero ahora era de noche y su profesor siempre, amigo ahora, estaba dormido, tal vez cansado, pensaba Ida, de que su esfuerzo hubiera sido inútil. Le hubiese gustado despertarlo, hablar con él y decirle: yo te debo mucho. Mírame, ahora soy porque lo quise, tú me abriste la puerta, así. Y pensaba en todos los hombres libro que habían perdido cuanto tenían al amparo de una idea en la que sólo ellos creían.

martes, 6 de febrero de 2007

Hombres libro VI

Abel, dijo Ida, si alguien descubre alguna vez que nuestras vidas transcurren ahora en la misma casa, se agotará el tiempo en que vivimos. Abel, no quiero perder tu estrella, quiero que el sur sea mi norte, no perder jamás la ilusión de creer que las aceras de esta calle nos servirán para abrazarnos en público. No lo olvides, nunca. Si hemos llegado hasta aquí, todavía queda un poco de esperanza. Algunos hombres libro salen a la calle y hablan con la gente y, aunque hay televisiones que gritan que no hay más realidad que la que aparece en sus pantalllas hay gente que aún habla con otras personas por la calle, hay gente que sale a las calles sólo por escuchar la lluvia; otros salen a la calles sólo por escribir las cosas que pasan en el mundo. Estamos hechos de palabras, dijiste en clase un día, para añadir después, ahora lo pienso también, de las palabras que escuchamos en las plazas, de las conversaciones con las que apagamos el televisor para escuchar fragmentos de vidas que todavía existen. A este lado de las estrellas todavía hay esperanza, tú me lo enseñaste Abel, no te rindas ahora, no lo olvides nunca. Cerca, se escuchaban las sirenas enloquecidas de los acólitos de Manolito Palomares buscando una estrella con que purificar, a su manera, el mundo, buscando un hombre, como tantos otros, que había enseñado a los demás a pensar, terrible delito. Abel, tristemente, ensordecido por las sirenas, apenas podía escuchar las palabras de una de sus más brillantes estudiantes, una gran amiga ahora. Miraba fuera, hacia el mundo en que vivía y pensaba, con nostalgia, con dolor por los amigos que habían caído intentando cambiar esta patria que Manolito Palomares y sus acólitos habían convertido en su cortijo, si todo este odio hacia él convertiría a Ida en una víctima, si no haberse ido a Cutrelandia con su gran amigo Carlos había sido un gran error. Pensaría en ello muchas veces en las noches siguientes mientras decía a Ida, intentando alejarse del terrible mundo que habitaban en estas largos días de piedra: buenas noches, dulce niña.

lunes, 5 de febrero de 2007

Hombres libro V

El día en que murió Antonio Machado, muy al norte, lejos del mundo que tanto había querido, al que se referían las líneas que se encontraron en su bolsillo, -estos días azules y este sol de mi infancia-, las legionarios al servicio de Manolito Palomares fueron a casa de Abel Martín, del que no sabían nada, excepto que ambos, en algún que otro momento de sus vidas, habían coincidido y pervertido a todos los hombres libro que se habían acercado a ellas con ideas tan absurdas como aquella que decía que en este país no se piensa se embiste. En este país, lo decían Manolito Palomares y sus acólitos, la calle, que es nuestra, invita a pensar, como nosotros. En la casa, ya abandonada, de Abel Martín, los acólitos buscaban la estrella que le habían robado a Tito Paco algunos de los hombres libro que querían cambiar de signo el mundo en que vivían. La llamaban estrella para purificar las palabras porque si alguien pronunciaba franco, todo el mundo entendía sinceridad. Stella per purificare le parole, era su verdadero nombre porque, cuentan algunas historias, porque una chica llamada Ida, una de las estudiantes de Abel Martín, le regaló esta pqueña estrella porque sus clases, las pequeñas historias que él contaba en clase le entusiasmaban. Ida le dijo, profesor, esta estrella, como tú, tiene magia, y, a pesar de que los otros estudiantes pensaban que Ida estaba loca, Abel Martín, puro de espíritu, esperaba realmente que aquella estrella tuviera magia. Y, poco a poco, Abel Martín comprobó que aquella estrella tenía historias que contar, palabras que llevaban la bondad al ser humano, que enseñaba a pensar quien estuviera cerca. Pronto se supo de las habilidades de esta estrella para purificar las palabras y un día, mientras Abel e ida, hablaban de las veces que hay que decirse adiós en una vida, la estrella desapareció. Como hemos dicho, si alguien decía franco, todo el pueblo entendía sinceridad; si alguien gritaba, la calle es nuestra, la gente escuchaba juguemos, somos libres; si Manolito Palomares decía, olvidad que el mundo existe, todos entendían no hay patria como esta. Y también los hombres libro supieron entonces que robar esa estrella sería parte del plan con el que el escepticismo apareciera en las calles, en los pensamientos de la gente. Esperaban que no fuera demasiado tarde y que la gente volviera a pensar por sí misma; pudieron robar la estrella y, cuando los legionarios de Manolito Palomares, descubrieron su ausencia, el primer lugar, los hombres libro habían avisado a Abel Martín, que visitaron fue la casa de uno de los grandes amigos de Antonio Machado. Pero él no estaba allí, se había refugiado en la casa de Ida, su alumna preferida y ambos sabían que el profesor debería pasar allí mucho tiempo. Esperaban, él, Ida, los hombres libro, que recuperar la estrella para purificar las palabras fuera el comienzo del mundo en que todos merecemos vivir, un mundo en el que cada pensamiento conlleve un sentimiento que nos invite a la vida.

domingo, 4 de febrero de 2007

Otras formas de conocer el mundo

Grazie mille per la foto, sorellina.

Estás en casa, leyendo un libro. Y, de repente, una ciudad diferente se acerca a tus ojos. Más allá de la Sevilla aparente e hipócrita, esa que dice que la Feria es de todos pero a la que es difícil acceder sin invitación, más allá de la Sevilla de Semana Santa donde la religión y la muchedumbre se apropian de una ciudad que se pierde en algunos ritos, hay otra ciudad, otras calles, otros tiempos que no son las calles del sol y el calor. Hay una Sevilla, en estos primeros días de febrero, en la que la lluvia adquiere importancia y poca gente camina por la ciudad. Desde algunas ventanas podemos ver el río y decidir, entonces, porque la vida nos invita, caminar por su orilla, sin paraguas, sólo por sentir que la lluvia puede despertar nuestro sueño y una Sevilla solitaria, nostálgica, por la que tantas veces caminó Luis Cernuda, sí nos parece una invitación a unas calles estrechas en la que, alguna vez, el mundo nos invita a estar en paz con nostros mismos. Caminamos, además, mientras el hombre invisible nos llega a los oídos, nos invita a vivir, no podía ser de otra manera, con un poquito de satisfacción. Se pierde el río, las calles estrechas, la Giralda a lo lejos y queda un pequeño sentimiento de nostalgia que podríamos llamar, en nuestro caso por lo menos, la verdadera Sevilla.

viernes, 2 de febrero de 2007

That´s no way to say goodbye (II)

Al sur, muy al sur siempre pasan cosas...

ANA
He estado pensando cosas.
RAFA
Bonita forma de saludar a quien hace un mes que no ves. Esperaba un qué tal agosto; cómo te ha ido la vida, me alegro tanto de verte, amor mío. Y a lo mejor imaginaba que hasta me besarías.
ANA
He estado pensando cosas.
RAFA
Hace un mes casi que no nos vemos, y…
ANA
He estado pensando…
RAFA
Lo sé; has estado pensando cosas y, por lo que puedo ver, son muy importantes.
ANA
El amor se acaba; era como tú decías. Tenías razón; el amor se acaba, y me gustaría que lo dejásemos por un tiempo.
RAFA
Sé que el amor se acaba. Te lo dije tantas veces que a lo mejor te lo has creído.
ANA
Estoy cansada de viajar sola, de viajar con mis amigos. Un mes sin ti.
RAFA
Pero esta vez sabes que no he podido viajar contigo porque tenía que hacer el último examen de la universidad. Después teníamos preparados un viaje, tú y yo, juntos. Tú y yo, solos.
ANA
Esta vez tenías razón. Y las otras, ¿también? Estoy cansada, te lo he dicho, cansada de estar con alguien con quien me siento sola.
RAFA
No creo que me echaras mucho de menos con tus amigos cerca de ti…
ANA
¿Por qué me mientes? ¿Por qué te mientes? Sabes que siempre quise que estuviéramos juntos…
RAFA
Lo sé, casi las veinticuatro horas al día, cada día. A veces es bueno estar solo.
ANA
Quiero dejarlo, al menos por un tiempo, el tiempo necesario para saber qué queremos, qué deseamos…
RAFA
Toda una vida.
ANA
¿Cómo?
RAFA

Ana, sabes que tardamos toda una vida en saber qué queremos, y tampoco entonces estamos seguros. Pertenecemos a nuestros deseos.
ANA
A lo mejor tienes razón, pero mi deseo me dicta que quiero dejarlo por un tiempo.
RAFA
¿Por un tiempo?
ANA
Por un tiempo.
RAFA
¿Qué quieres decir? Nada se deja por un tiempo. Cuando se deja, se deja para siempre. No hay vuelta atrás. Andar sobre las huellas que se han borrado es imposible.
ANA
Puede que me haya acostumbrado a tu soledad.
RAFA
Puedo preguntarte si cuando lo empezamos lo hicimos por un tiempo. No te atrevas a responder; es inútil explicar lo obvio. (Dirige la mirada hacia el narrador).
ANA
No es un adiós, deberías saberlo.
RAFA
Ni tampoco es un hola, ¿qué tal? Lo sé, no te preocupes. Siempre he sido sincero y no quiero presionarte ahora. Espero que seas feliz en tu nueva soledad. Seguirás teniendo amistades, pero no será la mía, seguirás teniendo sexo, pero no será el mío. Estarás sola, aunque no será mi soledad la que te acompañe.
ANA
Rafa, no te pongas agresivo, no eres así.
RAFA
¿No? ¿Y cómo soy, Ana, cómo soy? Has dejado claro lo que quieres. Tengo que irme.
ANA
No es para sentirse tan mal.
RAFA
Tampoco para sentirse bien.
ANA
Entonces…
RAFA
Ana, sólo… no me llames, no me busques, no me quieras demasiado.
ANA
Sabes que tú puedes hacer lo que quieras.
RAFA
Lo sé. Te llamaré, te buscaré a veces porque eres tú la que quieres estar sola, y mis sentimientos no han cambiado.
ANA
Te quiero, lo sabes, pero necesito estar sola…
RAFA
Te quiero y deseo estar contigo. La misma historia es más injusta para el que tiene el deseo más fuerte. Va a seguir siendo verano. Y el amor no se acaba, el amor es un concepto; los conceptos no se crean, no se destruyen. Sólo es una idea. Pero nuestra relación parece que termina. En un día tan señalado.
ANA
No lo he olvidado. Feliz cumpleaños. Tengo un regalo para ti.
RAFA
¿Otro?
ANA
Sí, otro. ¿Lo quieres?
RAFA
¿Por qué no iba a quererlo? Claro que sí, no tengo nada en contra del regalo ni de ti; puedo distinguir perfectamente el hecho de que quieras estar sola, ¿sabes?
ANA
¿Qué quieres decirme?
RAFA
¿Qué?
ANA
No sé, creo que me lo estás poniendo fácil, me estás ayudando en mi decisión, no es eso lo que se supone que…
RAFA
¿Decías que me conocías? ¿No es esto lo que he hecho siempre cuando alguien tenía algún problema?
ANA
Sí, pero ahora no quieres aceptar algo que tú has dicho tantas veces. Nada es para siempre. Hay que ir día a día. Ahora dices que me amas pero no quieres que te llame para preocuparme por ti. Y dices que tú me llamarás…
RAFA
Cada uno busca su camino; el egoísmo nos ayuda. Un egoísmo sano. Tú buscas tu soledad porque la necesitas ahora. Yo no quiero que me busques porque lo necesito.
ANA
Tal vez tengas razón. Un egoísmo sano. Yo necesito estar sola. Pensar en nosotros. Y no quiero perderte.
RAFA
Yo no te entiendo. ¿Puedes explicármelo?
ANA
Es fácil. Quiero estar sola. Y quiero no perderte. Quiero… no sé. También yo soy egoísta.
RAFA
¿Me das mi regalo?
ANA
Toma. Este es mi regalo.
RAFA
Gracias. (Lo coge y también roza la mano de Ana. Se miran).
ANA
Rafa, yo…
RAFA
Nunca olvidaré este cumpleaños.
ANA
Por favor, no hagas que me sienta más culpable.
RAFA
Perdona, no era mi intención. Debería irme.
ANA
No, por favor, no deberías irte así.
RAFA
No, no me iré así. Vivo muy lejos de aquí. Cogeré el autobús, llegaré a casa, pensaré en nosotros, en las cosas en las que me he equivocado. Siempre lo hago.
ANA
¡No seas tonto! Sabes a lo que me refiero.
RAFA
Lo sé. No te preocupes: ahora me despido, te doy la mano, un hasta luego, ya te llamaré y vuelta a mi realidad.
ANA
No quiero verte así.
RAFA
¿Y cómo quieres verme? Me temo que no sabes lo que quieres de ti, aunque empiezo a entender lo que no quieres de mí. Aclárate, preciosa.
ANA
No me llames preciosa, por favor.
RAFA
¿Por qué? Siempre lo he hecho.
ANA
Me duele.
RAFA
Te duele. Ya ¿qué te duele? ¿Que te quiera? Lo siento, es algo que no puedo evitar. Bueno, esto se pone pesado.
ANA
Sí, me duele pensar que me quieras de esta manera, me duele mucho.
RAFA
(Sonríe). Estamos igual entonces, porque a mí me duele quererte. Pero me temo que me dolería más si me quedara aquí mirándote, sin tocarte… Debería irme.
ANA
¿No abres el regalo?
RAFA
¿El regalo? ¡Ah, sí! El regalo. Haré algo mejor. (Mira el regalo todavía envuelto y se vuelve; recorre el escenario con su mirada y se para. Ana mira un tanto desconcertada).
ANA
¿Qué vas a hacer?
RAFA
(Se dirige a un chico que está sentado en un rincón, vaso de vino, gafas y humo: es el narrador). (Rafa se dirige hacia la mesa, hacia el narrador que le sonríe. Le da al narrador el regalo que Ana le había hecho. Rafa se vuelve y camina hacia Ana). No me llames, no me quieras, no me eches de menos. Soy egoísta, soy Rafa.