martes, 25 de marzo de 2008

En tren

Por una vez, a Ana le gustaría coger el tren de las nueve y veinte. Por una vez, le gustaría llegar a casa temprano, cenar pronto, e irse pronto a la cama para descansar después de un largo día de universidad, pero no sabe si llegará a tiempo. Tal vez si se diera un poco más de prisa, pero a veces hay que darle una oportunidad al tiempo. Tiempo al tiempo. Son las nueve casi y veinte y Ana ha llegado por fin a la estación de tren. Buenas noticias. El tren no ha salido todavía, y hay mucha gente, como siempre a estas horas, esperándolo. Ha sido llegar ella, y llegar el tren. Hoy cenará tranquila en casa, espera.

Mira a su alrededor por si algunos de sus amigos va a coger este tren. A veces es agradable tener una charla agradable antes de darse al silencio de la noche. No hay demasiada suerte. Tal vez ella no ha prestado la atención suficiente. De todas formas, de vez en cuando es divertido ir sola, imaginar las historias de algunos de los pasajeros que se encuentran en su vagón. De aquellos con los que sólo intercambia un hola, qué tal cada día. Vidas con las que se coincide un instante sin saber si en algún momento tendrán importancia alguna en nuestras vidas. Algunos pasajeros irán a casa, cenarán, verán la televisión, quizás hablen un poco con sus familias, o simplemente dejen pasar el tiempo hasta otro día; otros escucharán música, leerán un poco para alejarse de unas vidas tristes en ocasiones, alegres en otros momentos. No son más que juegos para olvidarse del tiempo. Es más divertido cuando su amigo Andrés la acompaña y ambos imaginan historias.

De cuando en cuando, Andrés ha cogido este tren y en ocasiones, sólo en ocasiones, para qué mentir, ha sido un auténtico placer hablar con él. Si no recuerda mal y, a diferencia de uno de sus grandes amigos, ella tiene una buena memoria, Andrés le estuvo hablando la última vez que se encontró con él, en este mismo lugar, a esta misma hora, de una chica que había conocido hace poco. En sus propias palabras, de una de las mujeres más interesantes que había conocido en su vida. De todas formas, Andrés siempre ha sabido saber en cada mujer virtudes que otros muchos son incapaces de reconocer, así que Ana nunca puede saber cuándo Andrés tiene razón. Pero a medida que él hablaba, ella podía comprobar cómo parecía, a medida que hablaba de ella, absolutamente entusiasmado.

Se pregunta entonces si alguna de las pasajeras será la chica de la que tanto habló Andrés porque este, además le dijo, que podía coger este tren, aunque aquel día es más que probable que hubiera cogido alguno de los trenes anteriores. Estará cerca, se pregunta Ana, mientras mira atentamente a su alrededor y se pregunta si una de las chicas que está sentada en el vagón puede ser aquella de la que habló Andrés.

A su lado, hay un grupo de chicas, algunas de ellas, para qué mentir, lo suficientemente atractivas para llamar la atención de Andrés. Que no se me olvide, se dice, que ante todo, sigue siendo un hombre. El nombre de David Bisbal parece surgir en la conversación, David Bisbal, Chenoa, sus nuevos álbumes y Ana sabe que el interés que podrían despertar estas chicas en su amigo también desaparecería muy rápidamente. En muchas ocasiones, es cierto, a Andrés le pierde la intransigencia, no sabe dar una oportunidad a muchas personas que se le acercan.

Se pregunta entonces si su amigo habrá cogido este tren, ya que a veces, sólo a veces, es un auténtico placer hablar con él. Hay ocasiones en que piensa: las relaciones con amigos a veces son muy difíciles. Si no recuerda mal, alguna que otra vez también se lo ha dicho, pero él, como casi siempre, no sabía a qué se refería. ¿Habrá un chico más distraído?, piensa, y sabe que ahora le encantaría tenerlo cerca, saber de su vida de su día a día, escuchar con ganas su ternura mientras su sarcasmo le defiende de la vida. A veces, sólo a veces, se repite, es un auténtico placer hablar con él.

Hay un grupo de chicas de unos veinticinco años que hablan de pie. Parece que su día de universidad, también ha sido estudiante, ha sido duro y hablan de hombres y cerdos. Quizás hablan de lo cerdos que son los hombres. Marta, Rocío, Eli son nombres que se entrecruzan en la conversación. Nos acostamos, y no he vuelto casi a saber de él; no quiero su teléfono; se llevó casi dos horas hablándome de… No saben escuchar, parece ser la conclusión, seguido de un más intenso No saben hacer nada… nada de nada. El murmullo de la gente en el tren hace casi imposible escuchar nada más. A veces desconocemos el valor del silencio.

A lo lejos hay una chica leyendo, ese tipo de mujer que tanto llamaría la atención de Andrés, ¿cómo lo diría él? Belleza discreta. Alguien que tiene la facultad de pasar totalmente inadvertida en las primeras ocasiones que esté a tu lado, pero que poco a poco irá iluminando los lugares donde se encuentre. Tiene una sonrisa tremendamente cálida, que esboza mientras sigue leyendo. Definitivamente, podría conquistar a Andrés. Ha dejado de leer el libro, y empieza a hablar con una amiga. Se hace dulce en sus gestos. Tan lejos, es imposible saber de qué hablan, pero parecen hacerlo con mucha delicadeza, cuidando cada palabra porque cada palabra es importante.

Sería genial acercarse a ella, preguntarle si conoce a un chico llamado Andrés y, si es así, invitarle a un café y hacerle saber que tampoco es tan complicado conquistar a uno de esos chicos que también pueden dar luz a otras personas. Si alguna vez Andrés se diera cuenta… Para conquistar a Andrés bastan algunas palabras, una sonrisa y un poco de… Una voz metálica indica a Ana, y a otros viajeros, que esta es su parada. También la chica del libro ha bajado en esta parada; tiene el libro en sus manos pero no es posible ver el título. Una pena.

Uno a uno, todos bajan del tren tranquilamente. Son casi las nueve y media de la noche, y amenaza lluvia; hace un poco de frío. La chica, Ana sigue sin recordar su nombre, toma un camino diferente al suyo, y sus caminos se separan. Alguna vez, se dice, me gustaría verla de la mano de Andrés. Harían una bonita pareja. Sería genial estar en casa, tomarse un chocolate ahora, cerca de la chimenea, piensa. Entonces Ana despierta a la vida, al frío que acaricia su cara, ve cómo todos se van alejando mientras ella, sola, se dirige a casa, pensando que a lo mejor mañana se encuentra a Andrés y, juntos, se dedican a imaginar, en este mismo tren, a esta misma hora, las historias de vidas que a sus vidas llegan.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Menos mal que no te apetecía escribir que si no... Me alegro.
Aunque este me suena.

Un beso
Tu editora

Ella dijo...

Me ha encantado
No te vayas :)

La gata Roma dijo...

Me ha gustado mucho. Los que pasamos mucho tiempo en la calle o trasportes públicos podemos empatizar de lleno con esto.
Kisses

Anónimo dijo...

Las estaciones de tren son las mejores. Han presenciado millones de bienvenidas y despedidas y yo creo que flotando sobre los andenes se quedan muchas de las sensaciones que las acompañan.
Muy bonito y muy tranquilo.
Un beso.
Lucía.

Un beso dijo...

Es como si escribieras lo que hay en mi cabeza, pero mucho mas bonito.
Gracias,
Un beso