martes, 4 de marzo de 2008

Una ciudad invisible

Para Ivana

Quédate conmigo, esta noche, un poco más, a este lado de la orilla en que nuestros cuerpos se deshacen, las luces de la ciudad están lejos. Un poco más. Y escucha, Marvin Gaye otra vez, susurrando en nuestros dedos. Sólo me importa, en naufragios como estos, las huellas que dejas en los libros.

Los libros que traes a mi cama, a tu cama, a nuestra noche sin gente. La dama boba, de Lope de Vega, por si vamos, me dices, al cine, a ver la película. Los riesgos, te digo, te enfadas, me río, de haber estudiado filología. Si hubieras estudiado psicología, ¿nos habríamos leído las obras completas de Freud? Y hoy también te ríes, te quiero, dices, aunque hace frío. Otras noches, lo sabes, te enfureces y quieres, hay arena en tus labios, salir por no verme un rato. Hay lugares que ni siquiera yo puedo alcanzar.

Hoy te acercas a la cama, hay un libro en sus brazos. Uno de tus pechos roza mis dedos, me hace cosquillas, siempre, ríes, tan inoportuno. Marvin Gaye, no soy celoso, sigue con nosotros. Un invitado, me dices, de excepción, en las calles de una ciudad a la que sólo tú y yo tenemos acceso. Tus pechos, sonríes sin ganas, me hacen cosquillas, empiezas a estar cansada: tanta belleza duele. Es nuestra ciudad, me dices, enséñame, Jose, el camino a casa. Algunas calles, ambos lo sabemos, son un libro de poemas. Y mi voz en tus rodillas. Porque todas las palabras hermosas del mundo en que a veces vivimos han escrito sólo para mí, me susurras con sueño. Y callas un momento: suficiente. Un silencio es suficiente para comprender que no tenemos nada más que decir. Duerme en mi almohada; descansa, hasta mañana, no olvides decirme hola, mi amor, alegre despiertas. Así, la vida, con las primeras luces del día, será menos dura.

Y hay otras calles, novelas de todo tipo, callejones en que se narran historias, en que se cuentan vidas de un hombre y una mujer que se entregan al amparo de una copa de vino que se agota en sus labios. Me pides, en noches de luz y caricias: sé una mujer para mí, sé como yo, quiero que me entiendas; yo seré tu hombre, y cocinaré alguna vez para ti, cuidaré de tu casa, pasearé tus niños si hace falta. Seré como tú, para comprenderte, me dices, y te beso con la pasión de dos cuerpos que se han encontrado por primera vez. Infinitas veces. Y te quiero, llueve y hace frío. El día, sé yo cuando quieras, nos espera.

Existen, es un placer, caballero, sonríes, callejones sin salida, rincones de vicio puro y vida que nos llevan a casa sin tomar café, esquinas que nos acercan a la cama sin que hayamos pisado la cocina. Sólo tú y yo. Solos, repites una vez más, el mundo y yo. El mundo aparte. Solos tú y yo. Olvida lo demás, me dices. Y traes otro hombre a nuestra ciudad, a nuestras calles. Oliveiro, te presento a Marvin. Marvin, éste es Oliveiro. Ahora podrían oír tus risas al otro lado del mundo. El placer de habernos conocido. La palabra, quiero escucharte otra vez, la palabra es la carne, y yo sólo estudié tu lengua. No me seas injusto, Jose. Invité a otros hombres a la cama pero tú eres único. Eres asombrosa. Desgárrame un poco más. Hay paz en el universo. Un poco más. Podría morir entonces, te digo, me miras pensando que estoy loco. Y llega el sueño de dos cuerpos que se derriten en la orilla de una ciudad que nadie, excepto nosotros, la voz de Marvin Gaye se apaga, conoce.

Esta noche serás tú quien visite calles que todavía no conoces. Aunque no lo creas, la ciudad es grande y nosotros sólo dos, a veces. Soy yo el que te lee, es mi calle favorita: ver cómo te duermes mientras, poco a poco, el sueño te puede, el amor me deja solo, dejas de escucharme. Hay otro hombre en nuestras aceras: Beto Hernández, un autor que, estoy seguro, afirmas, no conoces, ha escrito especialmente para ti. Son palabras que, quiero asegurarme, te llegan con lentitud porque quiero que saborees cada una de las que Beto Hernández ha escrito pensando en ti: “Mira, yo no describo muy bien las cosas… No soy escritor. A veces me olvido de lo que digo. De todas maneras, procuraré ser lo más rápido y sencillo posible para que el mundo me entienda ¿Ok?

Pues bien, al principio y al final está Carmen. Punto. Carmen, mi joya de la corona, mi salvación del olvido… Carmen, el centro del universo. El grupo de moléculas más encantador que nunca se haya reunido”. No sé si habrá oído las últimas palabras. Probablemente no, pero no importa demasiado. Quédate conmigo, siempre, te abrazo, te beso, qué haría sin ti, nos quedamos dormidos a este lado de las sábanas, en esta ciudad invisible.