miércoles, 9 de abril de 2008

Emilio

Un estudiante de 12 años se acerca a la sala de profesores porque su mestra, de matemáticas, en este caso, necesita una pequeña carpeta que hay en su taquilla. Emilio está allí, sentado, y el chico le pide dicha carpeta. La maestra me ha dicho que está en su taquilla. Emilio se acerca a él y le dice: dígame usted cómo se llama la maestra. Olvidemos por un momento el nombre. El chico se lo dice y Emilio le enseña un folio en el que cada profesor, maestro para los niños, tiene asignado un nombre. ¿Cuál es el número?, le pregunta; 23, pongamos por ejemplo, dice el chico. Entonces Emilio le enseña las taquillas y le dice dónde está esa taquilla. El alumno, con calma, busca hasta encontrarla y Emilio le dice está ahí la carpeta. El niño sonríe y se lleva la carpeta. Le esperan en clase. En la sala hay varios profesores que empiezan, es su primer año y se sonríen. Ha sido una anécdota, me digo, como podrían haber sido otras muchas. Una cosa está clara: yo, de mayor, quiero ser como él.

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