domingo, 13 de abril de 2008

Rainy night III

Esa noche te quedaste. Tu excusa: que el viento disparaba lluvia contra los cristales. Pero fue el frío de tus pies el que te retuvo. Fue pisar el suelo y volver a las sábanas donde mi cuerpo seguía esperándote. Nunca quise dejarte ir, dije, y buscaste mis labios cuando la lluvia arreciaba, cuando el mundo parecía venirse abajo. Era el diluvio y sólo podía pensar en ti. En unas piernas que volvían a un calor que tanto las había desdibujado; en unos ojos cansados de gritarle al mundo nunca será demasiado; en un cuerpo que se rompía con los últimos gemidos de la lluvia. Todo era un grito equívoco, un susurro atronador. Un eco que se agotaba en nuestros dedos. Y todavía no sabemos cuándo dejó de llover.

1 comentario:

Cariátides dijo...

Despertamos con el cuerpo aún dormido, perezoso. La persiana nos decoraba con sus óvalos de sol. Me miraste mientras bebía agua. No hizo falta decir nada. Con los restos de la noche compusimos la mañana.