sábado, 14 de junio de 2008

Así

No creo en dios, en dios alguno. Creo en tus muslos de los que sorbo un poco de vida un poco cada día. No creo en patria, en patria alguna. Creo en tus arenas, en las que me sumerjo un tanto cada noche, se despiertan mis ojos a cada instante. No creo en rey, en rey alguno, derrotadas ya todas las princesas, cuentos de hadas absurdos para niños. Creo en tu corazón, ya te lo dije, rojo y a la izquierda, como siempre, un corazón que arde en mi pecho a cada paso, y me recuerda que vivir, vivir es otra cosa: dejárselo todo en cada entrega, hacer de tu sitio el mejor de los mundos posibles, ser uno con tu luz en cada ventana. Creo en tu corazón, ya te lo dije, rojo y a la izquierda, como siempre. No creo en cielo, cielo alguno. Creo en la fragilidad de tus labios, en la fragilidad de unos labios que se buscan, se chocan y se juntan. No creo en templo, en templo alguno. Creo en tu cuerpo, que habita en mis dedos cada almohada, creo en tus pechos, que se desdibujan en mis rodillas cada sábana. Creo en tus palabras, que derrotan mi tristeza y sus silencios. Creo en tus palabras, que encuentro en mis sonrisas casi siempre. Creo en ti. Me bastas.