martes, 1 de julio de 2008

Just like a woman

Escrito por una autora que dará mucho que hablar: Palho

Nobody feels any pain
Bob Dylan

Es difícil tener quince años, cuando el mundo se termina en cada no. En el no con el que tu papá te dice que no podrás llegar a casa más allá de las once de la noche. En el no con el que algún profesor te dice que no puedes salir a beber, aunque te estés muriendo de sed. En el no con que una amiga te dice que no hay sitio para ti en su piscina en días de verano con mucho sol y más calor. En el no con que te rompen el corazón la primera vez y piensas que nunca nunca jamás volverás a querer porque sólo existe el dolor. En el no absurdo y fácil con que revistas patéticas engañan a adolescentes para hacer que en nada se parezcan a ellas mismas.

Es difícil tener quince años, aunque muchos adultos quieran volver a ellos, no desean volver para vivirlos sino para cambiar algunas cosas. A esa edad, tus amigos es tu mundo, sus palabras un himno. Y perder una apuesta por un paquete de pipas g conlleva casi la pérdida de una ilusión que todavía no hemos podido crear. El mundo parece acabarse entonces.

Es difícil tener quince años, de ahí que Ana, de cuando en cuando se añada años a sí misma en lugares como el Tuenti, por saber si así, con algún año de más su tendencia a enamorarse de chicos que son mayores que ella, mucho mayores en algún caso, se ve satisfecha. Por saber si así la madurez con la que se celebra a sí misma y a sus aficiones es alguna vez real. Por saber si así alguno de los chicos que le atraen acaban por comprender, espera ella, que el amor no tiene edad, aunque a veces parezca totalmente envejecido.

Y tantas cosas parecen decirle a Ana que la vida se encuentra en lugares que no habría sospechado jamás, lugares que han llegado con estos años en que todo parece vivir en otra parte. Aunque los gestos sean, tristemente, los mismos en todas partes. Y que alguien te diga si quieres salir con él por el Messenger no es, obviamente, el mejor de los gestos posibles. Qué cutre, piensa Ana, aunque no deje de pensar que es bonito que alguien que tiene siete años más que él se fije en una pequeñita de catorce años que se siente una mujer en momentos como éste. Una mujer a la que le han hecho inmensamente feliz este dos de octubre en el que le han pedido salir, aunque haya sido a través del Messenger. Aunque haya sido un chico que tiene siete años más y hace que las rodillas le tiemblen aunque esté sentada. El amor no tiene consecuencia a ciertas edades, todo es hoy, ahora, y ahora todo es felicidad, alegría, ganas de contarle a sus mejores amigas que tiene novio, o que al menos tiene que pensarlo, que le han dicho, me encantas, me gustaría que fueras mi novia, olvidemos los años por un momento, me dirás que sí, y ella lo pensará, lo anda pensando pensando aunque las amigas le digan no, que no, es un error, tuvo que decirlo Lisa, es un error, te vas a arrepentir, pero qué va a entender ella, si nunca se ha atrevido a vivir, siempre ha sido la madura, pero no es hoy el día para madurar, para pensar, para tomar decisión alguna, hoy sólo vale la dicha de saber que a veces querer significa que nos quieren, que querer puede tener recompensa, aunque no sepamos cuál, aunque todo nos diga no, aunque las amigas no nos dejen en paz, recordando, otra vez, que es un error, Ana, es un error, te quiere para lo que te quiere, no busques nada más, Ana, te quiere para lo que te quiere, te vas a arrepentir. Ana, te vas a arrepentir. Pero Ana no se arrepiente, y es feliz cuando, dos días después, él ya sabe dónde van a vivir, en la Plaza del Suelo, y ella señala el lugar con sus dedos adolescentes, una casa en la que seguir jugando a crecer.

Es Ana, la adolescente que se levanta pensando que le dirá hoy ese chico, qué fotos se podrá hacer, una chica que usa su brillo de labios como arma infalible, brilla el arco iris en su boca, sonríe el mundo, ella lo sabe. Ana, que piensa, la vida es injusta, que la cambien otros, no deben conformarse, yo sí. Bueno, es Ana, la a la que han robado las sonrisas, y tal vez haya sido ella misma. Ella misma, y las fotos en las que a ella le gustaría ser ella aunque no pueda.

Y Alberto se sienta a su lado, y ella es feliz aunque le duela. Y ella recuerda la Plaza del Suelo y la casa en la que vivirán cuando sean mayores y estén juntos, las cosas de Alberto, ella lo sabe, la felicidad del primer amor, piensan sus rodillas, y las calles son un paquete de pipas g que se toman en cualquier pequeña plaza del pueblo. Los minutos parecen horas, las horas minutos, y el tiempo en clase se detiene, parece sereno, a pesar de los rollos que cuenta el maestro de lengua, un pesado, pero no importa, Ana piensa en otras cosas, Ana piensa en Alberto y la sintaxis queda para sus padres, que siempre están encima de ella, estudia, estudia, no lo dejes, Ana, las notas, Ana, los deberes, Ana, limpia la casa, pero Ana sólo escucha Plaza del Suelo, una vida en común, quince años que parecen veintitrés pero es mentira. Y Ana vuelve a clase, Alberto la acompaña a casa algunas veces, y en casa está papá y ambos, Ana y Alberto, sienten miedo. El miedo habitual a todas las cosas que dirán. Recuerda entonces Ana, te vas a arrepentir, Ana, te quiere para lo que te quiere, pero ella está segura que no, que todo es diferente, Ana tiene esa intuición, Ana lo sabe, pero sabe que nadie la creerá, y mucho menos su padre. Alberto entonces dice hola, y el padre responde, pero el gesto serio sigue en sus dedos, no pregunta nada y entra en casa con su hija. Sencillamente, viven cerca, venía hablando con ella, vuelve a casa, el padre le pregunta qué has hecho en clase, come, estudia, y Ana piensa y piensa y piensa piensa, se dice, sí, a lo mejor me arrepiento, pero no me quiere para lo que me quiere, se dice por si la escuchan, a lo mejor se equivocan, la vida es otra cosa.

Así sigue Ana, día tras día ocultando su gran “relación”. Hablando de él sin pronunciar su nombre, alguien, así era como lo llamaba. Esos nervios cuando él le regalaba algo y lo veía su padre, su temido padre, que le preguntaba quién te ha regalado el peluche; mis amigas, sonreía, me lo han regalado mis amigas. Le daban pocas esperanzas, otra vez, no salgas con Alberto, no lleva a ninguna parte, es sólo un peluche, la edad, Ana, la edad, pero Ana no escuchaba, Ana sólo se sabe alegre cuando le cuenta a alguna amiga lo rápido que crecemos a veces, las cosas que le pidió alguna vez, mi cuello, dijo, no sabía, mi cuello quiere un chupetón, y el cuello rojo, y Ana aprende rápido, los trucos de quienes son más viejos de lo que debieran, y Ana lleva chaleco de cuello alto, aunque se muera, se muera de calor pero se ríe, como alguna de sus amigas, se parten el culo cada vez que lo cuentan. Pero ahora hay silencios, todo cambia a velocidad de vértigo, con catorce, no, ya no, quince años, todo cambia, la vida es otra cosa.

Han pasado dos meses, un día dos de octubre y algunas conversaciones por chat, nunca, desde entonces, se han visto un dos, ni noviembre ni diciembre, siempre había algo que hacer, maldito instituto, Alberto con su módulo, maldito instituto, nunca un dos, Alberto tiene miedo, el padre lo tiene en clase, Alberto no sabe qué hacer, lo mejor es no hablarle a Ana, aunque duela, Alberto no habla en navidades, el Messenger parece mudo, Ana no sabe qué decir, Ana escucha a sus amigas, escucha te lo dije, de labios de aquellos que nunca supieron de la vida más que su calma, y la vida, piensa Ana, la vida, aunque injusta es otra cosa. Me apena, se dice, me apena el silencio, sale con amigas pero no parece una niña, ya no, y hay bromas que ya no le divierten y quiere crecer, tener más años, comprender que el amor no tiene edad, quiere entenderlo, quiere crecer pero no madurar, no, madurar jamás. Las navidades, repite, y se siente sola. Al otro lado, Alberto no responde, Alberto está nadie sabe dónde, aunque ella sí lo sepa. Y le molesta que no tenga el valor para enfrentarse al mundo, pero que sabrá ella, tan pequeña. Tan pequeñita, y quiere crecer crecer crecer cumplir años, vivir con quien la ama pero las navidades, ahora, Ana se siente sola.

Es diez de enero y Ana se sabe una mujer de dieciséis años y muchas más armas, aunque no hayan hablado con ella en las navidades, pero Alberto sabe que hoy es su cumpleaños y no puede dejar de pensar en ella, ni en ese chupetón que ha ocultado algunas veces en chalecos de cuello alto y conversaciones disfrazadas de cena y estudios, Ana, vete a dormir es muy tarde, ¿has estudiado?, vete a dormir, madruga, pero no es noche todavía, es de tarde y sus amigas están en casa, y han celebrado el cumpleaños y ahora quieren pasear por el pueblo, que las vean, hoy son protagonistas, y ahora sonríe, otra vez, como cuando estaban en clase y sus amigas, se lo decía Gema, sus amigas sabían que estaban saliendo, esa sonrisa, perdida en navidades, esa sonrisa, hoy está con ellas, y ellas parecen disfrutarla, te lo dije, dicen, pero no quieren que se siente herida, te lo dije, Ana, te lo dijimos, la edad manda, lo vuestro es imposible, pero Alberto se acerca, Ana está de espaldas y no parece haberse dado cuenta. Y Ana sigue dando las gracias, Lisa, por el collar, Gema, por la camiseta, Amaya, por el cinturón, hola, Ana, cuánto tiempo, pero ella no sabe qué decir y las amigas callan. Hola Ana, qué tal, cómo lo llevas, pero son dieciséis años ahora, ahora mismo, hola, qué tal, Alberto, cómo lo llevas, tu padre, Ana, dice, tu padre me da miedo, no debería ser así, tu padre, tu papá, que dirá el pueblo, Ana, eres muy pequeña, Ana, eres tan pequeñita, qué dirán de mí, de ti, de nosotros, y las amigas quedan lejos, pero escuchan, siempre escuchan, Ana, tengo un regalo para ti, pequeñita, hueles a mujer ahora, es un perfume. Es una buena noche, ahora sí, y Ana sonríe, de nuevo, como no lo hace en las fotos, y el perfume está en sus cabellos y Alberto ha vuelto, aunque sus amigas digan no, no hay futuro, Ana, eso no lleva a ningún sitio, Ana, vas a sufrir, la edad, Ana, la edad, pero ella sólo escucha su perfume y sonríe en los días que llegan, cuando otra vez existe el Messenger, también Alberto, sus palabras, la ternura repentina de quien imagina debe cuidar de alguien tan pequeña, tan tan pequeñita. Y esa palabra empieza a estar con él, pequeñita, muy pequeña, es una niña, qué estoy haciendo, me estoy enamorando de una niña, y me siento con ella cuando viene a dar clases, las clases particulares, y mi hermana le dice, qué pasa, cuñada, pero es una niña. Sólo una niña. Aunque tantos días la sepa mujer, es una niña, repite Alberto. Sólo una niña.

Una niña a la que decir adiós un dos de febrero con frío por el Messenger. Una niña con la que no puedo ser injusto, hablemos, Ana, hablemos mañana, pero no, no puede ser, lo nuestro no, el amor sí tiene edad, Ana, y tú tienes dieciséis, te llevo siete, dieciséis, preciosa, en un pueblo en el que se sabe todo, y todo se sospecha. Hablemos mañana, Ana, mañana. Mañana llega y amanece, Ana lo sabe, tristeza. Ana, no puede ser y además es imposible, no puede ser. ¿Por qué? Ana, son los años, parecen pocos, son pocos, dice Ana, son pocos, siete de diferencia, mis padres se llevan nueve, son pocos. Era otro tiempo, preciosa, otro tiempo, todo es diferente ahora. Te adoro, no, no puede ser. Te adoro, pequeñita, qué dirán, viejo verde, no me importa, dice Ana, por qué la vida es injusta, por qué la vida es injusta. No me importan los demás, tengo dieciséis años pero soy, lo sabes, un alma vieja. Toda una mujer, piensa Alberto, mientras observa cómo Ana se deshace como una niña. Podríamos esperar, dice Ana, tendré veinte años y seré preciosa, lo sabes, y Alberto lo sabe, y hablan, Ana, no te das cuenta, ahora, pero tú te estás formando, yo estoy formado, tú tendrás nuevas experiencias, seré un recuerdo, un pequeño recuerdo, estás viviendo, empezando a vivir ahora. Tú y yo, repite Ana, podríamos esperar, sólo son cuatro años, siete los que nos llevamos, esperar, pero, no, Ana, el tiempo cambia, el tiempo nos cambia, no te das cuenta ahora. Espera, espera cuatro años, podríamos recorrer el mundo juntos. Ana, crecerás, y no me necesitarás, Ana, no me, Alberto, es lo más triste que he escuchado nunca. Ana, no te das cuenta ahora pero es verdad, seré un recuerdo y habrá otros, le duele decirlo, habrá otros, mejores que yo, seguro, y disfrutarás de todo lo que no hemos disfrutado. Seguro. Y querré saber de ti porque seguro que, hagas lo que hagas, será grande, estaré informado, así lo creo. Y Ana está dos días sin ir al instituto, se encuentra enferma, espero que sigamos en contacto, vuelven las palabras de Alberto, porque hagas lo que hagas, sea lo que sea, seguro que será asombroso. Y todo es un te lo dije, ya te lo dijimos, un tres de febrero en que le rompieron el corazón por primera vez, la vida es un asco, todos lo saben. Y Alberto besa a Ana en las mejillas, aunque piense en sus labios. Hagas lo que hagas, recuerda, sea lo que sea, será asombroso. A pesar de que en estos dos días que lleva enferma Ana no recuerde sino que la vida es injusta, el mundo duele, y el aroma de un perfume que la hacía saberse una mujer aunque ahora se esté deshaciendo, hagas lo que hagas, dijo Alberto, sea lo que sea, será maravilloso, se esté deshaciendo entre lágrimas como una niña.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sí, es así.Me gusta que escribas y parezca que estás dentro de Ana. Síii, esos días importantes en que no hablas- las navidades, su cumpleaños-pero te acuerdas tanto...
Un besazo.
Lucía.