jueves, 11 de septiembre de 2008

Lejano

Son casi las once de la noche de un jueves cualquiera. Un jueves como cualquier otro en el que todo parece, otra vez, irresistiblemente lejos. Y sé que tus dedos descansan sobre una almohada que no es la mía desde que dijiste: tantos años luz no son buenos para nuestros cuerpos. Quise hablar pero no era cuanto pensabas, así que también hubo otros silencios, otras caricias, otras palabras: estoy cansada de tener de ti viejas fotos, una voz que me descalza de la que sólo tengo, cuando te vas para no volver durante meses, el archivo sonoro en que mi memoria la convierte. Y tienes razón, volver a vernos detiene el tiempo, ni cinco minutos, pienso, han pasado, pero son cinco minutos, cinco minutos cada año, qué sé yo, y sé que es más, pero no logro convencerte; tus rodillas lo saben porque siempre te han dolido al decir adiós y sé que es, de nuevo, por primera vez, qué sé, yo el final de viaje que tantas veces supimos y nunca esperábamos. Y espero que no lo digas, que ninguno de los dos pronuncie palabras que nos lleven, inevitablemente, a desnudarnos y a comportarnos como críos otros cinco minutos, otros malditos cinco minutos en los que detener el tiempo, serenar el mundo, pero ambos, tristemente, elegimos ser, por una vez, maduros y comprender que todo tiene viaje tiene un final, aunque no sea el elegido. Y lo dices, con la más amarga de las sonrisas, dos mil kilómetros son demasiados, dos mil malditos kilómetros, y me desarmas. Sólo me queda la palabra, y te digo: yo habito en tu cuerpo, sonríes y quieres desnudarte, quieres habitar el mío, pero ambos elegimos el más ridículo de los abrazos y pensamos, mientras nos decimos adiós por enésima vez: habitas en mi cuerpo pero vives demasiado lejos de él. Y todo queda en silencio. Demasiado lejos.

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