lunes, 8 de septiembre de 2008

Relatos hiperbreves XXVII

Agotado de un año extremadamente estresante, deseoso de perderse en calles donde no lo conozcan, Antonino, decide pasar unos días en Florencia, una ciudad de la que tantas veces le han hablado; una de las ciudades, según sus amigos, más bellas de la vieja Europa. A su novia, sin embargo, que no le acompaña por cuestiones de trabajo, la ciudad, ya visitada, no la convence en absoluto y no le molesta en absoluto que su novio se acerque solo a la ciudad. Florencia, piensa Antonino, caminando ya por sus calles, es realmente hermosa en agosto desde la Piazzale Michelangelo. Otra cosa es caminar por sus calles, acercarse al centro histórico y escuchar a una mujer que resume su estancia a Florencia en esta frase: he estado en Florencia y sólo he comprado un bolso; otros se hacen una foto delante de un Ferrari y Antonino parece cada vez más angustiado; a una calle repleta de tiendas de todo tipo, Tornavuoli, sigue callejuelas llenas de tenderetes en las que Antonino se pierde sin saber adónde dirigirse. El centro histórico parece, imagina Antonino, un centro comercial en sólo vale comprar, conservar estampas de una ciudad hermosa, pero disfrazada de sí misma en agosto, y empieza a comprender que, o no es el mejor momento para visitar esta ciudad, o las cosas no son lo que eran. La angustia le puede y decide volver a su ciudad, al sur, pero tampoco hay salvación. No se había dado cuenta hasta ahora pero en las calles en las que nació no hay ya lugares en los que jugar, sólo tiendas, y más tiendas, tenderetes, tiendas de marcas, y marcas. Y más marcas. Y se acerca a casa y todo tiene marca: la televisión, el ordenador, los muebles, todo tiene una etiqueta con la que definirse y se va corre, no puede más, todo le puede. En las calles, las etiquetas también le pueden y decide acercarse a la montaña que rodea su ciudad, y parece a salvo pero entonces se percata: su ropa, la ropa que le cubre, la camiseta, sus pantalones, todo tiene etiqueta, y no puede hacer otra cosa que despojarse de ellos pero no hay suerte: también los calzoncillos, joder, son de marca y él es una puñetera etiqueta que camina, y se quita los calzoncillos y camina por la montaña desnudo hasta perderse buscando las huellas de sí mismo en las que nunca, aunque sepa que es mentira, ha habido una marca, una maldita etiqueta.