martes, 7 de octubre de 2008

A veces Heidi, a veces no

Querida Heidi,

te escribo para decirte cosas que no sé si sabrás y tal vez sepas, a pesar de todo, a pesar de dos mil kilómetros entre tus labios y mi voz. Ya ni recuerdo la última vez que mis dedos te vieron aunque todavía sepan, siempre lo harán, de ti toda tú. La vida sigue, ya lo sabemos, y otra vida me viene distinta a ésta, otro instituto, otro pueblo, Moguer, Platero y yo. Y recuerdo tantas otras cosas que, alguna vez, tú y yo hemos vivido aunque no supiéramos darnos cuenta: una comida en la Alameda, un paseo por el río y ese corte de pelo por el que prometí no hablarte en años aunque nunca supe hacerlo. Tardes de cuarenta grados de un verano en que tú apenas te parecías a ti y viajes que han acabado por acercarnos más ahora que estamos a miles de kilómetros. El sur, el sur y el norte, qué más da. Son momentos, nada más. Y recuerdo todas las cosas que he olvidado: el trozo de mi vida que sigue en las páginas, ya no en blanco, de un cuaderno en el que prometí contarte tantas cosas de un viaje inolvidable. Y el regreso. Subir al volcán para coger una piedra. Por ti. Volcánica como tantas otras cosas que tú has vivido y me has hecho saber. Que yo he vivido y he olvidado contar, alguna vez. La memoria, ya lo sabes, no es una casa en la que yo debiera descansar. Y me cuentas que necesitas otra vez viajar pero no tienes con quién, ahora que todo empieza a estar en paz. Conmigo. En mí. Y hay momentos en que me habría encantado que me vieras crecer pero el tiempo es otro, otra la ciudad, otras las historias. Y, de cuando en cuando escucho tus palabras, pero no tu voz. Y todo parece extraño, líneas de un relato que ninguno de los dos sabe leer. Y dices, te visitaré en Moguer, y aquí te espero. Ti voglio bene.