martes, 4 de noviembre de 2008

La vida como caos II

A veces, en estas frías mañanas de noviembre, alguna vez lo has repetido, a hablar, durante horas, a una pared y hay momentos en que ni siquiera ésta te escucha. Y haces del teléfono, ni Gila podría decirlo, tu mejor arma aunque la factura sea, acaso como la del año pasado, alta pero merezca la pena. Porque, incluso, en los días peores, hay momentos que compensan, instantes que llevar contigo durante mucho tiempo y hacen de la ternura un acicate para seguir luchando por todo aquello en lo que siempre has creído, aquello que todavía te lleva a levantarte cada día, aunque sea a muy tempranas horas de la mañana, sea el día corto y la noche larga y con frío. Basta un café con gente que estás empezando a conocer para comprender que son los pequeños detalles los que importan y los compañeros que, ya lo has dicho, que empiezan a formar parte del pequeño rincón del mundo en el que das clase en estos días, que dan fluidez a tantas cosas. Un desayuno y palabras de alegría esta mañana, un desayuno y, ah, José Manuel, perdona que te dé la espalda, pero hablamos de zapatos, de zapatos de plata, zapatos que me ayudan a sobrellevar la soledad, hacen que, alguna que otra noche, ocupe mi tiempo bailando salsa. Y escuchas, y hablas, hablas y escuchas, sería bueno, Daniel, acercarnos a Mérida, hacer el viaje con los niños hasta allí por escuchar otras cosas, por ver otros rincones, por saber de otros lugares. Y comprender que allí donde esté Daniel, éste hará todo lo posible por hacer de su pequeño rincón del mundo un lugar un poco mejor, un poco más habitable. Y hablas, y escuchas, escuchas, hablas, de blogs, de internet, de por qué nosotros no podemos llamar a nuestras madres, de libros que, Valentina, no nos gustan, la lectura debería ser otra cosa, otras las páginas, haremos de Internet otra herramienta, de nosotros, Manuela, un buen departamento, alguna lectura, si esto es Moguer, Juan Ramón obliga, aunque nosotros sólo seamos secundarios, meros oyentes de unos estudiantes que empiezan a entender que los poemas pueden ser, esperemos, parte de una vida, parte de una adolescencia, el viaje cronológico a través de unos versos que ya nos sabemos de memoria. Y tendrás entonces una tutora a la que contar las penas, porque hay gente que tiene luz, y escribe con colores en los dedos, y hace que reír sea más fácil entonces, y serás, si alguna vez ella lo desea, si alguna vez lo necesita, un tutor que escuche porque, ya sabe, una palabra de ánimo a tiempo compensa tanto silencio, tanto estruendo.

No hay comentarios: