domingo, 2 de noviembre de 2008

Libertad III

Hay tardes de domingo sin café y con poca compañía. Hay tardes de domingo, frías, en las que la única compañía parece el silencio, el silencio de unas estrellas apagadas en cuya luz nos perdemos. Hay tardes de domingo que nos sitúan ante un mundo en blanco, en blanco y negro, del que apenas sabemos más que el tiempo, el tiempo pasa en nuestras manos aunque nuestros dedos no escriban nada. Hay tardes de domingo que invitan a olvidarlo todo para hacer de ellas un inborrable recuerdo. Hay tardes de domingo, como ésta, como éste dos de noviembre, en que ser libre y estar solo podría parecer lo mismo y además lo es. Hay tardes de domingo que invitan a salir, a tomar un café con un amigo, tomar algún dulce con cualquier amiga, para después volver a casa y comprender que nadie nos espera, que nadie nos dice ternura alguna en una puerta, cerrada, que sólo abren nuestras llaves, que nos llevan a una cama en la que, como tantos otros días, sólo hay lugar para nuestro cuerpo, sólo hay hueco para nuestra sombra.

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