jueves, 6 de noviembre de 2008

Un hecho aislado

Para Lourdes

Hace falta un pueblo para educar a un niño.

Proverbio africano

Aunque Laura Mallén lleva más de doce años dando clases, últimamente, un trabajo que disfrutaba en años anteriores, se ha convertido en un hecho monótono. Un hecho monótono al que ayuda que estudiantes de catorce años te ignoren la mayoría de las ocasiones, si no acaban, así son los tiempos que le ha tocado vivir, siempre lo piensa, por faltarte al respeto, aunque sean poco los estudiantes. Unos estudiantes que ya no tienen como base de la educación a sus profesores, esos seres extraños que dedican la mayor parte de su vida a ser ignorados, cuando no vilipendiados, y, a veces, ni siquiera, por mucho que estos lo intenten, a sus padres. Unos padres que trabajan, así es el tiempo en que viven, por apenas 600 euros, durante horas, y más horas, para vivir, sobrevivir, suelen decir, y que la vida de sus hijos sea mejor que los suyas, unos padres que llegan cansados a casa, charlan, de cuando en cuando, con sus hijos y, si el cansancio les puede, dejan que, tranquilamente, vean la televisión. Una televisión que suele insultar la inteligencia de cuantos acuden al mando a distancia, convertida ya en el elemento principal de unos niños que se acercan a ella buscando los espejos necesarios en los que mirarse para madurar, unos espejos deformados que sólo reflejan imágenes irreales, un mundo de ficción en el que no parece existir sitios para seres reales como Laura Mallén.

Una Laura Mallén que hoy, como en estos últimos meses, llega a su trabajo con poca ilusión, con la esperanza, leve de que, por una vez, le escuchen y, es más, sea capaz de ganarse un respeto tristemente perdido. Perdido hoy entre niños de trece años que sólo escuchan a sus compañeros, se envían, el aburrimiento manda, mensajes de móvil para no decir nada, que pueden decir a qué no le tiras el estuche a esta tía, no eres capaz, estamos seguros. Seguros de que, al final, lo habrán convencido y el estuche volará por los aires, ahora que todos charlan entre sí y Laura, inútilmente, trata de conseguir que todos se mantengan, de una vez por todas, se está dejando la voz, también la paciencia, en silencio. Un silencio incómodo para Laura, que pide a unos y otras que se callen de una vez, que sepan estar en clase, una clase no es el parque, les dice, una clase exige una atención, pero los alumnos siguen con sus juegos, no prestan ninguna, pasan por completo de toda explicación que viene de los labios de una mujer que es demasiado vieja ya, a sus 39 años, para saber qué es la vida y sus placeres. Unos placeres que han conocido algunos de ellos a tan corta edad, placeres que hacen que la vida les parezca ya un asco a los veinte años, y hace que todo sea ahora, después, y antes, un completo aburrimiento. Un aburrimiento en el que se ven inmersos unos niños de trece años que han dado con las palabras exactas para que uno de ellos arroje un estuche y golpee la espalda de una profesora que intenta no sumirse en la más absoluta impotencia. Una impotencia que lleva a Laura Mallén a estar en clase, ahora que el estuche ha golpeado su hombro, en absoluto silencio hasta que le pide a uno de los niños que en clase se comportan bien que se acerque a Jefatura, para que se acerque el jefe de estudios. Un jefe de estudios que no puede prestar atención a ese niño ya que anda enfrascado en una discusión terrible con un padre que le repite, una y otra vez, que su hijo, en su casa, es buenísimo y que no puede creer ninguna de las cosas que le dice, es imposible, imposible, seguro que el profesor le tiene manía, pero no es sólo un profesor, es todo aquel que le da clase y sabe de las pillerías de su hijo, que tiene que irse una semana expulsado, tras insultar a una profesora. Una profesora, como Laura Mallén, que espera en vano que el jefe de estudios, el director, quién sabe, alguien, quien sea, se acerque a clase y ella puede salir, pero no hay suerte, y ya han pasado cinco minutos, en los que la impotencia le ha ido pudiendo, el silencio se ha hecho más incómodo y todavía no ha aparecido nadie. Nadie ha encontrado el chico en Jefatura, inmersos como estaban en discusiones padre, profesor, jefe de estudios, así que Alberto se ha acercado a la sala de profesores por saber si algún maestro puede subir a su clase, la maestra quiere que suba, por favor, alguien, ahora mismo. Ahora mismo son ya diez minutos tarde y el profesor que sube con Alberto tiene más de quince años de experiencia y sabe hacerse respetar, y Laura, en cuanto llega, puede bajar, perderse en una clase vacía y deshacerse en lágrimas. Las lágrimas de una impotencia que alcanza a los profesores que, poco a poco, van sabiendo qué ha pasado en la clase de Laura Mallén, unas lágrimas que unos y otros convierten en furia, pena, tristeza, incredulidad. Una incredulidad que también afecta al director, que no puede creerse lo que le acaban de contar, sube inmediatamente a la clase y le dice al estudiante que ha alcanzado a Laura Mallén que tienen que hablar, es urgente, tus padres están en casa, tenemos que hablar con ellos, te vas expulsado un mes, está claro, pero, no, los padres no están en casa, y el móvil, malditos móviles, está apagado o fuera de cobertura, así que sólo puede dejarles un mensaje de voz, sólo mientras le dicen al chico, quédate en esta clase, ahora hablamos, su hijo le ha tirado un estuche a la profesora, es muy importante, vengan cuanto antes. Cuanto antes es una hora más tarde, una vez que el padre ha escuchado el mensaje de voz en su móvil, ha recogido a su mujer, parece grave, y se ha presentado en el instituto. Un instituto sobrecogido por las malas nuevas, que ya comparten, de forma muy diferente, alumnos y profesores, aunque no haya sido, ni mucho menos, la primera agresión de este año. Un año en el que al profesor de Matemáticas le han pegado un chicle en la espalda, en el que a la profesora de Música la han insultado en numerosas ocasiones, en el que a la profesora de Lengua y Literatura le han puesto un pájaro muerto en la mesa, y tantas otras cosas, que hace que los profesores estén pensando, en voz alta, que nadie ha sabido parar toda esta vorágine. Una vorágine que ha culminado en la agresión a una profesora que llegó a amar su trabajo, en el nerviosismo de unos profesores que empiezan a estar cansados de todo lo que les rodea, y en la desesperación de unos padres que ya no saben, de veras, no tenemos ni idea, qué hacer con su hijo, nos gustaría hablar con la profesora, pedirle disculpas, de verdad, nuestras más sinceras disculpas. Unas disculpas que no quiere, de ninguna forma, Laura Mallén, que le dice, un poco más tranquila, entre lágrimas todavía, al jefe de estudios, no quiero hablar con ellos, no quiero hablar con él, no quiero verlo más en mi clase. Una clase que ha agotado a cuanto profesor ha intentando enseñarle lo más mínimo, una clase a la que, piensan la mayoría de los profesores, nadie ha sabido poner freno, y así nos va, con tanta permisividad una permisividad que no van a contemplar esta vez los profesores, hartos de soportar a esos alumnos. Unos alumnos, mamá, que me han dicho que lo hiciera, mamá, mira el móvil, yo sólo he hecho lo que me pedían, no tenía que haberlo hecho, vale, pero yo sólo he hecho lo que ellos querían, yo no quería, no lo haré nunca más, mamá, lo siento, lo siento, mira el móvil. Un móvil que ya tiene el jefe de estudios en sus manos, en el que puede leer, claramente, el niño tiene razón, aunque no lo haga menos culpable, a qué no eres capaz de tirarle algo a esta tía, mientras los profesores tratan de consolar, inútilmente, a una impotente Laura Mallén. Una Laura Mallén que no quiere hablar con el chico, que no quiere hablar con los padres, sólo quiere perderse, estar en casa, en su casa, decirle hola a su hija, escuchar, mami, te quiero, estás llorando, qué te pasa, ten un pañuelo de abrazos para tus lágrimas. Unas lágrimas que la hija convierte en sonrisa, una tristeza que ha ido calando, de una forma u otra, entre todos los profesores de un instituto que han convertido el regreso a casa en una sola conversación. Una conversación que habla de la pérdida de autoridad, del desgaste psicológico al que son sometidos, del poco compromiso de unos padres para los que sus niños nunca son culpables, nunca, jamás, de la desconfianza que ahora hay hacia ellos, de si realmente, en días como estos, vale la pena tanto sacrificio. Un sacrificio diario que han de soportar ante unos alumnos que ya no tienen más referente moral, dice alguno de los profesores, que el mundo de ficción en que se ha convertido la televisión. Una televisión que se ha acercado al instituto por conocer la clase de agresión que ha recibido la profesora, pero no ha habido violencia suficiente como para considerarla digna de aparecer, aunque sea sólo unos minutos, en cualquiera de sus programas. Unos programas que sí discuten ahora el nivel de agresividad de los adolescentes españoles, violencia, dice algún tertuliano que, probablemente, hayan aprendido en algún videojuego, en una sociedad que ya ha perdido, repite el tertuliano, todos los valores que nos convertían en mejores personas, presos de unos espejos totalmente deformados en los que mirarnos y encontrar unas imágenes distorsionadas. Unas imágenes distorsionadas en las que muchos niños pueden refugiarse, si los padres están cansados, han llegado tarde, mamá y papá trabajan, llegan tarde, están cansados, no hablan conmigo, un poco a veces, un poco, el trabajo nos quita tiempo, pero qué podemos hacer en tiempos como estos, en los que es tan difícil encontrar un buen trabajo. Un buen trabajo, pensaba Laura Mallén, pero ya no sabe, su hija se la está comiendo a besos, si creérselo, no sabe si seguir mintiéndose y decir, merece la pena, a pesar de todo, merece la pena. Una pena que le puede cuando lee algún que otro periódico, en la que su historia ha quedado reducida a unas pocas líneas, que afirman que ayer hubo una leve agresión a una profesora de Matemáticas en uno de tantos institutos del sur, y que habla del cansancio psicológico de otros tantos profesores. Unos profesores que leen también las declaraciones de la Consejera de Educación, bonita torre de cristal la suya, piensan, el mundo está en otra parte, afirman, que dicen, sólo es un pequeño problema, nada más, todo es tranquilidad en los institutos, todo es paz, este hecho es una excepción. Una excepción, lee Laura Mallén, sólo una excepción, un hecho aislado.

1 comentario:

sorel dijo...

La ciudad sigue tranquila, que titularía Robert Guédiguian si fuese una película...
Un abrazo.