jueves, 13 de noviembre de 2008

What a wonderful world

Ha llegado, hace escasas horas, una patera con 45 inmigrantes a Tenerife como podría haber llegado a otros lugares, a tantos otros; como podría haber llegado algún muerto con ellos, porque ya han llegado y, probablemente, seguirán llegando. El precio de llegar al mejor de los mundos posibles. Un mundo en el que todos los mercaderes que han hundido un sistema económico que convierte a niños en meros consumidores pretenden, pronto, y, además, se enorgullecen de ello, salvar un sistema que han hundido, un sistema que ha hecho naufragar a tanta otra gente. Un sistema que convierte a niños en meros consumidores sin ofrecer nada a cambio y con el que pretendemos, luego, que nuestros adolescentes sean responsables, maduros y, además, buenos estudiantes, nada más, nada más y nada menos. Un mundo de mercaderes que sólo deja frustraciones en todos aquellos que, alguna vez, soñaron con un empleo digno y una vida mejor. Pronto seremos salvados, y el mundo no será más que lo era, nada más, nada más y nada menos, un lugar donde los pobres podrán ser más pobres y los ricos serán más ricos. Siempre será así. Y, a este lado del mundo, al menos, quejarse, aunque valga para poco, es posible. Aunque en esta parte sucedan otras cosas y haya chicas de pequeño cuerpo y gran corazón que lloran a las dos de la noche porque todo parece estar hecho pedazos; y hay parejas que esperen un hijo, aunque a veces tengan miedo al contemplar el mundo, que no la vida, en la que él tendrán que vivir, pero también hay hilos de esperanza, raíces de ternura, gestos únicos e irrepetibles que hacen de alguna calle un lugar mejor y logran que caminar contenga alguna esperanza. Es el mundo, y sigue girando. Y hay pequeños papeles llenos de palabras que sirven para alegrarnos el día aunque estén llenos de faltas de ortografía. Toca, otra vez, este año, cambiar de hábitos, de sitio, cambiar de registro, también de libros, otra vez, en estos días y no saber dónde; es mi vida, nada más, y, sencillamente, en días como éstos importa poco, pero sería bueno, al menos, de cuando en cuando, dormir algunos días en una cama que me conoce bien desde hace años: Es una vida, nada más, aunque en un día como éste no importe demasiado y la huella de la gente que, irremediablemente, te ha rozado durante un mes y algo, poco tiempo para llegar a algún lugar, empiece ya, otra vez, en otro sitio, a perderse, como si nunca hubiera existido. Como si todas las cosas que alguna vez formaron parte de nosotros no sean más que el preludio de una derrota que acabará por llevarnos a una ciudad de la que es posible que no lleguemos a conocer ni su nombre.

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