lunes, 8 de diciembre de 2008

Historias PAM II

El día del entierro del que una vez fue profesor, después escritor y casi siempre amigo, amaneció con lluvia, una lluvia fina, breve, que calaba los dedos de todos los presentes y entristecía los corazones. Un día tan amargo como lluvioso. Un día de emociones encontradas y tristezas infinitas. Paloma, de negro y dolorida, había dejado el tanque en casa, porque el rosa no era color para un día como el de hoy, como una jornada como la presente. Acudían a su memoria imágenes de todo tipo, aquellos días en que el se sentaba entre sus alumnos, como uno más, y escuchaba con atención a los maestros aunque no entendiera lo más mínimo; los días en que el maestro se acercaba a su pueblo para tomarse, de cuando en cuando, un café y muchas muchas palabras porque, como él decía, cuántas cosas he, aprendo, y aprendido. Después vino el éxito con algún que otro libro, adaptaciones al cine, otro libro, adaptaciones televisivas, firmas en centros comerciales, en Ferias de Libro, incluso en cafeterías. Increíble, pero cierto, tenía cierto éxito como escritor y empezaba a tener fans. Pam le había dicho muchas veces que lo mejor era, por si acaso, aunque probablemente nunca pasara nada, que lo mejor era tener un guardaespaldas y él, pacifista convencido, tenía claro que el único guardaespaldas con el que contaría sería ella, y su flamante tanque rosa, ya que siempre se reía mucho al verlo. Había sido todo un amigo y ahora sólo podía, tristemente, llorar su muerte. Y vengarse de la culpable, con la que tanto había compartido. Dar con ella parecía fácil ahora que pocos acogerían a una asesina en su casa, y Pam conocía a todos sus asociados, a todos aquellos que tenían una casa para ella, pensaba entre lágrimas. El problema es que Nina era lo suficientemente inteligente como para saber que estos serían los primeros pensamientos de Pam así que su plan era otro: alojarse en la casa de una de sus grandes amigas, inocente e ingenua como pocas, una especie de Cenicienta de estos tiempos, Pilar, siempre tan amable, siempre tan ingenua. Alejarse de los sitios por los que se movía le daría éxito durante algún tiempo, Nina lo sabía, aunque también imaginaba que en algún momento, recuperada una vez Pam del dolor causado, su, una vez amiga, la buscaría porque también conocía a Pilar. Pero podría descansar un poco y llorar, con tranquilidad la muerte del que una vez fue su escritor favorito, pero equivocado por completo al dedicar sus palabras a tanta gente cuando las palabras deberían ser sólo para ellas, palabras como las del último libro que él ha escrito en su vida, palabras para ella, sólo para ella, ella lo sabe, ahora que Pilar la mira y ella llora, Pilar le pregunta por qué, y ella dice, no me lo puedo creer, está muerto, la persona que me escribió estas palabras está muerta, no puede ser, es imposible, palabras como éstas, para mí, sólo para mí: El amor hace que sin darnos cuenta se nos pase el tiempo. El tiempo hace que sin darnos cuenta se nos pase el amor, dice un proverbio italiano. No lo olvides, preciosa lectora, y llora por su muerte, ahora que Pam, al otro lado de la ciudad, en el otro rincón de la vida llora por la muerte de un amigo pensando en su venganza, imaginando dónde está ahora Nina, sabiendo, porque la conoce, que la pena la consume y el mundo será más gris para ella.

2 comentarios:

palhoma dijo...

madre que guapada ya me imagino anunciando en la 2 "PAM:historia de una guardaespalda" la serie.

Anónimo dijo...

y yo la mala... no vale!!!jaja