sábado, 13 de diciembre de 2008

Historias PAM III

Habían pasado semanas (elipsis) desde el entierro de su profesor, mentor y, ante todo, amigo, semanas sin saber de su, una vez, amiga, ahora enemiga íntima, Nina, semanas sin saber absolutamente nada de ella. Pam había visitado todos los rincones de los bajos fondos, los rincones por los que se había movido Nina, en los últimos años, una vez que se había hecho un nombre en los bajos fondos pero no había habido suerte: nadie sabía de ella. Pam lo había probado todo: extorsiones, amenazas, sobornos a todo tipo de individuos, exnovios como Ezequeil, ex-amigos pero ninguna pista, ninguna huella. Nina parecía haber desaparecido de la ciudad y de todo aquello en que sus manos habían estado alguna vez. No había suerte, algo que empezaba a frustar a Pam que, a pesar de los pesares, imaginaba cómo sería el encuentro cuando se encontrara (prolepsis): algunas palabras de cortesía, un hola, Nina, cuánto has cambiado, sabes que te lo habría perdonado todo, porque ya lo hice, lo sabes, a pesar de los cadáveres que has dejado atrás, pero nunca nunca podré perdonarte que asesinaras a alguien de quien tanto hemos aprendido, que tanto nos enseñó, alguien que aprendió tanto de nosotras; acaso Nina dijera, sí, aprendió y nos dijo que éramos las únicas pero mintió, me mintió, sus dedos están en tantos libros, su firma en tantas páginas, sus palabras en tantos oídos; nunca, nunca, amiga, nunca, Pam, debió ser así, nunca, era todo para mí, era tantas cosas, pero nunca debió ser así. Y tal vez lloviera porque todo sintiera tristeza y Pam la asesinara de forma rápida, profesional, un disparo en los ojos y poco más, sólo el dolor necesario, pero, por ahora, parecía imposible, ahora que no tenía ni idea de dónde estaba pero le bastó un momento de lucidez: para buscara a alguien que se ha hecho invisible, nada mejor que acudir a la chica invisible. Al otro lado de la ciudad, en las casas más tranquilas Nina hablaba con una de sus mejores amigas, Pilar, de todas las cosas que las acercaron en el pasado (analepsis), recordaba Nina los días de colegio, en que una y otra eran inseparables, tiempos tranquilos en que Nina no imaginaba cuál sería su lugar en el mundo. Hablar con Pilar la reconfortaba, la hacía más dulce, la hacía olvidar en quién se había convertido, ahora que, además, se había convertido en una leyenda en los bajos fondos. Con Pilar, no existía Nina, sólo Ana, una chica dulce que hablaba de novios, estudios y trabajo con su gran amiga, física reconocida en diversos ámbitos. Aquí sólo existía la luz de una gran amistad y toda oscuridad estaba sepultada aunque Nina supiera que fingir, para siempre, parecía imposible. Era imposible. Lo era aunque ella intentaba engañarse, decirse que otra vida era factible; aunque supiera que Pam la buscaba y alguna vez la encontraría. Aunque lo supiera. Y Pam se acercó a hablar con la chica invisible, una chica que podía estar en todos sitios y no aparecer en ninguno. Entonces lo supo: si quieres ser invisible, hazte obvio. Si quieres ser invisible, vuelve a amigos que sólo conocen una parte de ti. Ahora Pam sabía que Nina estaría en casa de una de sus amigas, y lo más probable es que estuviera en la casa de la amiga más amable, dulce e ingenua que siempre habían tenido: Pilar. Y empezó a llover, una lluvia fuerte, dura, que golpeaba la cara de Pam ahora que ésta sabía que encontrar a Nina sería cuestión de tiempo, sólo una cuestión de tiempo.

1 comentario:

palhoma dijo...

chulisimo,esto puede servir para lengua jaja el proximo dia le digo a la mestra que no lo ponga