lunes, 22 de diciembre de 2008

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Per Ida, la mia sorellina

Era verano entonces y el sol manchaba mis dedos de amarillo; cuanto sabía de ti era tu nombre y la sonrisa con que cada sobremesa saludabas al mundo y, algunas veces, a mis ojos. Era verano entonces y pudimos hablar, alguna vez. Supe de ti tu nombre y tu sonrisa; tus miedos y, alguna noche, tus muslos y rodillas. Era verano entonces y cuanto sabía de ti era el mar en que te desnudabas cada madrugada por, ya sabes, saber si las olas saben acariciarme, si la playa conoce de mí algo más que mis orillas. Era verano entonces y sólo sabía de ti que tu piel quemaba a ciertas horas de la cama si el suelo no conocía de nosotros sino tu ropa. Era verano entonces y todo estaba cerca, a escasos centímetros, decías, a escasos centímetros de algo que podríamos haber llamado amor si todo no hubiese empezado a alejarse, si todo no nos hubiese dicho que hay semanas que terminan y cuerpos que deben dejarse atrás, labios que ya no se consumen en nuestros labios para placer de nuestras bocas. Era verano entonces, pienso, invierno ahora, pienso en ti, en tus manos seduciendo a mis dedos por última vez, prometiéndole algún minuto más de apetito, devolviéndome la risa, ahora que es invierno y quisiera pensar que es posible volver, volver a besar tus muslos alguna noche de verano en que tú y yo nos deseemos como uno, como uno solo, ebrios de cariño y deseo, alguna tarde, alguna noche, siempre una última, siempre una primera vez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te digo sòlo que se me puso la piel de gallina... soy yo, es él...
Sorellina