sábado, 29 de noviembre de 2008

Historias PAM I

Érase un profesor que se fue, poco a poco, haciendo famoso aunque él no quería, no; un profesor, maestro, qué sé yo, que se fue haciendo escritor aunque él no quería, no no no. Y, a medida que su fama iba creciendo, aunque él no se daba cuenta, la cantidad de fans iba en aumento, aunque, siendo sinceros, eran pocos, poquitas también, porque la literatura, digámoslo así, da un poco de vida, pero un nada de dinero. Sólo eran palabras y palabras las que lo iban haciendo conocido en tantos sitios. Sin embargo, a medida que la fama iba creciendo también crecían los enemigos, aunque, en ningún caso, parecían fieros, parecían amenazantes. De todas formas, una de sus antiguas lectoras le aconsejó que lo mejor sería, por si las moscas, por si acaso, por si las fans, tener un guardaespaldas, quién mejor que ella, de quien tanto había aprendido, a quien tanto había enseñado. Y, como tantas veces ella parecía tener razón, decidió seguir su consejo, y hacerse con los servicios de un guardaespaldas y, quién mejor que ella, que, además, tenía un tanque rosa para protegerse de los ataques suicidas de todos a los que alguna vez había mirado con mala leche. Y habían sido muchos, entre ellos, una de las chicas con las que había mantenido una larga, e intensa relación de amistad, rota por la caída de ésta, conocida en los bajos fondos como Nina, una chica amable alguna vez, pero que se había dejado arrastrar por una espiral de violencia, hasta convertirse en una de las más conocidas criminales de una ciudad de la que es mejor que obviemos el nombre, por no mezclar a la familia en asuntos tan turbios. Nina, cuyos malestines de dinero y agua eran conocidos en todos los entornos, tenía una fijación dolorosa con el escritor ahora, profesor, maestro, qué sé yo, antes, y era capaz de recordar cada una de las palabras escritas en sus libros, pronunciadas en sus discursos y creía que le pertenecía, que sus dedos podían, y debían escribir sólo para ella, y ver otras mujeres a las que él les dedicaba libros, les dedicaba palabras era doloroso, imposible de comprender, aunque la guardaespaldas, Pam, se lo hubiese intentado explicar miles de veces, de ahí su ruptura. Nada ni nadie podía convencerla: Nina tenía claro que el último autógrafo debía ser para ella, y nada ni nadie lo impediría; el plan era sencillo, ella iría a una firma de autógrafos del autor del que tantas palabras le habían emocionado, esperaría a que le firmara y después, lo mataría. Nada más, y nada menos. Pero había un pequeño obstáculo, Pam, la guardaespaldas, de tanque rosa y verde humanidad; sabía que tenía que hacerla desaparecer así que no se le ocurrió nada mejor que pagar a algunos de sus amigos para que, ese día, se encontraran en problema y, si algo calaba a Pam, era la gente en apuros. Todo estaba preparado para el día D, de domingo en el Corte Inglés y firmas en la sección libros. Al ver a Nina, el escritor, sin saber por qué, sintió un escalofrío, pero no era preocupante, su guardaespaldas estaba allí. Sin embargo, se equivocaba: Pam y su tanque rosa estaban salvando a personas en apuros, en un pequeño incendio que parecía devorar sus casas, acabar con sus vidas, al otro lado de la ciudad. Pam tuvo una intuición: había salvado a personas en apuros pero algo iba mal, y ella lo sabía; su escritor, su mentor, su amigo, algo sucedía y, aunque tardó poco en llegar con su tanque rosa, todo había acabado. Sobre el suelo, manchado de sangre y libros, de poesía, tragedia, y palabras, yacía el cuerpo sin vida de su escritor, mentor, profesor, amigo. Su intuición se lo advertía: Nina, había sido Nina, y tardó poco en tenerlo claro, fue hablar con la policía y escuchar el retrato robot de la asesina, el último libro que su escritor, mentor, amigo, había firmado. Nadie, claro, podía saber cuál había sido la dedicatoria pero sí a quién, y el nombre golpeaba el pecho colérico de Pam: Nina, Nina, Nina. Ahora, con el dolor en las manos, el sudor en las rodillas, sólo una idea le rondaba: había que vengar a su mentor, amigo, profesor. Y la idea estaba clara: a pesar del dolor, a pesar de la intensa amistad que alguna vez los había unido, tenía que acabar, ojo por ojo y el mundo quedará ciego, con la vida de la que una vez fue su mejor amiga, Nina.

jueves, 27 de noviembre de 2008

A veces Marta

Apetecen días de sol, un poco de verano, días de playa, paseos, alegría, un poco de calorcito que nos llegue a los dedos y nos haga sentir más vivos; apatece un poco menos de soledad, noches de baile de salón y conocer amigos, conocer a otra gente, siempre un placer, el placer de sumergirse en orillas desconocidas que acaban por formar parte de unos pies que dejan huella en las playas que pisamos, arena en los tobillas, arena en las rodillas: es el mar, el agua, que nos lleva de un sitio a otro, de Moguer a Córdoba, de Córdoba a Sevilla, geografía sentimental de un sur que tantas veces nos ha dado un poquito de calor, y tanta tanta vida. Apetece hablar con amigos, hablar con gente que hemos conocido hace poco pero podríamos decir, casi, ya está, sí, somos amigos, siempre es un placer, aunque sea sólo por decir hola, charlar un poco contigo. Apetece hablar de viajes, viajar si es preciso, vivir entre árboles disfrazados de verde y amarillo, si hoy es miércoles y toca claustro, y apetece estar en cualquier otro sitio. Apetece volver a casa, pasear por las calles, olvidadas en estas semanas, de Sevilla y dejar que Rodin me salude, que pensar sea arte y, si es posible, saber, Marta, que si alguna vez te apetece, te esperan algunas de las aceras por las que, hace tiempo, paseó Cervantes, para que te hablen de historias que son parte de una Historia que acabará por ser la tuya. Apetece tomar un café y hablar de lo dificil que es la soledad algunos días, de lo bien que sienta a veces, cuando estás a solas contigo mismo y no debes explicaciones a nadie, cuando sabes construir puentes y se dejan atrás tantas murallas; apetece tomar un café y salir al sol, coloreado de rojos nostálgicos que invitan a la calle, que invitan al alboroto, invitan a contemplar este fragmento del mundo que hacemos nuestro. Apetece estar en familia, pasar algún rato en el sofá que nos vio crecer, en las paredes que tanto saben de todos aquellos que alguna vez las han habitado. Apetece visitar la playa y dejar que el día nos serene, una mañana perfecta para saber que vivir está en los detalles, apetece encontrar un sitio, dejar que tus pies agoten su ritmo. Apetece, de cuando en cuando, un poco de tranquilidad, algunas palabras, un hola, cómo te va, hablemos, el tiempo es corto, me voy a lavar el coche, disfrutaré, aunque sea un poco, del solito.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Chungómetro II

Alguien dijo: hicimos una entrevista basura y los resultados fueron claros: la gente quiere mierda. Y así seguimos. Telecinco prohíbe a la Sexta emitir imágenes de Telecinco y poco hay que decir: menos basura en las pupilas. Telecinco prohíbe a Antena 3 emitir imágenes de Telecinco y poco hay que decir: menos basura en las pupilas; podría ser escasa si Antena 3 prohibiera emitir imágenes a Telecinco de Antena 3. Sin embargo, no todo ha de llegar, no, lamentablemente, hasta que Telecinco, es un ejemplo, prohíba a Telecinco emitir imágenes de Telecinco. Y seremos, televisivamente hablando, más inteligentes, más tranquilos, más felices.

martes, 25 de noviembre de 2008

Un poco de frío

Abres una ventana al mundo y tus pies, descalzos, palpan el frío de todas las raíces de tierra que se sumergen en tu camino; es el frío, casi diciembre, el que llega a tus rodillas y hace que pisar las calles duela a veces. Casi diciembre es el frío, y la noche, que llega antes a estas horas, en estos últimos días de noviembre, hace que te duelan un poco los ojos, te cale el sueño y recuerdes la nieve de diciembre que, alguna vez, viste en Alemania, nunca aquí. Casi diciembre, y estás solo, otra vez, pero no importa, ya sabes que un poco de tristeza nunca viene mal al corazón. Casi es diciembre y hubo un tiempo de verano en que no estabas solo y era Florencia; había candados, candados que juraban amor eterno pero no hay piel que pueda escribirse en ciertas historias, mejor, mejor la libertad de pensarnos, de estar, bajo la lluvia, cinco minutos; bajo el sol, diez; bajo el frío quieto de un noviembre que se acerca a las orillas de un diciembre en que todo amenaza tranquilidad, descanso y pocas batallas, un diciembre de nostalgias varias y escasos exilios, toda una tarde, toda una vida. La ventana al mundo seguirá abierta, habrá, todavía y será diciembre, un poco de tristeza en el corazón, pero todo será distinto.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Miedo VI

En el principio fue Franco y después, mucho después, llegó la esperanza, Esperanza de día, Fraga de noche; mucho más tarde vino un trozo de tierra, una, grande y libre, plena de libertad en las manos de O' Bush, el Justiciero, y algún perrito faldero, déjame lamer todos tus mísiles, Ánsar, el tiempo ha cambiado, el mundo es más sombrío ahora que los buenos van cayendo y los progres, de rancio corazón, rancio abolengo, dejan que el lado oscuro, azores mediante, acabe por conquistar el mundo. No queda esperanza, Esperanza de día, Fraga de noche; no queda esperanza ahora que ha sido privatizada y la llaman, la llaman sólo, claro, si tienes dinero para marcar algunos números y enviar un sms, gaviotas mediante; la llaman democracia si pagas por tu educación, y dejas monedas en el hospital que te aloja, monedas de dos caras donde la una es la Esperanza y otra el Fraga, Esperanza de día, Fraga de noche.

viernes, 21 de noviembre de 2008

En casa

Dejo descansar mis dedos sobre tus pechos ya desnudos, tranquilamente, ahora que vuelvo a casa y cuanto deseo es perderme en tus sábanas. Y jugamos a que te busco en cada rincón olvidado de esta semana, en alguna llamada perdida que no supe contestar y ahora no es más que el rumor de los días que mis labios han estado sin ti y se han sentido torpes a la hora de hablar, aunque fuera sólo para decir buenos días; y jugamos a que vuelvo a perderme en tus ojos, ahora que los veo desnudos en mi cama, ebrios del tiempo en que no nos hemos encontrado, perdidos cada uno en las ventanas de unas ciudades desde la que nos mirábamos sin contemplarnos. Y jugamos a que mis piernas caminan por tus muslos, ahora que nuestros pasos han vuelto a pisar los mismos charcos y es la misma el agua que cala nuestras bocas. Y jugamos a que, por fin, es viernes y volver a casa significa dejar atrás todas los fríos, ahora que sé de ti tu habitación y nuestra cama, ahora que el cansancio queda en la azotea, ahora que sabes de mi la habitación y nuestras ganas; ahora que dejo que mis dedos te descansen sobre tus pechos, desnudos ya, felices en mis manos ahora que se acerca, bueno es dormir juntos alguna vez, ahora que se acerca el alba.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Tres colores V

Vivimos en un patético fragmento de tierra en la que mirar hacia los lados es aceptable pero mirar hacia atrás parece un crimen contra natura, por si escarbamos sobre la tierra y encontramos los cadáveres de muchos de aquellos que lucharon por hacer de éste un lugar mejor. Y mirar hacia los lados es comprobar que el mal existe, que los niños pueden ser arrebatados a sus legítimas madres y que el dolor se incuba en todos los rincones; que el mal existe pero nunca nunca, nunca jamás, en este patético fragmento de tierra en el que cerrar los ojos es no abrir heridas y no abrir heridas es arrebatarles a los muertos la posibilidad de una voz por la que dieron la vida, que, lamentablemente, nunca llegaron a tener. Una voz callada que, algún día, debería hacernos saber que todo aquel que olvida su pasado no está más que condenado a repetirlo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Costumbres

Hay días en que no sabes ni dónde estás, si la luna que alcanza tus dedos es el sol de las mañanas anteriores en que despertaste en la cama de una ciudad diferente y el calor dejaba paso a un frío que calaba tus dedos hasta que sólo sabían de ti que les era imposible conocerte. Y miras alguna calle, alguna ventana, por ver si te saluda alguna cara amiga pero no sabes si has tenido suerte porque las ventanas se han convertido en las puertas de una casa de la que no tienes las llaves. Y, para no volverte loco, decides que no existe costumbre mejor que la de visitar un cuerpo que es el mismo desde lo viste por primera vez, el cuerpo desnudo de una sombra a la que llamas amor cuando no tienes ni idea de dónde puede encontrarse todo lo demás. Amor, te dice, y se te dibujan en el pelo palabras de cariño que te ayudan a caminar por las líneas de unos muslos en los que vivir siempre en calma.

martes, 18 de noviembre de 2008

Momentos Nina

- Hola, chica, ¿qué tal va todo?
- Hola, ex-maestro, aquí estamos. Todo bien. ¿Y tú?

- Bien. Hoy en Córdoba, mañana en Huelva. Pero no puedo quejarme, hago lo que me gusta y, a veces, incluso me escuchan.
- ¿Y de autoridad, maestro? Ya sabes que tienes que gritar; no se puede ser un inmaduro toda la vida. Tienes que madurar, ¿no? Tener más autoridad sobre los alumnos, ser más duro, gritarles. Todo eso, maestro.
- Lo intento, lo intento, y, hey, cada vez, lo consigo más aunque, a lo mejor tienes razón, me queda mucho.
- Claro, maestro. Pero tú, no te preocupes, sigues mis consejos, y llegarás lejos.
- Bueno, y ahora que estáis casi de vacaciones, bien, ¿no? Ya, por fin, habéis terminado los exámenes, ¿no?
- Maestro, por favor, ya sabes que un estudiante nunca termina de hacer exámenes.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Tardes en otra ciudad

Una noche más, una cama diferente; una noche más, una ciudad distinta. Tardes de una vida en completo desarraigo: la vida prometida por quienes hace tiempo viven en una casa que abren cada día. Haz turismo, te dicen, haz turismo educando a un país.

domingo, 16 de noviembre de 2008

En flor

Abres tu cuerpo en flor para que se enreden en ti todas mis raíces y hacemos del pequeño fragmento de tierra en que somos uno un manantial de árboles en el que ahogar todos nuestros gemidos.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Vida en Tuscanohattan II

Para Robu, Cris e Ida, la mia sorellina

Pasear por la luz de Sevilla, sorellina, sabes que siempre es un placer, y así lo hice este jueves recordando mis tiempos como profesor de español para extranjeros; allí estaban la Giralda y el centro, ya peatonal, por el que tantas veces caminamos juntos mientras me preguntabas cosas de una gramática española que yo recordé tantas veces gracias a gente como tú. El sol del sur, te digo, ahora que Robu me ha contado que está lloviendo en Roma y yo tengo unas ganas increíbles de ver la ciudad, de verte otra vez y contemplar tu sonrisa. El mundo, me dijiste alguna vez, el mundo es pequeño, más pequeño nosotros y ya sé que todavía no toca visitarte, que me enseñes los bares de Roma con música de los años sesenta y ropa de la misma década donde eres feliz sintiéndote ingenua, como lo eres siempre que vuelves al sur, tu casa y la mía. Pero ahora ambos estamos en casas que no son las nuestras y la mía no tiene nada que, por ahora, me pertenezca aunque, claro, te imagino en Roma, con una casa con poca luz y mucha vida, me dijiste hace algún tiempo y dos amigas, dos hermanas, con ellas la ciudad es más serena, el barrio es más tranquilo. Y contemplo tu pared, llena de palabras que yo te he escrito muchas veces y otras personas también, tal vez la bandera de España y alguna foto de la ciudad, Sevilla, a pesar del daño, a pesar de las tristezas en la que tanto creciste, que miras, de cuando en cuando con nostalgia, mientras piensa, me gustaría volver pronto, ver a mi hermanito, me encantaría, es una de esas personas, me encantaría verla cada día y te sientas entonces a tomarte algo con tus amigas, con tus hermanas, pero la mesa del salón está desordenada y Robu, ay, Robu, alguna vez debemos quitar los vasos aunque no esté en los papeles, y camináis hacia la habitación de Robu, cabecita loca, un tanto desordenada, ya sabes, es el mundo en el que vive, para desesperación de Cris, toda organización, toda orden, el mundo sólo puede existir así, en calma, y hablemos otra vez de las cosas que nos hacen felices, del arte que tanto hemos acariciado, del arte que ha serenado nuestras almas y calmado nuestros ojos, de los cuadros que hay en nuestras habitaciones y nos ayudan a comprender que la belleza existe si sabemos mirar, si imaginanos a quienes lo han creado. Y hay días en Tuscanohattan que es necesario escuchar la voz de Carmen Consoli por si ésta os puede traer la voz de las olas que os cuentan historias de los amigos, de la familia; y hay días en que Robu escucha, cuando necesita un poco de ternura, a Max Gazzé por recordar que el amor existe y es otra cosa, una llamada de teléfono que sí es correspondida, una hora de café en la que dos hablan y ninguno calla, es otra cosa. Y ya te lo dije, sorellina, aunque en Roma llueva hace un sol espléndido en Sevilla pero no creo que importe mucho, espero, al calor de unas copas de vino con las que brindan, ya lo sabes, por el placer de haberos conocido.

viernes, 14 de noviembre de 2008

La vida como caos III

Y ahora toca Priego, un pueblo, dicen, precioso, de Córdoba, un gran aceite y mejores tostadas; otros alumnos, otros libros y diferentes ideas. El sur que nos ha tocado vivir y la sensación de que, como Paloma te recuerda algunas veces, lo importante sigue siendo dejar huella, hacer que la pequeña parte del mundo en la que te tocará vivir por quién sabe cuánto tiempo sea un poco mejor, un poco más pura. Es MIles Davis el que te susurra fragmentos de una belleza inusitada al oído ahora que recuerdas todo lo que se ha ido. Y recuerdas, ya con nostalgia, sin casi haberlo vivido, parte de un tiempo que parece destinado a ser una tarde de sábado sobre fondo gris que se ha perdido a aquellos que han compartido su vida con la tuya durante un mes en Moguer, ahora que te has despedido sin ni siquiera, otro tiempo vendrá distinto a éste, haber visitado la casa museo de Juan Ramón Jiménez y triste, a la par que alegre, quién sabe, al haber cambiado playa por montaña. Sólo son lugares pero formarán parte de ti. Y piensas en la larga noche del miércoles en que fue difícil dormir, escribiendo una carta de despedida para cada uno de tus estudiantes, palabras que te fueron sumiendo en la melancolía y que hicieron que esa noche fuese muy larga, y sin sueño. El jueves tocó, otra vez, este año, despedida, un hasta luego, no sé cuándo volveré pero, no lo dudéis, volveré a veros ahora que he dejado gente a la que adoro en otras calles, en aceras que nunca antes había visitado, ahora que sé que hay tutoras a las que escucharía, obnibulado, durante horas sólo por darle la razón, por escuchar cómo te dice, te echaré de menos, hola; ahora que sé que hay alumnas que podrían dar clase sin maestro; ahora que sé que hay alumnas de trece años de madurez extraordinaria, mayor sabiduría; ahora que sé, como siempre, que volveré a visitarlos; ahora que sé que todos, incluso los peores, sobre todo los peores, merecen un poco de esperanza, un poco de crédito, creer, como alguien creyó en ti y te hizo saber que podrías ser un buen maestro. Es duro, sobre todo, decir adiós cuando ni siquiera has podido decir, hola, me habría gustado llevaros de viaje, Mérida estaba tan cerca, se lo merecían, os lo merecéis, espero que alguien os lleve y saberlo, saber de vosotros, cómo habéis crecido, seguís igual, yo he envejecido. Pero no hay tiempo ni para derramar una lágrima tampoco ahora que se acerca el lunes y me esperan otras batallas, otras carpetas, otros niños, ahora que Moguer, también Moguer, forma ya parte inequívoca, Francisco Garfias mediante, de mis dedos, de unos dedos que escriben líneas de un caos maravilloso al que sólo podemos conocer como vida. El caos como vida, la vida como caos.

jueves, 13 de noviembre de 2008

What a wonderful world

Ha llegado, hace escasas horas, una patera con 45 inmigrantes a Tenerife como podría haber llegado a otros lugares, a tantos otros; como podría haber llegado algún muerto con ellos, porque ya han llegado y, probablemente, seguirán llegando. El precio de llegar al mejor de los mundos posibles. Un mundo en el que todos los mercaderes que han hundido un sistema económico que convierte a niños en meros consumidores pretenden, pronto, y, además, se enorgullecen de ello, salvar un sistema que han hundido, un sistema que ha hecho naufragar a tanta otra gente. Un sistema que convierte a niños en meros consumidores sin ofrecer nada a cambio y con el que pretendemos, luego, que nuestros adolescentes sean responsables, maduros y, además, buenos estudiantes, nada más, nada más y nada menos. Un mundo de mercaderes que sólo deja frustraciones en todos aquellos que, alguna vez, soñaron con un empleo digno y una vida mejor. Pronto seremos salvados, y el mundo no será más que lo era, nada más, nada más y nada menos, un lugar donde los pobres podrán ser más pobres y los ricos serán más ricos. Siempre será así. Y, a este lado del mundo, al menos, quejarse, aunque valga para poco, es posible. Aunque en esta parte sucedan otras cosas y haya chicas de pequeño cuerpo y gran corazón que lloran a las dos de la noche porque todo parece estar hecho pedazos; y hay parejas que esperen un hijo, aunque a veces tengan miedo al contemplar el mundo, que no la vida, en la que él tendrán que vivir, pero también hay hilos de esperanza, raíces de ternura, gestos únicos e irrepetibles que hacen de alguna calle un lugar mejor y logran que caminar contenga alguna esperanza. Es el mundo, y sigue girando. Y hay pequeños papeles llenos de palabras que sirven para alegrarnos el día aunque estén llenos de faltas de ortografía. Toca, otra vez, este año, cambiar de hábitos, de sitio, cambiar de registro, también de libros, otra vez, en estos días y no saber dónde; es mi vida, nada más, y, sencillamente, en días como éstos importa poco, pero sería bueno, al menos, de cuando en cuando, dormir algunos días en una cama que me conoce bien desde hace años: Es una vida, nada más, aunque en un día como éste no importe demasiado y la huella de la gente que, irremediablemente, te ha rozado durante un mes y algo, poco tiempo para llegar a algún lugar, empiece ya, otra vez, en otro sitio, a perderse, como si nunca hubiera existido. Como si todas las cosas que alguna vez formaron parte de nosotros no sean más que el preludio de una derrota que acabará por llevarnos a una ciudad de la que es posible que no lleguemos a conocer ni su nombre.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

I´m on fire IV

Si tú quisieras y yo me dejara, qué felices serían nuestros cuerpos y, a lo mejor, incluso aunque no importe demasiado, tal vez nuestras almas.

martes, 11 de noviembre de 2008

De paso

Como el mar, acaricias todas las tierras hasta no pertenecer a ninguna.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Canción de cuna para Antonella

Tanti auguri, Antonella

No llores más, bella bellísima criatura, ahora que la noche llega y te encuentras sola, la vida es difícil y sólo las estrellas parecen decirte hola. Es larga la noche y otro el país en que tus huellas están, otras las calles que te verán caminar, pronto, como siempre, a punto de bailar sobre los charcos, a punto de cantar bajo la lluvia. Es la vida, ya sabes, y es duro cumplir años en soledad, en otro mundo, desconocido todavía pero, ya sabes, tú esperas a la vida y la vida te espera a ti. Deja que las raíces de tus dedos sean parte de una ciudad que pronto te contemplará con envida. No llores, llores más, bella bellísima criatura, vendrán más días y serán tu sur, un regalo apetecible que saborearás con placer, tiempo de ternuras, lo sabes, y el mundo será otro, otras las ventanas, con sol las aceras. Y yo, y yo, te veré danzar, bajo el sol, bajo la luna, como tantos otros; te veré danzar bajo todas las olas de una playa a la que dejaremos que nos cuente lo que quiera. Las olas de un mar que te ayudarán a escuchar palabras calladas que te arrullarán, palabras quietas que te ayudarán a saber que todo te espera, porque lo has aprendido tantas veces, en la próxima calle, en la próxima puerta. Las olas de un mar que trae rosas a la orilla y llena de colores los rincones de la ciudad de tus días; traen, del lado del mundo donde viven tus amigos, sus risas, sus voces, sus quejidos. No llores más, bella bellísima criatura, y deja que el mar te hable de cosas que te harán dormir en los brazos de un tiempo que será más plácido, que te hará dormir con la sonrisa ingenua que te hace ser más joven de lo que eres, te hace ser la hada ingenua que da ternura a las sábanas de la casa en la que duermes cada noche, con la que despiertas a la mañana cada día.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Chanclas perdidas

Para Ana Belén, Pilar, Paloma, La zona Village People de Sierra Sur, María Luisa y Cristina (siempre), para Sandra, los de la pancarta, y tantos tantos otros de Sierra Sur con los que yo he aprendido a ser mejor

Volver al instituto en el que has dado clase hasta hace tan poco tiempo siempre te revitaliza, te hace saber por qué te encanta tu profesión y esperas no dejarla en mucho tiempo. Aunque vayas a visitar a tus primeros estudiantes un día en el que tú no tienes clase y te has levantado a horas muy tempranas de la mañana. Ellos, y ellas, claro, merecen el esfuerzo. Y es bueno que te saluden apenas has entrado en el instituto y te recuerden que por fin has venido, maestro, qué vergüenza no visitarnos la primera vez, te vio todo el instituto menos nosotros, qué vergüenza; oye, sabéis que lo siento de veras. Bueno, maestro, no tenemos clase, así que nos tienes que abrir; no, no puedo, ya no soy vuestro profesor y no estoy de guardia, recordad que sólo vengo, nada más, y nada menos, a visitaros; vale, maestro, pero yo sí tengo que subir contigo, pídele las llaves a alguien porque se me ha olvidado recoger algo importante de la maleta, pero, bueno, venga, qué le vamos a hacer, hey, pero, qué hacéis todos conmigo, sólo debía subir David, dónde vais, por favor, no me van a dejar entrar aquí nunca más; no te preocupes, Pepe Manolo, que haremos poco ruido, pero ahora tienes que salirte un minuto, sólo un minuto por favor y, volver a entrar, sorpresa, te hemos escrito esto, David, la idea ha sido tuya, ¿a qué sí?, no de todos; pero tú sabes que la idea ha sido de David aunque sea todo, de todos, un detalle, y habrían llegado las lágrimas si no te lo hubiesen contado. Maestro, y ahora tienes que entrar con nosotros a clase, o después, después a Lengua; bueno, pero, por favor, recordad que tengo que saludar a más gente; si no, me matan, y escucharé, por enésima vez, encantado, eso sí, por qué a nosotras no, pero sí, después tengo que veros, lo prometo. Y es un placer volver a estar, relajado esta vez, en pasillos que tanto te hicieron sufrir al principio, poco después, intentar saludar a alguno de los que conoces aunque escuches, no, Cristina, todavía no ha llegado; María Luisa estar en clase, y ver un montón de caras nuevas, el claustro ha cambiado y salir al pasillo, mejor salimos fuera, estamos molestando, hola, Ana, hola, Paloma, qué pena me dio no haberos saludado, me alegra veros, imagino que sigues con ese pavo; también al aire libre, ¿no tenéis clase?, no, maestro, no tenemos clase, tienes que quedarte con nosotros, estás de guardia, sólo vengo a visitaros, qué más da, estoy de guardia; hola, Alberto, bonito pendiente, dónde has dejado a los otros Village People; hola, José Manuel, te noto cambiado, no sé, más delgado, pareces mejorado; no sé yo, será que me he peinado; hola, Pilar, qué tal esas notas, imagino que todo diez; más o menos, maestro, más o menos, aunque ahora tenemos a otro que lo sabe todo; Ana, no he olvidado tu cuaderno, a pesar de que, ya lo sabes, el pavo me distrae, y oiga hablar de cotillear en los pasillos, escuchar en las paredes y tanques rosas que parecen no llevar a ninguna parte. Maestro, te tienes que venir con nosotros a Francés, sí, seguro que Cristina te deja; y ahora nos hacemos una foto, venga, maestro, una foto, y después habla mucho con Cristina, que llegue tarde, venga. Ahora voy a desayunar, después os veo, no puedo perderme esos churros con chocolate, y descansar un poco, tanta emoción sosegada, tanta nostalgia tranquila, volver al instituto, volver a clase; no, maestro, tienes que entrar en Francés, con nosotros; después, os lo digo, les prometí que iría con ellos a Lengua; a la media hora estaré en Francés, sí, es cierto; hola, Mari Carmen, me alegra saber qu e este año estás con Elena; hola, maestro, así que algunas dicen que eres un hombre sabio; para nada, Mari Carmen, sencillamente, nada más, algo enseño, mucho aprendo; tú y yo, los más cañoneros, los únicos que dejamos comentarios; hola, maestro, tengo la foto que me regalaste en la pared; hola, Sandra, recuerda lo que dice; sí, maestro estoy estudiando. Y es bueno entrar en clase y saber que siguen siendo una clase maravillosa, que escribe y escribe narraciones, alguna sobre el encuentro, espero leerlas, y toca francés, que ni siquiera sé cómo era. Italiano sí, olvidé francés. José Manuel, dice Cristina, estudiaste francés, sí, pero no recuerdo nada; mal, mal estudiante, un poco, tal vez, al escucharlos, pero poco, casi nada. Maestro, siéntate aquí; no, Tania, que seguro que discutimos; no, maestro, seguro que no; ¿ves?, ya estamos discutiendo; y prestad atención que yo lo estoy haciendo; por favor, un poco de silencio; hola, Agustín, tan callado como siempre; hola, Macarena, serías de las mejores si quisieras; es posible, maestro, pero no lo digas mucho, para que no me riñan. Y, ahora, toca Física, que no química, y estás allí, callado, con José Manuel, su profe, pero es imposible, no hay quien los entienda y entonces sabes que, muchas veces, estar allí sentado, intentando comprender cosas que te suenan a chino, es difícil y esperas que ellos tengan su recompensa, eso esperas. Y José Manuel les dice, y tú escuchas, aquí mejor no digo nada, que, por lo que veo, se lo contáis casi todo, y escuchas a Belén: yo, todo, maestro, yo se lo cuento todo; José Manuel, no te preocupes, lo hacen porque yo soy tan inmaduro como ellos, no tiene otro secreto. Y es agradable obervarlos desde cerca, desde el otro rincón del mundo: Pilar, callada y con su calculadora a cuestas; Ana, escribiendo y escribiendo y escribiendo; Paloma, escuchando, observando y escribiendo; Marta, risueña, como siempre, si ha acertado. Y no dejas de pensar, a pesar de haberlos, de haberlas enseñado, cuánto has aprendido, cuánto he aprendido de ellos. Y con una sonrisa agridulce en la cara, llega el momento de irse, piensas cuánto he crecido gracias a ellos, hay días que merecen la pena. Y queda como pequeño tesoro personal la chancla perdida que encontré poco después para caminar otra vez en una profesión que, a pesar de los pesares, me fascina como pocas.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Deja que tus dedos descansen

Deja que esta noche tus dedos descansen en mis labios. Ha sido un día que no parecía tener fin aunque todo haya terminado. He visitado paredes en la que he estado viviendo meses y he deseado no salir de ellas en mucho tiempo pero es imposible; la vida sigue y crecer es necesario. Me habría gustado volver a tener quince años un momento, un instante solo, y sentir que el protagonismo pertenece a otros, que yo no soy más que alguien que escucha pero parece imposible, demasiado lejos ya. Puedo reírme, relajarme toda una mañana pero sé que me esperan, otra vez, días en que el único responsable soy yo y el cansancio acecha. La vida, ya se sabe, cambia tanto cuando menos lo esperamos; la vida pasa, mientras pensamos en la vida. Y hay pancartas que se escriben y dan sentido a un trabajo, a un día, a un cansancio, a un viaje. Miles de saludos que ya ni siquiera recuerdas. Y he hablado, después de meses, de todo el cine clásico en que mis ojos han crecido, de todos los diálogos en que mis palabras han aprendido a refugiarse. Es la vida, me digo, pero hay momentos del día en que estoy casi dormido y caer en la cama parece la solución más acertada. Y echo de menos rutinas como la de saber que si yo digo déjame que lo piense alguien me diga no; y echo de menos saber que no, no se dice Puenti, se dice Tuenti; y echo de menos la chancla perdida que ni siquiera recordaba; y echo de menos saber que hay gente a la que el pavo no la distrae y no tengo nada que contarles. El mundo, mi pequeño rincón del mundo cambia, cambiará otra vez en días y no sé dónde estaré, no sé que pequeño rincón del sur me alojará en semanas. Otra vez de viaje, otra vez intentado dejar huella en lugares en los que no me da tiempo, ni siquiera, a saber que he pisado, otra vez la promesa incierta de no saber la parte del mundo que me rodeará en un rato. Otra vez echaré de menos un primer año y tantas certezas, saber que la gente crece y tú también y comprender que Heidi llegará tarde, otra ve, aunque no importe, y saber que no nos veremos donde habíamos supuesto. Es sólo que estoy cansado, el día ha sido largo y no hay mejor horizonte, otra vez, esta noche, que el de tu boca diciendo que todo será mejor, que hay tardes que te hacen saber que has dejado huella, aunque sea pequeña y que tus dedos se acercan a mí para pedirme silencio, para decirme que estar aquí, a mi lado, basta, es suficiente y el mundo sólo somos, esta noche, nosotros dos. Sólo nosotros.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Un hecho aislado

Para Lourdes

Hace falta un pueblo para educar a un niño.

Proverbio africano

Aunque Laura Mallén lleva más de doce años dando clases, últimamente, un trabajo que disfrutaba en años anteriores, se ha convertido en un hecho monótono. Un hecho monótono al que ayuda que estudiantes de catorce años te ignoren la mayoría de las ocasiones, si no acaban, así son los tiempos que le ha tocado vivir, siempre lo piensa, por faltarte al respeto, aunque sean poco los estudiantes. Unos estudiantes que ya no tienen como base de la educación a sus profesores, esos seres extraños que dedican la mayor parte de su vida a ser ignorados, cuando no vilipendiados, y, a veces, ni siquiera, por mucho que estos lo intenten, a sus padres. Unos padres que trabajan, así es el tiempo en que viven, por apenas 600 euros, durante horas, y más horas, para vivir, sobrevivir, suelen decir, y que la vida de sus hijos sea mejor que los suyas, unos padres que llegan cansados a casa, charlan, de cuando en cuando, con sus hijos y, si el cansancio les puede, dejan que, tranquilamente, vean la televisión. Una televisión que suele insultar la inteligencia de cuantos acuden al mando a distancia, convertida ya en el elemento principal de unos niños que se acercan a ella buscando los espejos necesarios en los que mirarse para madurar, unos espejos deformados que sólo reflejan imágenes irreales, un mundo de ficción en el que no parece existir sitios para seres reales como Laura Mallén.

Una Laura Mallén que hoy, como en estos últimos meses, llega a su trabajo con poca ilusión, con la esperanza, leve de que, por una vez, le escuchen y, es más, sea capaz de ganarse un respeto tristemente perdido. Perdido hoy entre niños de trece años que sólo escuchan a sus compañeros, se envían, el aburrimiento manda, mensajes de móvil para no decir nada, que pueden decir a qué no le tiras el estuche a esta tía, no eres capaz, estamos seguros. Seguros de que, al final, lo habrán convencido y el estuche volará por los aires, ahora que todos charlan entre sí y Laura, inútilmente, trata de conseguir que todos se mantengan, de una vez por todas, se está dejando la voz, también la paciencia, en silencio. Un silencio incómodo para Laura, que pide a unos y otras que se callen de una vez, que sepan estar en clase, una clase no es el parque, les dice, una clase exige una atención, pero los alumnos siguen con sus juegos, no prestan ninguna, pasan por completo de toda explicación que viene de los labios de una mujer que es demasiado vieja ya, a sus 39 años, para saber qué es la vida y sus placeres. Unos placeres que han conocido algunos de ellos a tan corta edad, placeres que hacen que la vida les parezca ya un asco a los veinte años, y hace que todo sea ahora, después, y antes, un completo aburrimiento. Un aburrimiento en el que se ven inmersos unos niños de trece años que han dado con las palabras exactas para que uno de ellos arroje un estuche y golpee la espalda de una profesora que intenta no sumirse en la más absoluta impotencia. Una impotencia que lleva a Laura Mallén a estar en clase, ahora que el estuche ha golpeado su hombro, en absoluto silencio hasta que le pide a uno de los niños que en clase se comportan bien que se acerque a Jefatura, para que se acerque el jefe de estudios. Un jefe de estudios que no puede prestar atención a ese niño ya que anda enfrascado en una discusión terrible con un padre que le repite, una y otra vez, que su hijo, en su casa, es buenísimo y que no puede creer ninguna de las cosas que le dice, es imposible, imposible, seguro que el profesor le tiene manía, pero no es sólo un profesor, es todo aquel que le da clase y sabe de las pillerías de su hijo, que tiene que irse una semana expulsado, tras insultar a una profesora. Una profesora, como Laura Mallén, que espera en vano que el jefe de estudios, el director, quién sabe, alguien, quien sea, se acerque a clase y ella puede salir, pero no hay suerte, y ya han pasado cinco minutos, en los que la impotencia le ha ido pudiendo, el silencio se ha hecho más incómodo y todavía no ha aparecido nadie. Nadie ha encontrado el chico en Jefatura, inmersos como estaban en discusiones padre, profesor, jefe de estudios, así que Alberto se ha acercado a la sala de profesores por saber si algún maestro puede subir a su clase, la maestra quiere que suba, por favor, alguien, ahora mismo. Ahora mismo son ya diez minutos tarde y el profesor que sube con Alberto tiene más de quince años de experiencia y sabe hacerse respetar, y Laura, en cuanto llega, puede bajar, perderse en una clase vacía y deshacerse en lágrimas. Las lágrimas de una impotencia que alcanza a los profesores que, poco a poco, van sabiendo qué ha pasado en la clase de Laura Mallén, unas lágrimas que unos y otros convierten en furia, pena, tristeza, incredulidad. Una incredulidad que también afecta al director, que no puede creerse lo que le acaban de contar, sube inmediatamente a la clase y le dice al estudiante que ha alcanzado a Laura Mallén que tienen que hablar, es urgente, tus padres están en casa, tenemos que hablar con ellos, te vas expulsado un mes, está claro, pero, no, los padres no están en casa, y el móvil, malditos móviles, está apagado o fuera de cobertura, así que sólo puede dejarles un mensaje de voz, sólo mientras le dicen al chico, quédate en esta clase, ahora hablamos, su hijo le ha tirado un estuche a la profesora, es muy importante, vengan cuanto antes. Cuanto antes es una hora más tarde, una vez que el padre ha escuchado el mensaje de voz en su móvil, ha recogido a su mujer, parece grave, y se ha presentado en el instituto. Un instituto sobrecogido por las malas nuevas, que ya comparten, de forma muy diferente, alumnos y profesores, aunque no haya sido, ni mucho menos, la primera agresión de este año. Un año en el que al profesor de Matemáticas le han pegado un chicle en la espalda, en el que a la profesora de Música la han insultado en numerosas ocasiones, en el que a la profesora de Lengua y Literatura le han puesto un pájaro muerto en la mesa, y tantas otras cosas, que hace que los profesores estén pensando, en voz alta, que nadie ha sabido parar toda esta vorágine. Una vorágine que ha culminado en la agresión a una profesora que llegó a amar su trabajo, en el nerviosismo de unos profesores que empiezan a estar cansados de todo lo que les rodea, y en la desesperación de unos padres que ya no saben, de veras, no tenemos ni idea, qué hacer con su hijo, nos gustaría hablar con la profesora, pedirle disculpas, de verdad, nuestras más sinceras disculpas. Unas disculpas que no quiere, de ninguna forma, Laura Mallén, que le dice, un poco más tranquila, entre lágrimas todavía, al jefe de estudios, no quiero hablar con ellos, no quiero hablar con él, no quiero verlo más en mi clase. Una clase que ha agotado a cuanto profesor ha intentando enseñarle lo más mínimo, una clase a la que, piensan la mayoría de los profesores, nadie ha sabido poner freno, y así nos va, con tanta permisividad una permisividad que no van a contemplar esta vez los profesores, hartos de soportar a esos alumnos. Unos alumnos, mamá, que me han dicho que lo hiciera, mamá, mira el móvil, yo sólo he hecho lo que me pedían, no tenía que haberlo hecho, vale, pero yo sólo he hecho lo que ellos querían, yo no quería, no lo haré nunca más, mamá, lo siento, lo siento, mira el móvil. Un móvil que ya tiene el jefe de estudios en sus manos, en el que puede leer, claramente, el niño tiene razón, aunque no lo haga menos culpable, a qué no eres capaz de tirarle algo a esta tía, mientras los profesores tratan de consolar, inútilmente, a una impotente Laura Mallén. Una Laura Mallén que no quiere hablar con el chico, que no quiere hablar con los padres, sólo quiere perderse, estar en casa, en su casa, decirle hola a su hija, escuchar, mami, te quiero, estás llorando, qué te pasa, ten un pañuelo de abrazos para tus lágrimas. Unas lágrimas que la hija convierte en sonrisa, una tristeza que ha ido calando, de una forma u otra, entre todos los profesores de un instituto que han convertido el regreso a casa en una sola conversación. Una conversación que habla de la pérdida de autoridad, del desgaste psicológico al que son sometidos, del poco compromiso de unos padres para los que sus niños nunca son culpables, nunca, jamás, de la desconfianza que ahora hay hacia ellos, de si realmente, en días como estos, vale la pena tanto sacrificio. Un sacrificio diario que han de soportar ante unos alumnos que ya no tienen más referente moral, dice alguno de los profesores, que el mundo de ficción en que se ha convertido la televisión. Una televisión que se ha acercado al instituto por conocer la clase de agresión que ha recibido la profesora, pero no ha habido violencia suficiente como para considerarla digna de aparecer, aunque sea sólo unos minutos, en cualquiera de sus programas. Unos programas que sí discuten ahora el nivel de agresividad de los adolescentes españoles, violencia, dice algún tertuliano que, probablemente, hayan aprendido en algún videojuego, en una sociedad que ya ha perdido, repite el tertuliano, todos los valores que nos convertían en mejores personas, presos de unos espejos totalmente deformados en los que mirarnos y encontrar unas imágenes distorsionadas. Unas imágenes distorsionadas en las que muchos niños pueden refugiarse, si los padres están cansados, han llegado tarde, mamá y papá trabajan, llegan tarde, están cansados, no hablan conmigo, un poco a veces, un poco, el trabajo nos quita tiempo, pero qué podemos hacer en tiempos como estos, en los que es tan difícil encontrar un buen trabajo. Un buen trabajo, pensaba Laura Mallén, pero ya no sabe, su hija se la está comiendo a besos, si creérselo, no sabe si seguir mintiéndose y decir, merece la pena, a pesar de todo, merece la pena. Una pena que le puede cuando lee algún que otro periódico, en la que su historia ha quedado reducida a unas pocas líneas, que afirman que ayer hubo una leve agresión a una profesora de Matemáticas en uno de tantos institutos del sur, y que habla del cansancio psicológico de otros tantos profesores. Unos profesores que leen también las declaraciones de la Consejera de Educación, bonita torre de cristal la suya, piensan, el mundo está en otra parte, afirman, que dicen, sólo es un pequeño problema, nada más, todo es tranquilidad en los institutos, todo es paz, este hecho es una excepción. Una excepción, lee Laura Mallén, sólo una excepción, un hecho aislado.

martes, 4 de noviembre de 2008

La vida como caos II

A veces, en estas frías mañanas de noviembre, alguna vez lo has repetido, a hablar, durante horas, a una pared y hay momentos en que ni siquiera ésta te escucha. Y haces del teléfono, ni Gila podría decirlo, tu mejor arma aunque la factura sea, acaso como la del año pasado, alta pero merezca la pena. Porque, incluso, en los días peores, hay momentos que compensan, instantes que llevar contigo durante mucho tiempo y hacen de la ternura un acicate para seguir luchando por todo aquello en lo que siempre has creído, aquello que todavía te lleva a levantarte cada día, aunque sea a muy tempranas horas de la mañana, sea el día corto y la noche larga y con frío. Basta un café con gente que estás empezando a conocer para comprender que son los pequeños detalles los que importan y los compañeros que, ya lo has dicho, que empiezan a formar parte del pequeño rincón del mundo en el que das clase en estos días, que dan fluidez a tantas cosas. Un desayuno y palabras de alegría esta mañana, un desayuno y, ah, José Manuel, perdona que te dé la espalda, pero hablamos de zapatos, de zapatos de plata, zapatos que me ayudan a sobrellevar la soledad, hacen que, alguna que otra noche, ocupe mi tiempo bailando salsa. Y escuchas, y hablas, hablas y escuchas, sería bueno, Daniel, acercarnos a Mérida, hacer el viaje con los niños hasta allí por escuchar otras cosas, por ver otros rincones, por saber de otros lugares. Y comprender que allí donde esté Daniel, éste hará todo lo posible por hacer de su pequeño rincón del mundo un lugar un poco mejor, un poco más habitable. Y hablas, y escuchas, escuchas, hablas, de blogs, de internet, de por qué nosotros no podemos llamar a nuestras madres, de libros que, Valentina, no nos gustan, la lectura debería ser otra cosa, otras las páginas, haremos de Internet otra herramienta, de nosotros, Manuela, un buen departamento, alguna lectura, si esto es Moguer, Juan Ramón obliga, aunque nosotros sólo seamos secundarios, meros oyentes de unos estudiantes que empiezan a entender que los poemas pueden ser, esperemos, parte de una vida, parte de una adolescencia, el viaje cronológico a través de unos versos que ya nos sabemos de memoria. Y tendrás entonces una tutora a la que contar las penas, porque hay gente que tiene luz, y escribe con colores en los dedos, y hace que reír sea más fácil entonces, y serás, si alguna vez ella lo desea, si alguna vez lo necesita, un tutor que escuche porque, ya sabe, una palabra de ánimo a tiempo compensa tanto silencio, tanto estruendo.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Libertad III

Hay tardes de domingo sin café y con poca compañía. Hay tardes de domingo, frías, en las que la única compañía parece el silencio, el silencio de unas estrellas apagadas en cuya luz nos perdemos. Hay tardes de domingo que nos sitúan ante un mundo en blanco, en blanco y negro, del que apenas sabemos más que el tiempo, el tiempo pasa en nuestras manos aunque nuestros dedos no escriban nada. Hay tardes de domingo que invitan a olvidarlo todo para hacer de ellas un inborrable recuerdo. Hay tardes de domingo, como ésta, como éste dos de noviembre, en que ser libre y estar solo podría parecer lo mismo y además lo es. Hay tardes de domingo que invitan a salir, a tomar un café con un amigo, tomar algún dulce con cualquier amiga, para después volver a casa y comprender que nadie nos espera, que nadie nos dice ternura alguna en una puerta, cerrada, que sólo abren nuestras llaves, que nos llevan a una cama en la que, como tantos otros días, sólo hay lugar para nuestro cuerpo, sólo hay hueco para nuestra sombra.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Kiko Veneno

Kiko Veneno son los pequeños rincones del sur que aparecen en sus letras. Es ese Lince Ramón cuya vida transcurre, libre, por las sombras cercanas a Matalascañas; es ese Lobo López, tragando saliva, por un amor que, como a todos, alguna vez, se le va, se le ha ido; es ese Joselito, de ojos brillantitos, que camina perdido por las calles de Chiclana, seres de ficción que hacen de sus canciones una geografía sentimental del sur, de este pequeño rincón del mundo que llamamos sur. Kiko Veneno es el hallazgo de la sabiduría popular en medio de unos versos que, por momentos, se acercan a juegos de palabras infantiles, para, instantes después, hacernos pensar en lo que acabamos de escuchar, hacernos ver que las mejores píldoras de sabiduría son las más sencillas, las más cercanas al pueblo, versos que dicen "las cosas que yo sé las sabe un tonto cualquiera". Kiko Veneno es la voz de las cosas sencillas, de los pequeños detalles, esos que, como casi todo el mundo sabe, son los que realmente importan; los pequeños relatos cotidianos convertidos en alegatos, que acaban por ser mucho más, un mundo lírico en el que un mechero blanco es mucho más y el acto más nimio, me siento en la cama, no es más que una declaración de intenciones en que la inspiración parece lejos, y cerca el caldito de tu cuerpo, un mundo lírico en el que, cuando uno coge una guitarra, ilumina las tardes tristes de noviembre de todos aquellos que lo escuchan, porque, como dice Sorel, esta canción, y tantas otras, son luminosas, y nos sirven para que nuestra vida sea un poco mejor, un poco más cálida, aunque nos estemos mudando. Kiko Veneno es la frase oculta, certera, sensible que llega a poesía, alejada de toda estrofa rimbombante y sensiblera. Arte en estado puro que nos dice que quien tiene miedo nunca se enamora. Kiko Veneno es la nostalgia de las rupturas sentimentales en que tantos, y tantas hemos sabido vernos, es la tristeza andaluza de saber que el corazón se nos va si dejan a nuestro lado personal bilonguis, cuando viene el camión de los helados y no queremos nada porque tenemos el congelador lleno de frases gastadas. El placer de esa verdadera poesía que lo acerca, irremediablemente, al flamenco y a letras que, en tan pocas líneas dicen tanto. Encontrar tu voz es lo difícil; luego sólo debes desnudarla. Kiko Veneno es la risa, y el llanto, reír y llorar; la tristeza infinita de decir adiós a tantas cosas que alguna vez fueron nuestras y de decir, sí, es dfícil, pero hay que seguir; enamorao de la vida, nos dice, aunque a veces duela. Kiko Veneno es la ironía de entender que sólo importan las cosas que deben importar; que el mundo es una cosa y la vida otra; es saber para qué quiero yo un trabajo fijo si contigo tengo yo bastante. Escucharlo con amigos en Alcalá es reír, es saber que la vida tiene momentos que merecen muy mucho la pena, es comprender que la belleza está en muchas partes si sabemos encontrarla; entender que tú me estás queriendo a mí un quince por ciento, con el coste de la vida lo nuestro se está quedando en nada, sabias palabras para tiempos de crisis como estos. Kiko Veneno es el concierto en Cádiz con amigos, el concierto en Alcalá y las risas posteriores, el concierto en el parque con la mia sorellina, todo un descubrimiento para ella. Si yo tuviera que definir el sur, sorellina, en palabras, serían las suyas, las de alguien que nos dice, siempre que queremos escucharlo, Heidi lo sabe, si tú no te das cuenta de lo que vale, el mundo es una tontería. Y en ello estamos: intentando descubrir que, a pesar de los pesares, nos gusta a todos, me gusta a mí, sentir la vida.