martes, 24 de febrero de 2009

Un helado y tú

Hablamos durante horas y pareció un momento apenas. Era el sur y el sol había llegado aunque hiciera un poco de frío, una ligera brisa. Me contabas tu vida y de ti algunas cosas y yo seguía en silencio, así que sólo pudiste decirme: pareces distraído y no supe defenderme. Acerté a decir, si no recuerdo mal, sólo estoy escuchándote, es tanto cuanto tienes que contar y yo no quiero saber más de mí que estoy aquí, sentado, ahora, y hemos quedado por el placer de comernos un helado y compartir unas palabras aunque la tarde se nos vaya en el intent. Acerté a decir, sólo estoy escuchándote y no mentía pero olvidé decirte algunas cosas. Que supe de ti en tu sonrisa y deseé de mis labios que en tu cuello descansaran aunque fuera un instante por olvidar el mundo y todo lo demás. Supe de mis manos en tus rizos mientras tu boca me hablaba de nieve en otros tiempos, de la frialdad de unas calles que te vieron caminar hasta encontrar tu camino. Aunque me digas que todavía no lo has encontrado y hay noches en que no sabes dónde estás e imaginas que es tu cama otro país en el que te gustará estar en un futuro. Es el mundo, me dices, y yo quiero estar en él; es el mundo, me dices, y me haces sentir vivo si es tu cuello el que me distrae, si son tus rizos los que me serenan.Es bueno saber que llamas a mi puerta de cuando en cuando. Y son pocas las cosas necesarias para hacerme sentir vivo: un poco de frío en la garganta, imaginar tu cuello en mis pupilas, saber de ti todo aquello que desees callar y cuentes si lo necesitas. Son pocas las cosas: un helado, tú.

1 comentario:

Rizitos eléctricos dijo...

"Autobiografía" de Aída Elena Párraga

Esa mujer que ves ahí
no tiene nada.
Sus manos no saben de anillos
pero anidan mariposas,
no tiene más adorno sobre su pecho
que dos enhiestas esmeraldas,
ni más vestido que la cubra
que las huellas que un amante le dejara.
Esa mujer que ves ahí
anda desde siempre pie descalza
y no tiene pasaporte,
ni cédula, ni esperanza,
pero le sobran caminos,
tierras profundas y lejanas,
y aunque no tiene nombre
los pájaros la llaman.
Esa mujer que ves ahí
no tiene casa...
y para cama le basta una sonrisa,
se asoma al mundo
por su única ventana
que le confirma que está viva.
Esa mujer que ves ahí
no tiene nada,
más que un gran amor en la distancia
por el que le brotan mil luceros en el vientre,
por el que se viste de luz,
por el que calla,
por el que las nubes se le incendian,
por el que las noches no se acaban.
Esa mujer que ves ahí
a veces ni siquiera sabe si en verdad existe
y entonces se convierte en frágil hierba,
o en ráfaga de viento que asustada
corre a refugiarse en tu palabra.