domingo, 22 de marzo de 2009

Pañuelos

Trabajar cansa, es lo que tiene, piensa ella, mientras mira su reloj y descubre que, otra vez, la tarde ha llegado, las cinco ya, la tarde le ha llegado en la oficina. Hoy el mundo duele y un capricho será bienvenido, un pequeño detalle para recordar que no hay nada más importante que una misma. Las cinco y algo de la tarde y dejemos que la calle, alguna tienda, nos invite a entrar, nos perdamos dentro, me encanta ese pañuelo, un pequeño capricho nada más, ese pañuelo al cuello. Es bueno, piensa, media hora después, ya en casa, ducharse, que el agua se lleve todas las derrotas de un trabajo cansado, de un día agotador, descansar en la cama y dejar pasar el tiempo, dormir un poco, para levantarse luego, semidesnuda todavía, recordar que ha comprado un pañuelo y que le encantaría ver cómo queda en su cuello. Trabajar cansa y es bueno tener otras opciones, debería vestirme, pero no, piensa ante su espejo. Sonríe distraída y piensa: es bueno tener otras opciones. Deja el pañuelo entre sus manos y se deja llevar; a su lado, tan tan cerca su móvil, que no ha emitido hoy sonido alguno. Y no le parece justo, así que coge su teléfono y decide enviar un sms a un cuerpo que en otras tardes tantas tardes la ha conmovido. Y sonríe: acércate a casa, la puerta estará abierta, te espero dentro. Y se pregunta si él se encontrará tan excitado como ella al contemplarla desnuda y vulnerable, con el pañuelo que ahora cubre sus ojos, pensando en el momento exacto en que escuche el sonido de una puerta que se abre, los pasos que se acercan a su cama y el momento exacto en que sus dedos palpen una parte de mi cuerpo, gime su boca húmeda, de la que sólo sabrá por el roce de unos dedos que en mi piel estarán viviendo.

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