viernes, 6 de marzo de 2009

Sabores

Llegas a casa después de un largo paseo por la ciudad con tus amigas y me gusta saber de ti y de los caminos que has compartido con ella, algún momento de ternura incluso. Miramos a la ventana y el sol va cayendo: una tarde hermosa, me dices, tengo tanto que contarte, y te escucho. Queda, sin embargo, la necesidad inevitable de recorrer cada rincón de tu cuerpo para conocer las partes de la ciudad que has recorrido, parte ya de nuestra historia común: un helado a orillas del río en tu cuello; el último trago de ron que bebimos una noche de lunes en tus labios; el aroma a azahar de las avenidas por las que tanto hemos paseado. Y dejo olvidadas tantas cosas. Pero no importa, ahora que te acercas a mí y llevas escrito en tus pechos una parte del relato que te vive que yo no conozco todavía. Acercas mis manos y me dices, sonriendo: dejaré que leas las líneas de la vida que esta tarde mis pechos han escrito para que tus manos la lean.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sería genial que me leyeras a mí. Besos.