jueves, 7 de mayo de 2009

Naufragios II

Hay naufragios que invitan a una tarde de mayo con sombras de luz entre los árboles. Hay horas de sueño que se convierten en una aventura tranquila a orillas de un río por el que navegamos libremente hacia el ocaso. El mundo, se olvida a veces, en el agua. El agua calma, serena toda herida. Hay naufragios que invitan a despertar temprano, temprano entre tus muslos y saludar a la mañana entre tus piernas. Una mañana cualquiera en que salir a la calle resulta agradable y quedarse en casa es espléndido. Dormir entre sábanas de una cama en la que mis dedos juegan con tus pezones y tus pechos me valen como almohada. Despierto otra vez, tranquilo, y la raíz de tus pies en flor trae el aroma de una boca que muerde mi cuello y un rojo que se pierde en los primeros rayos de una mañana en la que todavía no soy capaz de hacer que tú hagas que alguno de nosotros dos se levante. Aunque sea por escuchar las olas de un mar que ahora golpean mi casa para advertirnos que hay paseos que merecen la pena si se comparten y las calles se pisan juntos. Sería bueno salir, sí, nos lo parece, pero está tan bien tu cuerpo en el mío, mi cuerpo en el tuyo, la cama en calma. Dejemos pasar el mundo cinco minutos. Y otros cinco minutos. Y otros cinco minutos. Y algún minuto más.

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