lunes, 8 de junio de 2009

World spins madly on

Per Chiara, da Roberta
Desperté y ya no estabas. Otro mal sueño, quise decirme, un día que no ha llevado a ninguna parte, pero no era así. La vida, es lo que tiene, pensé, otra vez, decir adiós a alguien, otra vez despedirse cuando menos lo esperaba. Despertar y saber que no serán ya tus alas las que quedan en mis brazos para que ambas seamos más fuertes. Y no era un mal sueño. Hay días de piedra que tienen tristes tristísimas mañanas, días que nos llevan a otros días por olvidar que hoy todo es triste y el mundo absurdo. Es mejor volver, volver a otros días, y olvidar el dolor un rato, aunque nunca quiera irse. Saber que Chiara hacía más divertidas las clases de inglés cuando apenas os conocíais, era bueno saberlo, saber que hay personas sencillas, irónicas, que hacen más grande el mundo, que dejan más luz en nuestras manos, y cuanto desean, como tantos otros, no es más que mejorar un poco la pequeña parte del mundo en la que viven. Y sonreír porque a veces lo consiguen. Pensar otra vez que es Italia y la vida cuanto te atan, otra vez Italia y el mundo. Y voces como la de Roberta, que dicen que tú le hiciste tanto bien a la tierra que habitas, a pesar de los pesares, que cuentan que nunca te rendiste y que tu casa seguía siendo tu casa aunque tu ciudad estuviera derruida y mucha gente quisiera dejarlo todo por perdido un seis de abril en el que se derrumbaron tantas otras cosas. Estabas viva, dice Roberta, y sabías que luchar era la única opción, la única salida verdadera. Disfrutar de la alegría de tus palabras, a pesar de los pesares. Es el mundo a veces tan pequeño. Y Roberta te cuenta, te dice, empezábamos a conocernos mejor, hace poco, empezábamos, os contabáis cosas, las ventanas tenían luz y las calles aceras. Y es terrible saber que hablamos a veces con quien ya no está, aunque nos cuente cosas hermosas que nos acercan todos los ríos, con un té frío al limón entre los dedos. O un café, y escuchar me encanta jugar al pallone, dos veces me he roto la nariz, nasubella, bellanasu. Y reír al saber que tú protegías tu nariz si la sabías en peligro, casada y feliz desde hace cinco años, feliz y casada. Con treinta y seis años. Sólo treinta y seis años. Qué triste es todo a veces, también el mundo. Feliz y casada, siempre discutiendo, a veces, sabe Roberta, volvías al hombre de tu vida porque tú lo amabas, porque os amabáis tanto. Y Roberta esperaba una llamada, tu voz en una llamada, saber que estabas cerca, organizar una cena, hablar de todo conoceros un poco más, por tomar otro café, por decir hola a otra mañana. Como una luz que ilumina un año de una vida a la que le salen alas. Tanto dolor inútil, tantas horas olvidadas. Desperté y ya no estabas.

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