jueves, 6 de agosto de 2009

C'era una volta

Érase una vez un río que olía a menta y un agua que se hacía sangre en los dedos.

Érase una vez un beso que se hizo lluvia en los labios y las casas de una orilla que se hacían cine en las pupilas.
Érase una vez un niño que sonreía cuando tocaba los bongos, que se adormilaba al compás de Camarón.
Érase una vez un helado que se hacía vida en la boca mientras alejaba nostalgias de los dedos.
Érase una vez un abogado que amaba el cine como amaba su tierra. Un abogado que fue niño y vivía en los confines de la realidad.
Érase una vez el mar en una cocina, una cocina a orillas de una acera de olas que camina por doquier.
Érase una vez una noche de luna sobre las piedras de un volcán que se alejaban al volver a casa.
Érase una vez una voz locuaz sobre las ruinas de un teatro antiguo, el placer de una risa inteligente bajo las estrellas de un cielo de julio.
Érase una vez una noche de domingo en la que las olas de una playa de Messina invitaban a soñar. Y era mejor no despertar, es mejor, sí, no despertar.
Érase una vez una casa rural a la que iban todos los idiomas, todos los países, todos los cansancios.
Érase una vez un quiosco al que iban pájaros de papel, un quiosco de párrafos sin fin y de memorables veladas literarias.
Érase una vez una mujer del norte que amaba esta tierra como si fuera suya, unos pies que conocían todos los senderos.
Érase una vez una chica con sonrisa que había encontrado una casera y había perdido su camino.
Érase una vez una puerta sobre la que se escribían líneas de sabiduría, una pared sobre la que vivían imágenes de una vida, una casa con sed de arte, con hambre de vida.
Érase una vez una profesora que amaba el sur como adoraba a su hija.
Érase una vez un chico sin memoria que había encontrado sus raíces al sur de todas las raíces. Un chico sin memoria que amaba recorrer todos los caminos.
Érase una vez una cantina con flamenco y un cuaderno en el que escribir para encontrar tu letra cada año.
Érase una vez una hamaca en la que conversar con Sciascia y ganar el tiempo a ciertas horas.
Érase una vez un profesor de español que había olvidado todas las palabras. Un profesor de español que había perdido y no había perdido nada.
Érase una vez un tren que ralentizaba el tiempo, que hacía dura la espera. Un tren que era calor en las ventanas y fuego en las vías.
Érase una vez la Sicilia.

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