miércoles, 19 de agosto de 2009

Extraños en un tren

Él mira a la chica que tiene enfrente de sus ojos y empieza a pensar. Viajar tiene sus momentos aunque no apetezca demasiado en esta época del año, sobre todo, si éste es el sur y los trenes tardan un rato en llegar aunque al final haya sido genial sentarse aquí y encontrarse estas piernas interminables, como un domingo de verano sin playa y con sol, una idea, piensa él, muy bien traída ahora que el sol está derritiendo sus neuronas. Vuelve a mirar, ya no sabe si disimuladamente, esas piernas interminables y divaga, imaginando si mataría por ellas, si asesinaría si ella se lo pidiera sonriendo, como en aquella película de suspense en que dos personas desconocidas intercambian un crimen para que nadie pueda saber quién los comete, todo en blanco y negro y con humo, ahora que no se puede fumar en ningún sitio. Y ya se sabe, se empieza por no pagar un billete de tren y se acaba llegando al asesinato. No puede evitarlo y empieza a recrear el diálogo que él y ella, rubia fatal de piernas larguísimas tendrían, hasta que llega a una frase que le gusta y comienza a saborearla: mataría por ti, la imagina sonriendo, si pudiera saber a qué saben tus muslos en su punto de sal. Sigue distraído hasta que ella se levanta en una parada cuyo nombre no recuerda. Ella se le acerca y le besa una mejilla: lo siento, le dice, chico, pero mis muslos son dulces y el calor nos separa, no creo que volvamos a vernos. Ella se va tranquilamente y él no sabe qué decir ahora que se han marchado esas piernas interminables que le han hecho el viaje más corto, esos muslos en puntos de sal.

2 comentarios:

Laura dijo...

Del transporte público se podrían sacar tantas historias. Algunas de ellas medianamente eróticas. Dulces y saladas.
La imaginación (gracias a Dios) da para mucho.

Besote

sorel dijo...

Veo que ha vuelto de Italia en plena forma.
Un abrazo.