martes, 8 de septiembre de 2009

Cuentos personalizados I: Todavía

Se escriben cuentos personalizados. Razón aquí. Requisitos: dejar la historia que se desea , de forma resumida, en un comentario o en el email que aquí se encuentra. También se escriben cuentos de tema libre. Uno de los primeros es para Ana, aunque no le haya gustado, de la que tantas lecciones he aprendido aunque se suponga que yo soy el profesor.


Todavía

Es mejor, piensa Álvaro, cerca del acantilado en el que se sienta cada tarde a contemplar cómo el día deja paso a la noche, es mejor estar solo, y lejos, ahora que observa cómo muchos de los que estaban en la playa deciden volver a casa, ahora que las sombras se están adueñando de la orilla y poco sol queda que tomar entonces.

Mejor estar solo porque siempre hay alguien a tu lado, cerca, lejos, da igual, que te decepciona, pero acercarse a estas horas al acantilado cuando no queda nadie es un placer porque la belleza de estar frente a un sol que baja, que se aleja y nos recuerda que no somos inmortales merece muy mucho la pena, sobre todo, si se disfruta en soledad.

Uno se sienta en el filo, y desde el filo sabe que el mar está debajo pero hay demasiadas piedras para poder saltar al agua desde aquí, demasiadas, y no hay certeza que nos diga que saldrán bien las cosas si uno desea bañarse. Alguna vez ha querido hacerlo, se ha dicho, debería saltar, comprobar si se puede saltar y salir del agua cuando llegues abajo, alguna vez, pero nunca lo ha hecho, siempre ha preferido quedarse sentado en el filo y escuchar, si alguien estaba cerca, palabras como, ten cuidado, estás muy cerca del filo, a ver si te caes, pero no, no ha pasado nunca.

Y es bueno, esta tarde que se acaba, como tantas otras, llegar a los límites del acantilado, alcanzar el borde y sentarse, escuchar un poco de música en el reproductor de mp4, dejar que la vida pase, aunque sea esta una tarde diferente, ahora que una chica se acerca hasta casi sentarse a su lado, mientras piensa, con toda la playa que hay, tenía que venir aquí, con lo tranquilo que yo estoy.

- Hola.

- Ah, hola, perdona, no esperaba a nadie.

- Yo tampoco, necesitaba estar sola y he venido aquí porque creía que no iba a haber nadie pero cuando te he visto, es raro pero he pensado que quizás fuera mejor hablar con alguien.

- Ah, bien. Es raro encontrar a personas por aquí. Pocas de las tardes que he venido me ha pasado. Por eso me encanta venir.

- Me llamo Paloma. Si te soy sincera, vivo cerca y te he visto venir algunas veces. Siempre te veo solo, también en el instituto.

- Ah, ¿estamos en el mismo instituto? No sé si te he visto alguna vez, miente Álvaro.

- Sí, sí. Hemos cruzado algunas palabras; creía que te acordabas, ¿Álvaro?

- Sí, Álvaro, me llamo Álvaro.

- Estamos en el mismo instituto aunque no lo recuerdes.

- Es posible, pero nunca presto demasiada atención al instituto. Habrá algo más aburrido que un lugar donde te dan todas las respuestas y olvidan todas las preguntas.

- Es una forma de verlo, supongo. Yo, algunos días, algo aprendo.

- Prefiero aprender yo por mi cuenta. No creo que sea bueno confiar en nadie.

- ¿Y qué haces por aquí, cada tarde? ¿Ves cómo la gente se va de la playa y vuelve a casa?

Álvaro la mira y sonríe. Ella tiene parte de la razón así que él le dice que sí, que entre otras cosas viene a ver, desde arriba cómo la gente vuelve a casa mientras él se sienta y disfruta de las vistas, de un hermoso ocaso y de cómo estar aquí, sólo, le ayuda a pensar. Le dice que a Paloma que mire a lo lejos, y vea cómo el sol y el mar pierden sus contornos, como si estuvieran haciendo el amor. Perdona, le dice, no sé si debería haber dicho nada; nada, le dice ella, no pasa nada, mientras contempla absorta el paisaje y los colores apagados que se adueñan del lugar. A su vez, él la mira con tranquilidad, sin saber por qué ha mentido antes, porque claro que han cruzado alguna palabra en los pasillos, algún gesto, y recuerda que le encanta el hecho de que apenas sonría siempre que la ve, a causa del aparato que lleva en sus dientes. Alguna vez, se han reído de ella y Paloma se ha sentido triste, era fácil verlo, aunque Álvaro no comprenda por qué siendo como es una chica preciosa. Paloma sigue absorta y Álvaro mira sus cabellos castaños, aunque sea poco tiempo, ahora que se anuncia en una pizca de su pecho izquierdo el ala de una mariposa, supone él. El viento despierta y mueve los cabellos de Paloma de forma desordenada así que Álvaro baja un poco más sus pupilas hasta que sus ojos encuentran esas piernas blanquecinas y una flor de lis baja, otro tatuaje, hasta casi las plantas de sus pies. Él vuelve a alzar la mirada y ella, que se gira un momento para saber si Álvaro sigue allí, lo encuentra, qué decir, ahora, ambos callan, aunque parecen alegres en silencio. Sin saber por qué, él le dice:

- Estarías preciosa en todas las fotos si sonrieras.

- Gracias, responde Paloma, aunque apenas asomen sus dientes a estas palabras.

- Me encanta tu tatuaje, le dice Álvaro, por cambiar de tema, por hablar de otras cosas.

- ¿Qué tatuaje?, contesta de forma pícara.

- El del tobillo. Sólo tienes uno, ¿no?

- Alguno más hay, alguno más. Creía que lo habías visto.

- No, vuelve a mentir y la mira. Ella sonríe porque sabe que ha mentido.

- Es una flor, una flor de lis. Algunas noches, cuando estoy sola, imagino que la flor tiene raíces y me ata a cualquier lugar, que yo soy parte de algo. Esa sensación es genial, pertenecer algo, tener amigos.

- Sí, ha de ser genial.

- Hey, seguro que lo sabes, seguro que tienes amigos.

- ¿Amigos? En el instituto siempre estoy solo, y por las tardes suelo venirme aquí. No creo que hable con mucha gente.

- Bueno, seguro que tu padre y tu madre te adoran.

- Tienen problemas más importantes que yo.

- ¿Más importantes que un hijo? Lo dudo.

- Ellos son geniales, pero ahora las cosas van fatal. Yo vengo aquí, me dedico a leer, escribo alguna vez, escucho música y mi padre está deprimido porque lleva siete meses sin encontrar trabajo. Es duro. Y mi madre intenta ayudarle pero es difícil ver cómo los dos se destruyen en el proceso. Y cuanto yo tengo es literatura, música, una vía de escape que ellos ni conocen porque renunciaron a todo eso por mí. Da asco, a veces la vida da asco. La vida y este mundo.

- Seguro que también hay cosas buenas, ¿no? Cosas por las que merece la pena estar aquí.

- Sí, supongo que sí, pero ahora mismo es difícil encontrarlas.

- Esta conversación, por ejemplo, yo la estoy disfrutando, a pesar de toda la tristeza, a pesar de toda la nostalgia.

- Sí, es bueno por una vez hablar con alguien y no perderse solo en la música, en el horizonte. Me hace más humano. Aunque luego todo invite a estar cansado y con dolor.

- Pero seguro que hay momentos que merecen la pena. Hay días en que uno puede saber por qué está viva. Para mí este momento es uno de ellos.

- Ah, gracias, muchas gracias, de verdad. Para mí, también los hay pero hace tanto tiempo. Era pequeño y tomaba un helado mientras mi madre me cogía de la mano. Ahora ni siquiera recuerdo la sonrisa de mi madre, así que por eso me está gustando verte sonreír, aunque hayan sido pocas veces.

- Gracias a ti, dice Paloma que vuelve a sonreír, aunque no le guste demasiado. Me haces sonreír, piensa pero no se atreve a decírselo. ¿Sabes, Álvaro? Es tarde y yo tengo que irme, si no, mis padres me van a matar.

- Sí, lo comprendo. Ha sido un placer.

- Álvaro, si sonrío para ti, me harás un favor. Un gran favor.

- No sé, depende de lo que sea.

- No saltes, ¿vale? Es lo único que te pido. No saltes. Las olas dan miedo y esas rocas, ahí debajo... es una estupidez.

- No sé qué...

- No saltes, ¿vale? Sólo te pido que no saltes.

Paloma se levanta, y vuelve a sonreír. A una parte de ella le habría encantado besarle esos labios callados, tan serios ahora, acariciarle una mejilla, abrazarle mientras sentía los latidos de su pecho sobre la mariposa que ella sabe que él ha visto, aunque le haya dicho que no, sentir que las alas de la mariposa serían hermosas si ayudaran a ambos a volar, a estar en otro parte, a ser otros aunque sólo fuera un instante, volar para saber que ambos podrían formar las mismas raíces, habitar las mismos lugares, pero no cree que este sea el momento adecuado, ahora que él parece distraído por un dolor que difícilmente se irá de los huesos si no hay nadie a su lado. A ella le encantaría verlo un día más y luego otro. Se vuelve otra vez porque quiere al menos decirle adiós una última vez, ver si por una vez Álvaro sonríe y él la está mirando, ella se dice que con mucha ternura, y decide marcharse porque ya es tarde y el tiempo no les pertenece, todavía no.

Álvaro sigue sentado al lado del acantilado, casi al borde y mira al vacío. Ella ya no está aunque ha pasado una noche genial. Es bueno estar con alguien aunque dé miedo saber que luego la vida puede devorarlos. Como a sus padres. Ella se ha ido y él se ha quedado solo. Ha sido un buen rato pero apenas se conocen. Sólo nos hemos visto alguna que otra vez en el instituto y apenas hemos cruzado unas palabras. Quizás tenga razón y haya cosas por las que merezca la pena luchar pero, ahora, ahora sí, el viento es tan fuerte, ahora que ha despertado otra vez e incita a volar.


2 comentarios:

Yo dijo...

Me ha gustado este cuento (te sigo leyendo vía reader ;P)

Sólo una apreciación para que se la hagas llegar a Álvaro :P. Los atardeceres en la playa son mucho mejores en compañía. Aunque creo que, al final, se dio cuenta él solo ¿no? :D

En cualquier caso, ver una puesta de sol, acompañada y en silencio... es de esas cosas en la vida que no tienen precio...

Un beso

Anónimo dijo...

A ver, amigo escritor, me pido uno yo también. El tema lo dejo a tu propio criterio, pero por Dios no nombres la palabra trabajo.
Un beso grande.
Tu editora