jueves, 3 de septiembre de 2009

Echo de menos

Una caricia llama a otra caricia, un beso llama a otro beso. Tus pechos llaman a mis manos pero responden mis dedos, contesta, feliz, todo mi cuerpo. Una cama necesita dos cuerpos para sobrellevar su soledad pero hace tiempo que soy yo el único que ahora mira cuando no está dormido al techo. Y no es que te eche de menos, no, pero hay noches en que echo de menos un abrazo a altas horas de la noche, cuando me despierto y el mundo da miedo, a altas horas de la noche, cuando miro al otro lado de la cama y soy incapaz de encontrar nada, ni siquiera un mechón del pelo que tantas veces escuché palpitar en mis rodillas. Había días de lluvia a mediados de octubre en que yo confundía tus labios con raíces, y tú, riendo, solías decir, no te preocupes, es normal, me ha pasado tantas veces. Y volvías a reír hasta que la lluvia hacía de tu boca el río en que naufragar durante largas noches de otoño. Solías decir. Y la lluvia desnudaba tu silueta hasta hacer de ti la línea de una playa por la que yo caminaba en noches de insomnio en las que tú todavía estabas en un rincón de la cama ahora desierto. Solías decir, y cantabas entonces los acordes de una canción que siempre me recordó que la vida, entonces y ahora, sí, como nunca, como siempre, sí. Y reías bajo la lluvia mientras me repetías si vas dejando que se escape lo que más querías. Y la vida, entonces, ahora, sí.

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