miércoles, 24 de febrero de 2010

Aceras

Para Evelia

Hace sol y es Sevilla a pocas horas del mediodía; mediodía con calor, como no hacía desde hace semanas. Hace sol desde hace poco tiempo y la gente sale a caminar con prisa, no hay tiempo para nada, dicen sus máscaras, nada que no sea vivir a todo trapo, sin palabras sencillas, aferrados a una máscara en la que ya no hay sitio para la menor de las sonrisas. La vida, ya se sabe, no es otra cosa que tener prisa a todas horas, aunque haya momentos bajo el sol de invierno de una ciudad de la que vas aprendiendo su gótico y siempre hay algún resquicio, para hablar un poco, para humanizarse, para dejar atrás las máscaras y mostrar que enseñar es aprender, aprender es enseñar. El mundo, el mundo es ancho y ajeno, y hay gente que sabe del Cid, del Lazarillo, y dan clase cuando pueden; existen otras personas que tienen menos años de lo que parece; tendrán menos años de lo que todos creerán porque habrán perdido poco de su esencia, existen otras personas a las que habría gustado ser médicos y no pudieron, los números cansan, y qué más da, si ayudan desde el pequeño lugar de la ciudad y qué más da, si una y otra vez lo intentan, aunque poca gente les eche cuenta y tengan que recurrir a burros amarillos que despiertan una imaginación en muchos casos ya en coma y a veces ya ni eso. La vida, ya se sabe, podría ser diferente si tuviéramos tan sólo un momento para mirarnos a los ojos y saber que estamos sonriendo porque ha salido el sol, es Sevilla y son sus calles, no llueve y hay personas que sonríen porque no tienen libro de instrucciones para defenderse ante la vida, para atacar al mundo y a su lado alguien les hace saber que la magia, en Sevilla, existe en muchos adoquines. Y hay gente que dedica su tiempo a hacer de estas calles unas aceras un tanto más confortables.