viernes, 5 de febrero de 2010

Éranse una vez unos dedos bizcos

Para Pilín
Fueron mis dedos bizcos una vez. Y escribieron mis manos líneas como éstas: días de lluvia arrecian mi cuerpo; deja que el mar te arrastre, triste compañero de fatigas, hasta mi propio suicidio, y nunca olvides que llueve y llueve. Y llueve. Eran mañanas de sombras en que el dolor invadía mis rodillas y quería yo ser otro al mediodía. Había pocas nubes y el dolor estaba cerca. Caminaba a tientas entre estrellas y no hacían mis ojos más que tocar charcos. Un poco de agua y luego otra. Un poco de agua con que ahogar las penas nunca. Un poco de agua con que nunca ahogar las penas. Y una boca seca con la que pronunciar alguna palabra equivocada ante tanta vida entre los muslos. Y dolía entonces la tierra que me habitaba, un mundo que me era ajena, ante tanta traición absurda, ante tanto payaso al mando que sólo sabía de sus prodigios el balbuceo, ante tanto cádaver arrojado a la carretera y nadie que mirase a sus espejos. Era el mundo para ellos una página en blanco en la que sólo sucedían letras, y la vida se nos iba a cada instante. Cuánta, ahora como entonces, palabrería.
Fueron mis dedos bizcos una vez. Y conocieron, como tantos otros, a una mujer que los acercó a su rostro. El mundo seguía, también nosotros. Y hubo besos bajo el sol de una calle de Sevilla un domingo a las tantas en la que nos quedamos sin un t.UNren con el que volver a nuestra casa. Bajo la lluvia cálida de esa tarde en la que hubo más nubes hubo besos que nos hicieron saber que estábamos lejos de ser un monstruo, por mucho que tantas tantas tantas veces lo hubiésemos creído. Basta entonces para saber que nosotros, entonces, la vida, aquellas tardes, nosotros, sí, una persona, un gesto y unos ojos para mirarnos al espejo y no sentir que somos el cuerpo erróneo en que vivir tantas tristezas. Uno, como tantos otros. Y un momento en que enfrentarnos a nosotros y sabernos orgullosos, en el que habitar las piernas de una mujer que nos amó por tener dedos bizcos y poder mirarlos con serenidad. Y escuchar de sus labios palabras que no supimos escuchar nunca, hola mi amor, alegre llegas, guapo estás a estas horas, vayamos, tus heridas y mi sangre, a las mismas sábanas.
Fueron mis dedos bizcos una vez. Como lo son ahora. Y salí a la calle sólo por el placer de ver algunas caras, en mis caras, de saber que no hay nadie en estos rincones que camine sin llevar en sus mejillas una máscara. Una máscara que te diga, que me diga, que nos diga, hubo una vez siempre ojos con dolor que no han dejado de ser adolescentes. Y un poco de calor con que derretir alguna máscara, y salir a la calle sabiéndose uno más e irrepetible. Sabiéndose a estas horas de la calle parte del olvidado milagro de sabernos vivos cada día. Un poco de calor con que vivir en casa algunas noches.
Éranse entonces unos dedos bizcos, los míos, que intentan escribir un poco de alegría en cada línea, un poco de respeto en cada folio. Y unos ojos que sonríen ante sus ojos, ahora que están solos otra vez y el amor queda lejos por ahora. Y la inevitable lección de saberse uno a cada instante, de mirarse al espejo con cariño y saber que uno es viva imagen de sí mismo. Éranse unos dedos bizcos que empezaron a escribir en sus manos y dejaron en su cuerpo un primer mensaje de cariño. Es la vida una tarde verde de silencio con que cambiar una carta de odio a uno mismo desde entonces.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo sabes, sabes que cons tus palabras consigues que caigan varias lagrimas de estos ojos celestes que tienes abandonaitos en algeciras xD
Asique ya sabes, ven si quieres que te siga comentando el blog capullin :)


Es precioso el texto, como todos