martes, 23 de febrero de 2010

Últimos días en Collioure

Para David

Se acerca el 22 de febrero de mil novecientos treinta y nueve, día en el que poeta encontrará su muerte en un pequeño pueblo pesquero del sur de Francia, tan lejos ya de un sur que fue su lugar en el mundo en otro tiempo. Semanas antes, el poeta desea, en un caminar que se hará cada vez más penoso, que le guarden el maletín que lleva consigo, pero la respuesta es un no, ya que la mujer a la que se lo pide cree que es demasiada responsabilidad. La maleta se pierde poco después y nadie sabe de ella desde entonces: acaso sean las líneas de una historia que debió ser diferente, algún poema más feliz, el libro de un mundo que no existió jamás. Ni sus palabras quedaron como reflejo. Era demasiado tarde para todo y demasiado temprano para nada. Al otro lado de las calles de un país que no es el suyo, unos pensamientos que no lo abandonan: yo nunca debí salir de España, debí dejarme morir en una cuneta. La guerra no ha terminado y ha comenzado el doloroso exilio de miles de hombres que, como él, creyeron que algún cambio despertaba. Y en aquellas calles, el poeta se encuentra a sí mismo, encuentra a sus versos, su presente en poemas escritos hace siglos, versos de su primera época: Yo voy soñando/ caminos de la tarde. Difícil entonces concebir el sueño, creer la vida. Y sí, como le dijo al ferroviario, era él, ese poeta español, aquel en cuyas líneas un hombre tranquilo había aprendido otro idioma. El poeta mira el sur e imagina, sabe, la pérdida que la derrota supone para la libertad de su país. El mar entonces, tal vez un río, el río de su infancia, el río que separaba Sevilla y Triana. Una abuela que no quiso jamás ir a la ciudad, para qué, si lo tengo todo en Triana. El mar, entonces, un río acaso. Decidí salir, algún amigo lo acompaña, al mar, contemplar un mar, un río que tanto anhelaba; está cansado y necesita estar sentado, sentado en una barca de la playa. Y alguna rendición, algún cansancio: quién pudiera quedarse aquí en la casita de algún pescador y ver desde una ventana el mar, ya sin más preocupaciones que trabajar en el arte. Aunque el arte en estos días no sea más que algún resto de papel que alguien encuentre en sus bolsillos. Vamos a ver el mar, dijo, pero no era su mar, no era su España. Queda poco para el 22 de febrero y el poeta se acerca a su anfitriona, Pauline Quintana, con una pequeña caja de madera, un joyero, y le dice, si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella, es tierra de España. Un pedazo de tierra con la que construir, tantos debieron pensarlo, un mundo distinto, un mundo mejor, una verdad más auténtica. Al poeta hace siglos que se le rompió el corazón y sabe, como le dice a Pauline, que sus días están contados. Un 22 de febrero de 1.939 en el que el poeta supo que no podría sobrevivir sin su república y una república que le sobrevivió apenas unos meses. Y fue su ejemplo el doloroso ejemplo de todos aquellos que perdieron su vida, su tiempo, su ilusión en la gran aventura de un proyecto, la República, que tanto amaban y por la cual tanto habían luchado. Él y miles de personas como él para las que el la vida, al sur, tan lejana ya de ellos, sólo era el recuerdo ya perdido de estos días azules y este sol de la infancia.

2 comentarios:

PUMUKIS dijo...

hay muy buenas historias detras de toda la gente que lucho, lucha y luchara por su proyecto.. no hay que dejar atras las ilusiones, porque sin ellas no hay proyectos... y bastante suerte tiene aquel que tenga proyectos...

sorel dijo...

Qué triste, hermano, qué triste.