jueves, 1 de abril de 2010

Relatos hiperbreves XXXVIII

Soy el último de tribu, aunque tardaré poco en morir. Escribo los papeles que dejaron en mis manos para expresar mi arrepentimiento, escribo con el lápiz que dejaron en mis manos para combatir mi aburrimiento. Ellos, que creyeron poseer la verdad y han muerto sepultados por ella. Ellos, que creyeron en las palabras cuando las palabras no eran más que la falacia absurda de un hombre que prometió un mundo mejor cuando todos creían que éste estaba muriendo. Vino de lejos para decirnos que había tenido una visión y yo dije no, pero todos lo escucharon. Dijo: nuestro dios me ha señalado y os ha señalado, ha dicho levantad una estatua como no se ha levantado nunca para que Él esté contento y traiga cuanto deseamos. He dicho no y han venido a por mí. Han dicho, deberíamos darte muerte pero nuestro dios es indulgente y sólo te quiere encerrado, para que puedas contemplar la obra que nos hará ser el pueblo elegigo. Y he visto cómo han trabajado durante un largo tiempo para terminar esa inmensa mole en que depositaron la energía cuando otras habrían sido las soluciones. Así lo dije y así fui callado. El día en que esa inmensa estatua fue terminada las madres llevaban a sus hijos, los abuelos estaban allí, un regalo para nuestro dios, decían, y nuestro pueblo, todos, excepto los sacrílegos deben estar allí. Fue un momento apenas, el cielo desapareció y la estatua, inmensa, inconmensurable cayó sobre todos elllos. Un momento tan solo y ahora sólo quedo yo aunque me queda poco tiempo.

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