sábado, 22 de mayo de 2010

Cosas que hacen que la vida merezca la pena III

Heidi frente al mar. La canción de un amigo que nos invita a vivir, de unos amigos que nos invitan a cenar. La sonrisa agradecida de dos pequeñas sabias. Volver a ver a aquellos que han sido parte de tu vida durante un año y mucho más. Los paseos por Roma sin la mia sorellina, los paseos por las callejuelas de Roma con la mia sorellina. Saber que se alberga vida en los corazones. Y que hay nueva vida que se hará parte ya inevitable de la familia. Volver a la vida, volver a la realidad. El cariño con el que nos revisita el pasado en ocasiones. Hacer de cuatro gatos dos horas, las piedras de un volcán, algunos libros y sonidos del sur de África que llegan al norte de todos los dedos, tres monedas para pedir deseos en una fuente. Conversaciones a cuatro manos que se disfrutan por la madurez de cada palabra, por el eco que cada sonido deja en nuestros pies. Las rastas de Heidi bajo las luces de las farolas del puente de Triana. Fotos de dedos que señalan que hay dedos que tienen vida propia, dedos que se confunden y se acercan a la nariz, se hacen uno con los dientes. El extraordinario helado de fiordilatte de Salvuccio en las calles de Letojanni. Un paseo al lado de niños que se llaman Gael y destrozan los televisores de casa para alegría de los padres que no olvidan, como nos dice Groucho Marx, que la cosa más cultural del mundo es la tele: basta encenderla para irse a otra habitación a leer un libro. Tu imagen en los ojos de Ninni mientras miras con pasión su biblioteca. Libros de cine. Y más cine. Il gatopardo: que todo cambie para que todo vuelva a ser igual. La inteligencia con sarcasmo de pequeñas sabias que son parte ya de ti y han crecido mucho más en un año de lo que tú creciste en una vida. Saber que hay gente con cariño al lado de la esquina. Ser un insensible que llora leyendo las últimas páginas del Quijote: porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Que estas líneas nos digan que hay que volver a la vida. Charlar tranquilamente en una de las plazas más feas que recuerdes con uno de los seres humanos más extraordinario que has conocido y abrir las venas hasta que la sangre se agite. Pasear por orillas del Guadalquivir mientras el sol se aleja. Decir hasta luego a la Giralda cada vez que viajas. Una pizarra con la letra de una de tus profes favoritas. Escuchar de labios de adolescentes que se están formando, ahora que tú caminas con tacataca, y olvidas los nombres de gente que alguna vez estuvo enamorada, cuánto aprendimos, ven a vernos, están las becas, es nuestro último año, chantaje emocional. Becas, cobras eléctricas y risas metálicas que uno intenta olvidar pero permanecen en la cabeza. Las líneas de Sciascia en que explica el carácter de los sicilianos. Las pizzas, como nunca y como nunca, de la pizzería Antichi Muri, en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, pizzas de nombre de actores y actrices italianas, quiero una Sofía Loren. La insistencia de unas becas, mis becas, porque hay niños o niñas que no conciben más allá del mi y te da pena. La inteligencia sin sarcasmos de gente a la que admiras. El momento en el que el arte se hizo vida, el momento exacto en el que descubriste que la estación de tren en la que estabas era la estación de tren en la que Alfredo le decía a Totó vete y no vuelvas nunca en Novo cinema paradiso, vete y olvídanos, y era la vida, y era la lluvia, y era saber que era la ternura quien hablaba. Saber que hay gente que crecerá, porque, como ALfredo, serán otras las ciudades que los habiten. Carmen, siempre Carmen, de apellido Linares, Consoli, qué más da. Y que algunos te escriban unas líneas para hacer de tus ojos árboles con sombras que dejan raíces en tus huellas.