martes, 1 de junio de 2010

Cuando

Hay días en que te llamaría sólo por teléfono para escuchar tu voz, nada más, y luego esperaría un poco, por esperarte decir, no entiendo cómo puedes tener miedo, pero no sé; deben ser los libros que no le leído, líneas que nunca he llegado a entender, historias que los cuentos no saben contar. Y quedaría sólo tu voz y la torpeza de mis dedos al intentar escribir la palabra miedo y no saber hacerlo. Salgo a tu ciudad y miro en todas las esquinas: hay miradas sucias, manos que se acercan a la acera por recoger una moneda, pies que caminan rápidamente hasta dejarnos solos, pero no importa, porque hay tardes en las que no nos sentimos solos, las horas parecen palabras y los minutos cuentos. Quedan entonces sólo tus dedos frente a mis dedos y ese barrio que te ha visto crecer se viste de serenidad, lo sabes, de discreta belleza, de una belleza tranquila, de una luz tenue que se hace sangre en las venas hasta que me palpita el corazón. Lamentablemente, ya lo sabes, no sé defenderme o lo he olvidado, qué sé yo, no sé defenderme o se me ha olvidado, qué sé yo. Queda entonces una cama sin hacer en la que has podido pasarte semanas de muchas mañanas y más noches porque no te apetece que nadie sepa de ti tu fragilidad y la idea, no sé si absurda, de sacarte de ella y decirte, mira, es la luz de este verano, quiere decirte, hola, ven conmigo, tú, tú, que eres como yo y das sombra a aceras por las que camina la gente con prisa. Es sólo que mis escudos no hacen otra cosa que quedarse sin argumentos, perder el pánico, asaltar la vida, y no lo entiendo pero hay ventanas de las que nuestros labios no saben apartarse. Las cortinas de una casa sin ternura al otro de la calle se hicieron verdes árboles bajo cuya sombra descansabas contra la calor del verano, contra el fuego de todos los días en que la soledad te dejaba algún arañazo sobre los muslos y recordabas con ternura que todo aprendió a seguir sin nosotros casi siempre. Casi casi siempre. Y son todas las uñas de tus pies, convertidas ya en flores, las que gritan al oído que no tengo fe y que debería saber que hay cosas que ocurren porque sí, y no hay más explicación, pero es que no sé, ni mis tobillos ni yo llegamos a recordar siquiera la última vez que nos acercamos a un pasillo sin barrer. Y ahora, no sé si sabes, probablemente, sí, como casi siempre, que hay jueves de avión que te llevan a otra ciudad y hace que a veces las puertas te echen de menos, sin h, te dije, porque no tienen nadie a quien abrirle y una sola piruleta que echarse a la cerradura. Es sólo que no sé, que hay fuentes con monedas en las que echar de menos una cara con ojitos ojazos ojitos a miles de kilómetros de la lluvia y hay viernes con café y quema de cartas en los que te buscaría la expresión necesaria para que le sonrieras al sábado durante años en una librería interminable, de océanos de tiempo que te habitan en los que yo no hago otra cosa que naufragar, librerías de marcapáginas con citas con los que puedes ordenar, un poco, un poco al menos, el caos que se acercan a tus brazos cada vez que saludas a una mañana de frío de verano con deseo. Porque hay días, sencillamente, en los que te llamaría por teléfono sólo por escuchar tu voz.

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