martes, 27 de julio de 2010

Algún día

Se escuchan los acordes de un violín que se acerca. Pasa como una brisa, tenue y con palabras a un tiempo. Israel escucha con atención y, a su lado, ella asiente con un gesto de preocupación.
- No te preocupes por él es sólo música para cortejar a su enamorada.
- ¿Cómo lo sabes?, dice Laura.
- Porque está dando de sí sus mejores acordes.
- Ah, debería haberme fijado, responde Laura, alegre de saber que hay restos de magia en cualquier lugar, contenta de jugar a cualquier juego. Y, ¿por qué da de sí sus mejores acordes? Apenas pregunta y se siente frágil, liviana.
- Ha estado de viaje. Ha llegado incluso a Australia, esa tierra de la que nadie sabe nada. También allí dio lo mejor de sí pensando en ella.
- ¿Y si ella está enfadada por haberla dejado sola tanto tiempo?
Israel la mira con ternura.
- Ella lo perdonará.
- ¿Ah, sí?, pregunta ella con sarcasmo.
- Eso desea él, ya que no la ha olvidado en ningún momento.
Laura no sabe ahora si siguen hablando de violines y acordes.
- Y él, ¿estará contento de verla?
- Sí, claro que sí. Le gustaría quedarse más tiempo, pero le es imposible.
- Pero, ¿por qué?
- Tiene sus razones y espera que su enamorada llegue a comprenderlos alguna vez.
Israel cambia de dirección, la luna los observa. Se encuentran cara a cara y alguna línea de luz que ilumina sus rostros. Laura sólo puede decirse ohh, mientras su corazón late con fuerza.
- Y, ¿qué dice a esto la señorita violín?
- Diría...
- ¿Sí?
- Diría, no sé, no soy un violín, soy la mano que lo hace sonar.
- Sí, eso es. No eres un violín, eres la chica más importante de tu mundo, eres la magia que da nota a los acordes, la magia que da música a tu violín.
Llévame hasta tu belleza a través de violines ardiendo. Y es el silencio.