martes, 6 de julio de 2010

Caos en las aceras

Es otra vez el caos en las aceras, el caos en mis dedos, porque no soy caótico pero atraigo el caos porque lo adoro, porque el caos, hey no es más que otra forma de vivir los adoquines. Y sales a otras calles como yo visito otra ciudad. Y tú, como yo, cruzamos por los pasos de peatones cuando los semáforos están en rojo y no, nadie nos ha atropellado todavía a pesar de que conozcamos ya algunas matrículas. El calor, cómo no, es el mismo en todas las carreteras y hay parques en los que tú y yo esperamos al mundo sin esperarlo. Y le pido a mis dedos que toquen todos los carteles que dicen alta tensión y nada, no hay un cartel que nos haya hecho daño, alta tensión, la vida o tú, qué más da, como si no supiéramos que ella ganará pero no importa, ahora que lo excitante es saber cuándo perderemos. Y recuerdas un dia en Roma en el que cocinaste y la tua sorellina, dijo, hermano, qué desastre, eres un caos para cocinar, y qué, no me gusta el orden, no sé ir adónde me esperan, sorellina, ahora que escucho, como casi siempre, como nunca vienes cuando quedamos pero no importa, si no sé ni dónde voy a estar en diez minutos, no tengo ni idea, no lo sé, y aquí está la tortilla, y el caos en todas las mesas, el desorden en todos los papeles, ahora que hay programaciones y yo no sé qué vas a hacer cuando entres a clase. Y cojo un tren y te ríes, porque hay una chica, Ana, que está leyendo y no hay escena más hermosa que la de una mujer leyendo, como comprobamos tú y yo cuando yo me enamoré de una chica que leía en uno de los puentes de Firenze, y no recuerdo otra cosa de esa ciudad, por recordar y olvidar tantas otras cosas. Y estás en Córdoba, y has encontrado un río, tu río, mi río, ese Guadalquivir en el que contemplar tantos ocasos y dejar pasar el tiempo, queda poco ya para tu verano, para Murcia, Granada, Sicilia, el mundo. Y en el tren Ana me ha recordado a Ana, con diez, doce años menos, ni me acuerdo, y un parque y ese por qué no vienes conmigo, entra, entra ahora, y dejemos que las estrellas tengan piedad de nuestros labios y tú y yo pensamos dios, es una niña, y le dijimos, Ana, la edad, son muchos años, y Ana, dijo, los años, ahora tu corazón es joven y tu boca es nueva cada día, la edad, por dios, el tiempo, es para cobardes y, hey, nunca se ha escrito nada de los cobardes, y yo, ya lo sabes, no, nunca he querido ser cobarde. El tiempo no es nada, la edad, decía Ana, es sólo el trozo de corazón que tú me muerdes ahora y nunca supieron mejor los relojes. Mordiscos de realidad, y nunca se nos fue la ilusión. Y ahora uno dice, examen, y piensa, moriré antes de lo que imagino pero qué más da, conocí el amor, también el sexo y sus arañazos. Y pronto Sicila y llevarme piedras y dejar piedras en el suelo y caminar por las montañas para ver volcán y mares, y un anfiteatro desde el que escuchar rumores de ríos que se hacen rojos y dejan en las uñas sabor a camino. Camina, que algo queda. Y hay pulseras verdes, y pendientes azules en los que a veces vemos el mar nos despistan. Como estar en Roma y no conocer la ciudad y salir sin mapa a todas las aceras. Y queda caos, caos en los dedos, caos en las aceras, para no ser grises, ni tú ni yo, ni todos aquellos que entran a saco en un entorno y dicen vengo para cambiarlo todo, para que todo mejore, para que todo cambie. Sí, que cambie, que cambie ya, quiero estar en otra parte y que sean estas esquinas, estas esquinas. Y queda caos, caos en los dedos, para no ser grises jamás, ni tú ni yo ni todos aquellos que siempre han apostado a perderlo todo contra vida.