sábado, 3 de julio de 2010

Domani iniziamo la conquista del mondo

Fue la última vez que hicimos el amor. Era febrero, y estabas cansada; era Roma, y estabas agotada, cansada, dijiste, de ser la última en mis brazos en todos los lugares. Quise besarte y alejaste tu boca para que algunas palabras escaparan de tus labios: he estado pensando cosas y estuviste dos horas pensando en voz alta. Yo sólo pude escuchar en silencio. Terminaste y sólo supe decirte quieres que me vaya, ahora, quieres. No, todavía, no, mi cuerpo pide tu cuerpo, no te vayas, no todavía. Y nos besamos, una vez más, como si nuestros labios no se hubieran conocido. Otra vez en tus labios y yo entendía nada, como casi siempre, porque siempre, dijiste, eres un niño, y el mundo te supera, y yo no estaré a tu lado, para defenderte, me preocupas, y otra vez te despojaste del sujetador verde que tantas veces mordí y tanto amamos tú y yo, mi boca y tu apetito, tan viejo y excitante ya como el tiempo en que nos conocimos. Pusiste mi mano en tu corazón: escucha, late por ti y porque no volverá a ser tuyo, debería doler en tus dedos y sí, dolía, no supe qué contestar. Y allí, tú, una vez más, riéndote mientras llorabas: muerde por si puedes conseguir que tanto dolor se haga fragilidad y mordí con toda la delicadeza posible por si ver un poco de ternura limpiaba alguna lágrima. Fue imposible. Querías más, querías olvidar que no visitaríamos más nuestros cuerpos. Cogiste mi mano y la llevaste a tu sexo para que todos mis dedos se estremecieran sabiendo que serían la última vez que estarían contigo. Una caricia y luego otra. Dijiste, y me quedé sin palabras: tus manos, como siempre, parecen mil, ven a lo profundo. Un gemido y luego otro. Dijiste, y no supe qué decir, basta, termina ahora. Y lo hice aunque mis muslos esperaran a tus muslos y no llegaran nunca. Otra vez fue lo que tú querías, otra vez. Recordaste, porque sabes dónde una boca deja daño, domani iniziamo la conquista dil mondo para que yo y mis ojos volvieran a a la primera vez en que te vi desnuda y tú te reíste por primera vez, la primera vez que dijiste que hay manos que parecen miles y no supe qué decir, a mí, que me sobran todas las palabras. Llegué a tu casa porque me habías invitado y, sencillamente, cuanto esperaba es que me enseñaras la ciudad y te dije, por no saber de qué hablar, hey, conoces a Federico Fellini, y te reíste, por primera vez, de mí, en Roma, para responder es increíble que alguien ame tanto una cultura que no es la suya y te conté la historia de esa fotografía que Federico Fellini le escribió a su amante en la navidad de 1944, cuando tú y yo no habíamos nacido pero acaso nos habíamos encontrado y Fellini le escribió: domani iniziamo la conquista del mondo. Podríamos, escuchaste, hacer lo mismo, possiamo iniziare la conquista del mondo domani y otra vez riendo, me dijiste quiero enseñarte algo, y yo me acerqué a la puerta porque pensé que eran tus calles. Stronzo, sei un stronzo. Gilipollas, tradujiste, si no recuerdo mal, en español. Y me llevaste a tu cama donde vi por primera vez cómo el sol de la noche descansaba en tus pupilas. Quiero enseñarte algo y allí estaba, por vez primera vez, tu sujetador verde, ese que amé en tantas noches de ciudad sin ciudad. Dame la mano, éste es mi corazón, escucha, late porque estás aquí y es feliz. Quiero que tus manos estén en mi pecho y tu boca en mis pezones, quiero que la felicidad se haga dolor porque seré feliz cuando me duelas. Y yo, como casi siempre en tus brazos, no supe qué decir. Una noche de caricias y gemidos sin dormir dio paso a un día en que no, no pudimos iniciar la conquista del mundo porque la cama nos venció durante tantas horas. El mundo no está aquí, que nos deje en paz. Y volviste a reír. Porque todas las lágrimas de una ciudad cayeron sobre nosotros la última noche en que hicimos el amor y te dije, ten, son las llaves de tu casa, no, no, quiero que las tengas tú, porque eres grande, y volví a odiar esa palabra, porque siempre fui pequeño en tus piernas, y encontrarás una puerta que abrir. Todavía no la he encontrado. Me dijiste, mira mi cuerpo, desnudo para ti una vez más, nunca volverás a visitarlo, perdona, caro, scusa, bello, no he querido estar en tu cuerpo porque sé que no habría dejado que te fueras. Desde entonces no hemos visitado nuestros pies, descalzos en verano por si tú o yo decidíamos que sería bueno poner un pie en nuestros pies. Espero, dijiste, que alguien sea visitada por tus manos. Y sí, alguien, lo hizo, alguna vez, pero no hubo dedos que dolieran cuando entraban en lo profundo. Alguna vez hablamos y dices, perdona, tengo que dejarte, y yo digo, no, ya me dejaste para que tú puedas contestar: stronzo, sei un stronzo. Y ahora es obvio que el amor se derrama en nuestras venas de forma diferente.