martes, 31 de agosto de 2010

Bajo los adoquines

Llueve fuego, como podría llover agua, como podría llover dolor, como alguna vez lloverá nostalgia. Es sólo una cuestión de perspectiva. Uno mira a las calles de su ciudad y encuentra esquinas en las que perdió un poco de sí y no ganó nada; alguien dice se llama crecer pero uno crece y sigue sabiendo tanto como antes, apenas nada, probablemente nada. Uno ganó cicatrices sin más y duelen todas, aunque alguien dice, mira, hay cosas bonitas, y hay palabras, pero ha gente que conoce todas esas trampas y los gestos dejan mucho que desear desde hace ratos. Debe ser el final de este verano atípico, uno escucha, en que todas las aceras están vacías y hay poca gente que se acuerde de otros y pocas que no se den a quejarse. Uno mira al mundo y sabe que no está hecho para él, que hay tardes en que todo promete asco, en que hay gente con poder que se acerca a banqueros y deja más vacíos los bolsillos de aquellos pantalones en los que apenas hay unas llaves y algo de consuelo. Uno comprende apenas que así es todo a pesar de que lo escucha, una y otra vez, qué quieres, las cosas son así, la gente es así, pero no debería ser, para nada, porque no es éste el mejor de los mundos posibles y si uno hubiera educado bien no habría gente mirando debajo de los adoquines por si encontraban una playa. Sencillamente uno y esa gente se habrían llevado los adoquines para derribar con ellos tanta estupidez, tanta hipocresía, tanta puerta cerrada a un cambio, a una ciudad más humana, a un mundo mejor, a un barrio con esperanza.

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