sábado, 21 de agosto de 2010

En casa

Uno vuelve a casa y se dice, los libros, ya tan sucios, y decide limpiar el polvo de sus párrafos, también el de las estanterías, por cuidar todas las líneas, y uno se encuentra palabras que ya ni esperaba, esenciales en otra época, en otras calles, de significado tan diverso ahora: te quiero como nadie te ha querido nunca y nadie te querrá. Y uno vuelve a algún beso bajo la lluvia, a dos cuerpos desnudos en una noche de invierno sin frío, a un aquí tienees, es tu vaso de agua, a un vestido verde con el que me esperaste en una estación de tren por ver una película y en silencio. Hay otros libros, y otras palabras: te quiero, amor, no lo olvides, nunca. Otras líneas en el prólogo, en el epílogo, en cualquier espacio en blanco que tú coloreaste. Qué raro ahora volver algunas tardes al gris. Y hay líneas con tu firma que dicen sé que no es una sorpresa porque es un libro pero te quiero, ya lo sabes, día del eclipse solar. Te quiero, no lo olvides nunca. Pero, ya lo decías, nunca tuve buena memoria. Apenas recuerdo el color de tus ojos, si te habías pintado los labios ese día, o si el sol se ocultó porque, sencillamente, tenía miedo, como yo, algunas veces, también tú. No lo olvides, pero olvidar en mucho más fácil de lo que la gente cree; basta con tener poca memoria. La inexactitud de la nostalgia es el título, cómo no. Como volver a casa y comprender que las esquinas con cajones ya son diferentes. Y espera, sí, uno espera, como dicen todas las palabras, ya gastadas por el uso: que nadie nos quiera como nadie, porque todo amor con huellas ha de ser distinto, ha de ser único e irrepetible, también los besos bajo el sol, bajo la lluvia, bajo una tarde de otoño con chimenea, y otra diferente por completo la banda sonora. Como dos cuerpos que empiezan a reconocerse por primera vez y para mucho tiempo, porque, como dijo Gil de Biedma, y siguiendo con el tema, como te habría gustado escuchar, los misterios del amor son del alma pero un cuerpo es el libro en que se leen, aunque sea ese cuerpo, ahora y todavía, una página en blanco en la que quedan tantas letras por escribir. Aunque uno haya olvidado el lápiz en los bolsillos de un pantalón que, como siempre, se ha olvidado en casa.

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