sábado, 18 de septiembre de 2010

Cosas que hacen que la vida merezca la pena V

Volver a recuperar el placer de dar clases a estas horas, en este mes. Habitar Granada y sus entornos. Pasear como hacía años por un pueblo con frío y lluvia. Un piso sin televisor y con silencio. El surrealismo infantil de Kiko Veneno y su para qué quiero yo un trabajo si contigo tengo yo bastante bajo un cielo con nubes de Sevilla. Esa brisa que acaricia la cara por las mañanas en la vega de Granada y saber que Leonard Cohen estaba allí aunque uno no pudiera acercarse a verlo. Descubrir a Peret, señor entre las rumbas y sus letras, al lado de un Guadalquivir con estrellas. La última noche de este verano en Letojanni en la pizzería Anna con tres mujeres extraordinarias, Brita, y su amor a una tierra que ya es la suya, Claudine, francesa de ojos claros, piel oscura y corazón brasileiro y Caterina, libre en tantos tantos aspectos. Ese no morir por minutos en un tren que descarriló en los alrededores de Napoli. Laura con pijama, Laura sin pijama. El caos absurdo de una ciudad del sur de Italia en la que uno encuentra la alegría de aquellas calles que sobreviven incluso al ser humano. Tanta tanta vida, tanta tanta ilusión en las palabras de una chica de Madrid cuyo límite, si ella se lo propone, debería ser el cielo. Esas conversaciones con palabras con Sorel en una ciudad, en otra o en ninguna, qué más da, si todo son palabras. Ese canto a la aldea, a la vida en el barrio, a la pureza de vivir entre amigos y sin cemento que supone Il ragazzo della via Gluck, de Adriano Celentano. La ilusión de una chica que intenta hacer que la pequeña parte del mundo en la que vive sea un poco mejor, la ilusión de una chica que se da en todo a los demás y se olvida de sí misma. Volver al placer de las clases con pocos alumnos, y ese salir algunos días antes de última hora, un milagro al que no uno no está acostumbrado desde hace años. El placer de mirar a una ventana de un instituto y no sentir que es una cárcel, un milagro al que uno no está acostumbrado desde hace años. El inmenso placer de tratar a adolescentes como seres humanos responsables y no perder nada en el camino, un milagro al que no está acostumbrado desde hace años. Aquel martes de lluvia en Roma en que mi cuerpo se caló por completo en tus dedos; aquella noche de septiembre en Sevilla en que tu cuerpo se caló por completo entre mis piernas. Aquel viaje en un tren que se hizo barco que se hizo mar que se hizo noche entre Messina y Calabria. Aquel viaje de vuelta en tren desde Napoli en el que el español nos atrapó a mí y a Roby durante horas, como luego supimos el uno del otro en una foto. Esos paseos por las montañas de Sicilia en italiano, en siciliano, con amigos ya del alma, ese, ves, las religiones no sólo destrozan las almas sino también la naturaleza. Ese te queda mucho pero mucho por descubrir de Sicilia de Brita y encontrar la ciudad con un beso de película en Cefalú porque todos hemos estado en esa estación de tren aunque no tantos. Ese mándame un beso de Laura con pijama. Esas diez razones para vivir y muchas más, pero que muchas más, porque a veces a uno se queda sin contarlas, porque nada hay más aburrido que contar cuando importa la intensidad, siempre, en todo, en todo, siempre. Ese no, no he podido leerlo todavía, vida ocupada porque no hay nada más importante que estar viviendo aunque a mí se me hubiera olvidado durante meses para dolor de las manos con las que escribí nada merece la pena, aunque hay cosas que sí, que merecen la pena, que nos hacen crecer y sentir en las rodillas ganas de seguir caminando, y caminando, durante muchas mañanas. El humor inteligente de los miembros de Vaya semanita. Las tildes que me prestaron cuando me quedé sin ellas en Sicilia; uno, que es de lo más distraído, uno, que se distrae con cositas buenas. Qué mala sangre tiene, que diría Kiko Veneno, el que no le pide a la vida satisfacción. Satisfacción, a veces tampoco es tan difícil, basta olvidar que este no es, ni de lejos, el mejor de los mundos posibles y que todo debería ser, ahora y siempre, de otro modo. Aunque haya cosas, muchas que hacen que la vida merezca la pena; aunque haya gente que no debería morirse jamás, canciones, como ese Echo de menos tan tan flamenco, que ayer volvió a recordarme que si tú no te das cuenta de lo que vale, todo es una tontería. Cosas que se echan de menos como antes se echaban de más. Y las que quedan en el tintero.


1 comentario:

sorel dijo...

Bueno, esta noche las palabras serán en una ciudad, o pueblo grande, que algunos la llaman así.
Nos vemos luego, estoy deseando recibir mi regalo :)